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11 min
CREER, CREAR
Varios |
14.05.08
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Sinopsis

      Desde bien joven supo que lo que quería hacer era salvar el mundo. Annie era una soñadora que no escatimaba en horas de imaginación desbordante. Se sentaba en cualquier lugar mínimamente cómodo y se dejaba llevar por el placer de la visualización creativa. En algún lugar había leído que antes de ver producirse el milagro de la transformación de una quimera en realidad, había que imaginarlo, pensarlo mucho y creerlo como si no fuera tan lejano sino un hecho inminente que tan sólo se separaba del presente por una franja temporal. Así, soñaba que no existían las guerras y que tampoco había gente malvada con el único ánimo de herir a todo el que se pusiese ante él daba igual si con motivo o sin él. A Annie le gustaba pensar que, más temprano que tarde, aquella imagen se materializaba frente a sus ojos y se sentía rodeada de felicidad, bondad, generosidad y energía positiva.

      En cambio, por mucho que se esforzaba en concentrarse, el planeta se seguía deteriorando y las muertes por terremotos y otros desastres naturales, conflictos bélicos aquí y allá, violencia gratuita y asesinatos fundamentados en nimiedades, se seguían cobrando vidas. Había dejado de ver las noticias en la televisión, de hojear los periódicos que nada más mostraban la crueldad humana y su cinismo, de escuchar la radio... Se había sumido en un silencio social profundo, en el que no permitía siquiera sus amigos le mentaran las últimas novedades en cuanto a éste o aquel suceso. No le interesaba. No quería contaminar su concentración. Únicamente se permitía desconectar cuando tenía que embutirse el disfraz de estudiante y clavar los codos sobre uno de los numerosos libros de Historia o Geografía. Un día creyó que sería interesante estudiar los errores pasados para evitar los futuros. Cuanto más leía y conocía acerca de ello, se daba cuenta que los errores se repetían una y otra vez. A ningún dirigente militar o político le interesaba aprender acerca de la paz, sino cómo aunar más fuerzas, más poder, que le procurara un ataque o, en su defecto, defensa óptimos para los días aciagos.

      Annie llegaba a desesperarse ante sus metas inalcanzadas, viendo como sus pensamientos giraban en espiral para volver a ella sin el efecto pretendido. Tal vez cuando acabara la carrera pudiera abrir los ojos a quienes educara. Quizá entonces podría empezar a ordenar el planeta desde abajo, desde las mentes aún en formación. Este pensamiento, no obstante, también le consternaba. No pretendía ejercer de dictador moral y lavar el cerebro a aquellos que aún tenían poco en su interior. Pero, ¿de qué otro modo podría cambiar el mundo si no? Sus horas de meditación y visualización, pautas fundamentales según muchos de los libros que había leído y los monográficos y cursos a los que había asistido, hacían hincapié en este aspecto. Idear, plasmar y actuar. Era algo así. Había que crear la imagen con todo lujo de detalle, de ese modo era mucho más fácil concebir una realidad. Luego convenía convencerse de ello como si ya existiera. Para finalizar, se suponía que todo el universo conspiraba para que se materializara y tenías que obrar en consecuencia. Como un mecanismo indispensable en la máquina que mueve el mundo, las ideas y los sueños. Cómo le gustaba pensar que algún día podría mover las ruecas a su alrededor, esas que hubiera movido por encaje con sus propias muescas.

      Sin embargo, todo soñador tiene momentos en los cuales ve sus ideales difusos. Los ve alejarse en la distancia, opacados por las nubes grises de la razón y los comentarios jocosos de aquellos que hacen de ti un incomprendido. Annie comenzaba a sentirse así, marginada por sus principios. Sus quiméricas visiones no hacían más que exponerla a la burla ajena. Sus amigos, los más íntimos, eran los únicos que, a pesar de no comprenderla, seguían a su lado. Tal vez sus ánimos hubieran sido alentadores en esos momentos de decaimiento y hubieran impreso una fuerza a su alma capaz de multiplicar sus ansias revolucionarias. Pero su presencia era lo único que podía solicitar de ellos sin que corrieran espantados a refugiarse en los convencionalismos sociales, en lo que debe ser y punto. Qué difícil resultaba a veces moverse en ese mundo de marionetas, de indecisos y acomodados. En otras ocasiones, no obstante, se sentía afortunada de tener un pensamiento desacorde con el resto, de ser diferente y ver más allá de lo que en apariencia se ve. Pudiera ser que su juicio se viera nublado por sus ansias de ver un mundo mejor. Pudiera ser, pero no le importaba. Porque con sus intenciones no hacía mal alguno, sino todo lo contrario. A veces se llamaba a sí misma sembradora. Su tarea era la de plantar semillas de un futuro mejorado para luego así cosechar los frutos de una buena siembra. Desconocía el alcance que hasta ahora habrían tenido sus actos, si es que lo tenían. Pero no cejaba en su empeño por mucho que los momentos de flaqueza y ese sentimiento de soledad abrumadora le asolaran con violencia de vez en cuando.

      Y el mundo seguía sin cambiar. Las guerras seguían sucediéndose y la delincuencia aumentaba exponencialmente. Sus ojos vivaces, acostumbrados a verse risueños en el espejo, habían adquirido un tono gris, triste. Aún así, su corazón era valiente y sus fuerzas no menguaban. Insistió mucho tiempo en ello. Incluso al acabar la carrera y poner en práctica su vocación docente y ver que los resultados no eran tan gratos como esperaba. La inocencia de los tiempos que corrían parecía perdida en el limbo. Los niños no son lo que eran, pensó.

      Ya con una madurez incipiente, sobrepasando los cuarenta, Annie comprendió que tal vez su enfoque no era el correcto después de todo. Repasó lo aprendido a lo largo de los años. Releyó cientos de libros buscando una pista que hubiera pasado por alto, leyendo entre líneas con la esperanza de encontrar un mensaje oculto. Ojerosa y con el ánimo algo mermado, un sábado de Septiembre, cuando empezaba de nuevo las clases, una lucecita se encendió en su cabeza. El rostro se le iluminó y comprendió que la respuesta siempre había estado frente a sus narices. Rebuscó entre los libros, ahora tirados por todo el salón. Fue directa a las páginas que le interesaban y leyó de nuevo. Con la nueva idea que rondaba por su mente, ahora podía verlo con mayor claridad o tal vez con una concepción diferente, modificada, como si todo aquello fuera leído por ella por primera vez. Y, quién sabe, si tal vez era así. Si antes no había reparado en ello y ahora era cuando realmente empezaba a descubrir la verdad de esos escritos. El caso era que Annie, por fin, entendió la esencia de lo que pretendía y se descubrió maquinando la manera de ponerlo en práctica.

      Su error había sido imaginar un mundo al completo. El planeta era muy grande y las visualizaciones que realizaba eran como frases ambiguas y poco específicas. Veía un mundo, pero no era capaz de ver a cada una de las personas que moraban en él, ni sus situaciones particulares, ni sus problemas, ni la bala que cruzaba tierras iraníes, ni la navaja que se hundía en el vientre de una muchacha en Brooklyn, ni el tendero que quedaba atrapado entre los escombros de un terremoto en China. Comprendió que cada persona en sí misma es un mundo y que el planeta contenía millones de estos corpúsculos con su propia historia enlazada a su vez con la de los otros. Trató entonces de ser más específica y entrenar su deseo partiendo de la parte más pequeña y precisa que fuera capaz de imaginar. Así, una mañana, antes de ir a clase, se sentó en el borde de la cama y cerró los ojos repitiendo su juego de concentración. Visualizó a un niño en concreto, uno de los más revoltosos de clase, Ismael. Lo imaginó de una manera sutilmente diferente, callado y atento a sus explicaciones. Con un interés que no había logrado despertar el curso anterior en él. Apreció su piel morena por el verano bajo el sol. Luego dio su clase y preguntó para romper el hielo algo acerca de lo explicado. Entre las manos que se alzaron estaba la de Ismael. Tal vez aquella imagen recreada en su mente no tuviera demasiada repercusión en su intento de cambiar el mundo, pero era un comienzo. Merecía la pena intentarlo. Visualizó con perfecto detalle donde estaba sentado cada uno de los niños, sus gestos, sus caras, sus ropas... y se visualizó a sí misma dando la clase, palabra por palabra, movimiento por movimiento. Se levantó de la cama, se vistió, desayunó y se marchó.

      Lo que sucedió esa mañana dejó estupefacta a la profesora. Era el primer día de clase después de las vacaciones de verano. No recordaba a todos los alumnos de su visualización, pero la gran mayoría estaban sentados donde los había visto. Tal vez sea una coincidencia, pensó. Las ropas que llevaban algunos niños le resultaban familiares, pero no era un detalle al que hubiera puesto especial atención. Dio su clase, tal y como la había imaginado. Y llegó el momento crucial. Se volvió, dejando la pizarra escrita tras de sí. Preguntó si todo estaba claro. Varios niños alzaron las manos. Uno de ellos Ismael, al que, curiosamente, no había tenido que reprender durante la clase, pues se había mostrado un alumno ejemplar, inusitado en él. El curso anterior le había dado bastante guerra el chico.

      -      ¿Sí, Ismael? – Dijo Annie emocionada, más por la coincidencia que por el hecho de que aquel chico le preguntara.
      -      Señorita... – meditó el niño, parecía dudar acerca de cómo formular la pregunta - ¿por qué muere la gente? – Annie le miró con extrañeza, no acababa de comprender. Ismael lo advirtió y aclaró. - ¿Por qué hay guerras?¿Por qué mata la gente? ¿No se puede evitar? – Todos miraron a la profesora boquiabierta. Era su oportunidad y no la desaprovecharía.

      Tal vez había errado su forma de afrontar los sueños hasta aquel momento, pero de lo que estaba segura Annie era de que jamás volvería a hacerlo. Después de aquella clase, siguió practicando su método y apreció un gran interés, no solamente por parte del alumnado, sino de los profesores y los padres que acudían a las reuniones. Algunos niños, comprendiendo la naturaleza violenta de la delincuencia y el belicismo, habían cambiado su conducta a mejor y ya no tironeaban a las niñas de las coletas o lanzaban piedras contra los cristales por el simple hecho de ver qué es lo que sucedía. Sus padres felicitaban a Annie por su gran labor. No entendían cómo había podido cambiarles tanto. Después de mucho tiempo, algunos confesaban que sus hijos resultaban obedientes y hacían con diligencia sus deberes. Incluso se ofrecían para ayudar con las tareas. No sabía Annie si esto sería pasajero o algo permanente, pero cada día, al levantarse, se sentaba en el borde de la cama y, sin ir más allá, imaginaba un día perfecto en el que algo, por pequeño que fuera, cambiaba a su alrededor. Y, de ese modo, pensaba ella, que crearía un efecto dominó o una reacción en cadena y que, cada uno de esos niños, con sus actos, empujaría a otros a obrar de similar manera y se extendería ese manto de buena voluntad llenando las calles hasta sobrepasarlas y contaminar otras ciudades. Tal vez ahora estuviese en el camino correcto. El tiempo, como siempre, acabaría por decirlo.
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