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4 min
CRÓNICAS FORESTALES. Episodio I
Humor |
26.10.17
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Sinopsis

Vivencias cotidianas de un agente forestal un tanto peculiar...

 

Aquella cálida mañana de primavera le comentaba a Martín, un agricultor ripense al que me acababa de presentar, que nuestro trabajo, el de agente verde de la autoridad, es como un jardín de rosas: “cuanto más estas en él disfrutando de sus matices más te pinchas. Bonito pero sufrido.”

  Así le hablé, tan detallada y ordenadamente como pude, de lo mal que están los caminos, del calor que se pasa en los incendios,  de la poca de educación de los furtivos, del estrés de los conejos, todo el día corre que te corre,  y de mi falta de movilidad espermática producto, sin duda, de tanto medio de radiocomunicación pendiendo del cinturón.

  Desde luego Martín era un tipo singular, portador de esa extraña habilidad de estar pendiente de todo sin aparente esfuerzo. Así podía cosechar, wasepear o contemplar las nubes pasar, sin perder el hilo de lo que le iba diciendo.

 ! Qué hombre este Martín ¡ Hablar me habló poco pero con su mirada lo decía todo.

  Y por fin, después de romper definitivamente el hielo contándole algún episodio de mi más tierna adolescencia, como la ilusión que me hizo  hornear esas primeras magdalenas o el descubrimiento de mi cuerpo al ser tocado,  me regaló sus primeras palabras:

  “La caja de calabacines a 4,50. Comprando 10 le reglo un mastuerzo. !Hala!, rapidito que me voy a comer...”, y después calló.

 Para qué más palabras. No sólo me ofrecía lo más preciado, el fruto de su esfuerzo, sino que también me invitaba a comer. Y lo hacía con la discreción propia de la gente humilde, dejándolo caer, sin presionarme en modo alguno, esperando que yo diera el siguiente paso y le dijera, ! Sí Martín, voy contigo y tus mastuerzos !

 Pero no, hoy No, el deber me llamaba. Era hora de rugir el motor de mi pequeño Samurai y hacer sentir la fuerza de la ley en otro lugar.

 “Otro día”, le respondí, aunque a causa de mis cavilaciones un poco tarde. Martín ya no estaba, se había ido  azada al hombro, mascullando palabras difíciles de repetir. En fin, así es la gente de campo.

  Minutos después me dirigía hacia una columna de humo que habían comunicado desde la Central, en la vega del río Jarama. No tardé mucho en avistarla. Allí estaba, densa, oscura, creciendo amenazante hacia un cielo que se mostraba mortecino.

! LA LECHE ¡ daba un poco de miedo.

Mientras me acercaba  vinieron a mí imágenes del pasado. Recordé las miles de hectáreas que habían desparecido en unos de esos parques americanos llenos de osos, setas de cardo y senderistas en sandalias. Y todo por culpa de un cigarrillo postcoital...

El fuego se inició en una tienda de campaña, concretamente en unas bragas de lycra arrancadas con frenesí juvenil un par de horas antes  del incendio. Cuando sus dormitantes y amorosos inquilinos se percataron del asunto y quisieron reducir las llamas empleando como batefuegos el resto de material  "underwear" sin prender,  esto es: un sujetador y un par de calcetines de caña alta, la cosa  se desparramó definitivamente:   "Osos, cardos y sandalias ardían bajo el estrellado cielo americano".

 Estaba claro, el tiempo empleado en el primer ataque y el uso de herramientas profesionales era fundamental para el éxito de la misión. Y allí estaba yo, en pie, luciendo traje ignífugo a estrenar, con mi mochila de agua a media carga para desplazarme mejor, y todo lo erguido que podía estar con tanto chisme a cuestas. Respiré hondo, tensioné mi cuerpo hasta hacerlo chasquear y antes de lanzarme al ataque, y con gran decisión,  me hice un selfie. Bueno dos, la ocasión lo merecía. Y habría hecho más, por combatir el fuego digo,  si no me hubiera confundido de ribera.

 En fin, así son cosas del directo...

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