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7 min
COSAS DE FAMILIA
Reales |
19.11.18
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Sinopsis

La familia no siempre es el seno donde se está más seguro, ni tampoco ha de ser necesariamente idílica.

Eduardo González que vivía en Madrid y trabajaba de funcionario en un Ministerio del  Estado, cuando llegó a Barcelona que era su tierra natal para ir a visitar a su hermana Inés en su casa que se hallaba en una calle céntrica de la ciudad, la cual era un año menor que él y estaba convaleciente de una intervención quirúrgica, le pareció que en ésta habían cambiado muchas cosas; pues bastantes locales como salas de cine, tiendas antiguas con historia, o típicos bares habían sido sustituidos por edificios más modernos e impersonales.

Cuando Eduardo llegó a la casa familiar en la que residía su hermana Inés sintió en su fuero interno una emoción indescriptible ya que aquella señorial escalera le despertaba toda suerte d recuerdos de su infancia.

Tras saludar a su hermana que se hallaba acomodada en un sillón del amplio comedor y a su fiel marido, el recién llegado se interesó por la salud de ella.

- Ya ves, voy haciendo. El médico dice que evoluciono bien - respondió Inés-. ¿Y tú mujer está bien? ¿Y los hijos? - preguntó de un modo formulista.

- Bien. Y te mandan recuerdos.

De súbito Inés miró de reojo al visitante como si él fuese un extraño porque de hecho los dos hermanos eran completamente distintos el uno del otro; eran como la noche y el día. Pues Inés era una mujer que exageraba su sentido práctico de la existencia, y aparentaba un perfeccionismo familiar para disimular tanto una debilidad anímica como cualquier desaveniencia que pudiera surgir en aquel grupo, mientras que su hermano era más soñador, más sincero con su vida; y se extasiaba con el mundo del Arte en general, por lo que ambos no sabían muy bien de qué hablar.

- Mira. El otro día estuve removiendo cajones, y encontré unas viejas fotografías de la familia - le dijo Inés a su hermano alargándole una carpeta que estaba encima de la mesa-. Si las quieres te las puedes llevar. A mí no me interesan nada. Yo ahora soy feliz con la vida que llevo, y no necesito recordar el pasado.

- Bueno. Tú misma. Ya me las llevaré - le respondió Eduardo un poco contrariado.

- En ellas aparece nuestra abuela materna, y yo no la quiero ver. Tu querida abuela a tí te mimaba mucho, te llevaba a todas partes, mientras que a mí no sé por qué me rechazaba; no me podía ni ver. Y el abuelo, su marido también me despreciaba. ¿Te parece esto normal?

Eduardo pensó que su hermana le quería destruir el buen recuerdo que tenía de la infancia, como si de una especie de venganza se tratara. Pero no se dejó atrapar.

- Por supuesto que no es normal. Y he pensado mucho sobre este asunto - convino Eduardo-. El hecho de que unas personas determinadas hayan sido nuestras familias, no justifica sus errores han sido gente como los demás. Pero vamos al fondo de la cuestión. Nuestra abuela tenía un complejo de Electra; es decir que sentía una veneración enfermiza por su padre en detrenimento de su madre, y este sentimiento arraigado en su inconsciente la llevó a cometer esta injusticia afectiva con nosotros. Sí. Nuestra abuela cuando era pequeña su padre viajaba constantemente por razones de trabajo, y ella se quedaba con su madre la cual la maltrataba a menudo. Entonces cuando regresaba el padre a casa mimaba a la hija, por lo que la niña adoraba como a un dios a su progenitor, dando lugar a que odiara a su madre - continuó Eduardo-. Y esta fijación mental no la dejó madurar, puesto que este mismo modelo lo proyectó a todo el mundo. Ella odiaba a las mujeres, y enaltecía a los hombres. Tu abuela era una de tantas mujeres machistas, que las hay. En cuanto a su marido al depender tanto sexualmente de su mujer como una inmensa mayoría de hombres con sus parejas, por extensión se había convertido en un reflejo de ella.

-¡Bueno, bueno! Eso está muy bien. Pero yo no les perdono - saltó Inés con impaciencia que no le satisfacía la explicación didáctica de su hermano.

-¡Abre un poco tu mollera! -  la reconvino Eduardo sonriendo-. Si te digo todo eso es para que veas el mar de fondo de las cosas; que seas más objetiva y tomes distancia de lo sucedido y no te dejes llevar por el resentimiento. El caso es que por desgracia, aquí sólo se ha valorado el lado material, físico de un sujeto pero no se ha prestado atención el aspecto emocional del mismo que siempre es lo que crea problemas.

- ¿Y nuestra madre? Era una buena mujer sí, muy alegre sí; y muy comprensiva. Pero fue incapaz de plantar cara cara a la abuela por su trato injusto hacia mí - siguió atacando Inés.

-¡Cierto! ¿Es que te crees que la sociedad de un lejano ayer era como la que es hoy en la que cada cual hace y dice lo que le da la gana? En primer lugar tu madre temía contrariar a la abuela porque podría reaccionar de una manera histérica con gritos, y con chantaje emocional. Y en segundo lugar en aquel tiempo la gente era muy tradicional, y se veneraba sin rechistar a las personas mayores en razón de una supuesta experiencia vital, lo cual no deja de ser un mito. La autoridad moral de los abuelos era indiscutible, aunque a veces también surgían peleas. Pues no existe la perfecta autopista hacia el cielo - expresó Eduardo lanzando una indirecta a su hermana; mas ella se hizo la sorda.

- Muy bien. Pero es que nuestra madre te prefería a tí más que a mí - insistió tozudamente Inés.

- En eso se equivocó. Pero es que yo era más problemático que tú, y ella no sabía muy bien qué hacer conmigo. A tí nuestra madre te tenía por una chica normal; algo atrevida; sin complejos de ninguna clase. Pero es que yo la preocupaba, le quitaba el sueño a causa de mi inseguridad personal. Sin embargo a mí nuestro padre jamás me apreció porque yo no era tan práctico como él. Y este prejuício se lo alentaba su propia familia que sólo sabía hablar de dinero y nada más. Así que ante un conflicto que yo pudiera tener con alguien fuera de la familia por muy malo que fuese el otro, tu padre siempre defendía con vehemencia al extraño, aunque la razón estuviese de mi parte. ¿Te crees que me gustaba esa falta de apoyo? En cambio tú eras su ojo derecho porque te consideraba una chica avispada, más lista que nadie.

-¡No es verdad! - se exaltó Inés.

-Sí, sí que lo es. En cualquier caso no quiero juzgar a nadie porque nuestra familia como cualquier otra ha sido hija de su tiempo histórico con los límites y la ignoracia de muchas cosas que comporta. ¿Se sabía en aquellos años por ejemplo a nivel popular lo que era el complejo de Edipo, o de Electra como le ocurrió a nuestra abuela? ¿Se sabía lo que era la neurosis? Nadie sabía nada excepto los psiquiatras. "Fulanito tiene mal carácter", se decía, y ahí acababa todo. Ahora se dice que nosotros aprendemos de los errores del pasado, y también del presente, aunque yo no creo demasiado en este axioma - se dijo para sí con esceptismo Eduardo-. Pero si esto es verdad es mejor cerrar la historia familiar y trabajar lo mejor que podamos con nuestros hijos sin esperar nada a cambio, porque nada es como en aquel lejano ayer.

Y dicho aquello todos cambiaron de tema.

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