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5 min
Crecer
Reflexiones |
24.07.21
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Sinopsis

El puñal más doloroso es cuando comprendemos que hemos dejado de ser jóvenes para siempre.

 

En mi juventud acostumbraba a tener relaciones intensas y efímeras. El modus operandi predilecto era el del kamikaze: una chavala con carencias afectivas lanzándose de cabeza hacia el abismo de lo inestable. La idea de aferrarse al presente podría haber sido el único consuelo en ese entonces. 

Leyendo Siddhartha pensé que quizás podría aspirar al semblante impasible de buda. Me autoconvencía de que toda sensación humana no era más que una mera reacción química, analizaba mis sentimientos una y otra vez intentando contemplarlos desde fuera a través de un viejo televisor de tubo, quizás con un café y un cigarro no demasiado grueso. Esos pensamientos probablemente fueron lo único constante en mi vida, los trataba de guardar a salvo en mi collar relicario interior. Sinceramente no soportaba verme a mí misma de una manera tan intensa y espiritual, en otras palabras, me daba rabia. Me avergonzaba el simple hecho de leer mis reflexiones y metáforas, sintiendo que una jauría de jueces con peluca blanca me sentenciaban de romántica dentro de mi cabeza, con sus ojos de piedra y rostros de apóstol acusatorio dignos de un relieve neomedieval. Al fin y al cabo me limitaba a vivir mi vida sin demasiada presión exterior, sin embargo con un inmenso dilema interior que en ocasiones me quitaba el sueño como el cancerbero furioso arrancando las cadenas de sus tres cabezas, una a una. 

Por el día hablaba con muchos chicos y algunas chicas. Muchas veces salíamos a beber algo y aunque no siempre surgiera nada en especial me quedaba satisfecha al pasar horas hablando, intercambiando y desvelando los enigmas de cada una de las personas. No lograba entender si esa fiebre social compulsiva era un parche para mi rechazo a la soledad, para distraer mis pensamientos intrusivos (que siempre, al final siempre entraban) o si quizás se debía a algún castigo cósmico genealógico. Lo único de lo que estoy segura es que me era imposible bajar de ese carrusel. Puede que me enamorara de muchas de las personas con las que compartí cama y conversación, aunque mi mantra predeterminado lo negara al más mínimo indicio de sentimientos. De todos modos estoy convencida de que estaba aprendiendo a enamorarme sin querer poseer, sin preguntar ni establecer, desde fuera, con cierta distancia y con la certeza de que nunca (nunca) sería para siempre. De hecho, como nada en el mundo. 

Me sentaba a dibujar forzosamente, en aquellos últimos meses me encontraba cansada y me hastiaba la idea de agarrar un lápiz. Hacía muchísimo tiempo que no lo hacía con gusto y por voluntad propia. Mis uñas se volvían negras por debajo de usar tanto carboncillo, de modo que las miradas acusadoras que se posaran en mis manos podrían acusarme de geofagia, profanación de tumbas o algo muy poco socialmente aceptable. De todos modos me aferré al carbón y a los pasteles y trazaba líneas fuertemente sobre el papel, soplaba, limpiaba y volvía a marcar. Me gusta la idea del pastel porque nos representa en el lienzo como lo que realmente somos y seremos, nada más que polvo. 

Los fines de semana me gustaba beber con mis amigas y fantasear con viajes y planes futuros, quizá deshonrando un poco a Siddhartha al centrarme en esas contemplaciones banales e inexistentes. Cuando no bebía intentaba coincidir con algún amante, hasta el momento solo chicos. Y me lo pasaba realmente bien en ese juego de constante tensión y pique sarcástico que me hacía sentir plena y excitada, una inyección de polillas inquietas directa a mi estómago. 

El tiovivo de mis diecinueve giraba a toda velocidad. En esos escasos segundos en los que lograba ralentizar el tiempo miraba a mi alrededor y solo alcanzaba a ver sombras oscuras bailando sin tocar el suelo. Quizás intentaban decirme algo pero yo no las escuchaba, seguía girando y girando, atrapando y soltando desconocidos a pesar del mareo, del agotamiento y de mi hastiosa conciencia, retumbando en lo más profundo de mis entrañas como una terrible soprano que estalla con su voz todas las lámparas del teatro. Todo era efímero y cambiante, las personas se marchaban, mi mente podía experimentar hasta 5 estados diferentes en un mismo día, odiaba y amaba, perdía y recuperaba. Pero si había algo que se mantenía constante era aquella voz profunda digna del juicio final. Su cinismo maternal era capaz de ponerme los pelos de punta. Solo ahí comenzaron las preguntas. Así como un enjambre de cigarras desérticas en plena plaga divina rodearon mi cabeza. 

Al principio eran absurdamente abstractas:

¿Quién soy?

¿Dónde estoy?

¿A dónde voy? 

Luego se tornaron intempestivas:

¿Realmente soy quién quiero ser?

¿Por qué estoy donde estoy?

¿A dónde quiero ir realmente? 

Solo cuando alcanzaron el máximo punto de fastidio, se convirtieron en respuestas:

No soy nadie.

No sé dónde estoy.

No sé a dónde quiero ir.

El contenido del reloj se detuvo, me ahogué entre la arena. Antes de que la cínica voz de mi apocalipsis personal hablara y mientras luchaba contra todo un huracán de sensaciones, de un modo u otro lo supe. Así fue. 

El puñal más doloroso es cuando comprendemos que hemos dejado de ser jóvenes para siempre. 

 

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