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5 min
CRÓNICAS FORESTALES. EPISODIO II
Humor |
30.10.17
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Sinopsis

Andanzas de un agente forestal un tanto peculiar...

 

Era uno de esos días grises y oscuros de invierno en los que cualquier invitación a abandonar la casa de uno tiende a ser rechazada. Y más si son las 6:45 a.m, y lo único que te separa de la congelación es la funda nórdica en la que te refugias cada noche. Pero el jornal manda; así que, después de apagar el despertador y de repasar algún que otro episodio de infancia, decidí, a todos los efectos, ponerme malo.

 Ya empezaba a sentir molestias generalizadas cuando un golpe seco y bien colocado, propinado desde el otro lado de nuestra cama de 1,35, me recordó que los tiempos en que mamá me protegía habían pasado. Debía ser fuerte, asumir la realidad.

 “No hay dolor -me dije, con creciente entusiasmo- La Institución a la que ahora pertenezco me necesita, por lo menos hasta que el mal, y por ende los malvados, sean erradicados."

 “¡Temblad furtivos del mundo! -proseguí elevando el tono de mi alocución- porque el bien, que no teme al hermano frío, siempre acecha! ”

 Otro certero golpe me trajo a la memoria que no conviene alzar la voz cuando la otra, y más voluminosa parte de la unidad familiar, intenta conciliar el sueño. El chocolate humeante, la magdalena sorpresa y el beso en la puerta quedaban tan lejos...

 "¡Ah mamá! ", suspiré.

Una hora más tarde, apuestamente uniformado y aterido por un frío que me impedía bostezar, intentaba arrancar un coche que parecía haber muerto durante la noche.

 “Por favor, muévete pequeño Samurai

 Supliqué por enésima vez al girar la llave de contacto. Un lastimoso “Click” fue la respuesta obtenida. Si hubiera podido desencajar la mandíbula inferior hubiese proferido alguna palabra malsonante, del tipo “¡Cáspita!” pero me quedé en el intento. Hasta las neuronas, fieles aliadas en tantas victorias, comenzaban a resentirse, a ralentizar al mínimo su actividad.

 Ciertamente notaba como esos millones de pequeñas bichitos evolutivamente preparados para resolver los cálculos más complejos empezaban a mostrar serias dificultades de comprensión:

 “¿Qué hacen esas extrañas manecillas en mi reló? ¿Por qué son 2 y no 16?

 En ese caos estaba, cuando un atisbo de luz me hizo centrarme en lo importante, mi salvación: la búsqueda del “gorro con orejeras”

“Si mi chospechas echan chundadas el gocho debía de estar dentro de la mochata, sobre el achiento del chopiloto. ¡Chele! que me pasaba, por qué fablaba achí. El frío debía de estar acchuando sobre mi sistema neurotransmichor, ¿chería demachiado tarde?  !Gocho, gocho con chorreras, dónche andas! ”

Todo esto decía mientras no paraba de sacar cosas de la mochila: barritas luminosas, polainas, chick multisos,.., y por fin, debajo de todo, ¡el chocho con chorreras!

 Estaba salvado. Con el gorro puesto la temperatura cerebral aumentaría, mayor flujo sanguíneo, y por fin mis neuronas renacerían, y con ellas mi perfecta dicción y mis especiales dotes para todo.

 Minutos después, con el gorro bien calado por debajo de las cejas, y las orejeras en su sitio, supe que había llegado el momento de actuar. Así que salí al exterior, levanté el capó de mi averiada montura, observé detenidamente los cientos de cables y piececitas que allí había, y sin pensármelo dos veces, con gran decisión, volví a cerrarlo.

 “¡Joder! Cuanta tornillería”. Daba igual, tenía la solución:

 -A ver Central si me “rechiben”,.., me “rechiben” central...

 -Adelante Agente 123, se le recibe alto y claro.

 -Estoy en las chocheras “munichipales”,.., “chocheras munichipales” -rectifiqué preciso-, vehículo averiado, mandarme una “grulla”.

 -Recibido puede confirmar posición, y qué quiere que le enviemos.

 -Afirmativo, “chocheras munichipales y una grulla”.

 -Recibido Agente 123, la grulla se la mandamos volando...

Que eficientes estos chicos de la Central, y qué chispa “se la mandamos volando...". Parecían vivir en una fiesta permanente, con esas   risas de fondo siempre presentes cuando comunicaba con ellos.

Curioso. No habían pasado ni dos minutos cuando observé que una grúa doblaba en la Ermita del Santo hacia mi posición. Avanzando un par de pasos le di el alto.

 -“Buenos días, ¿Antoñita Piamonte?”, me preguntó el señor que conducía.

 - “No”, respondí con la seguridad del que sabe cómo se llama.

 - “¿Seguro?”, insistió.

 - “Sí”, respondí, pero esta vez con un atisbo de duda. Y sin más, subió lentamente la ventanilla, metió primera y se fue calle abajo.

 !Joder! si me hubiera llamado Antoñita todo sería más sencillo.

 A media mañana, por suerte, el asfalto que pisaba comenzaba a calentar. Hacia un par de horas el del seguro me dijo que mi pequeño Samurái pintaba mal. El frío lo había reventado. Necesitaba estar solo. Mi compañero durante 4 años quizá no volviese. Lloré por él y juré esperarlo para vivir nuevas aventuras...

 No nos habían vencido, era tan solo una pausa. Volveríamos...

 

 

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