cerrar

Esta web utiliza cookies

En nuestras webs utilizamos cookies propias y de terceros para mejorar tu accesibilidad, personalizar y analizar tu navegación, y mostrarte publicidad, incluidos anuncios basados en tus intereses. Si continuas navegando, entenderemos que aceptas su uso. Si deseas más información, puedes acceder a la Política de Cookies y a las Condiciones de Uso y Política de Privacidad.

15 min
Cristales rotos
Terror |
04.02.21
  • 5
  • 0
  • 331
Sinopsis

CRISTALES ROTOS

 

Sentada en el autobús camino de casa me di cuenta de lo inflamadas que tenía las piernas. Había sido un día agotador en el supermercado. Mi mejor amiga y compañera en la sección de pescadería se había sentido indispuesta y tuve que cubrir su turno después del mío. Un maratón de horas que no debería estar permitido. Al mirar a mi alrededor vi caras cansadas, mis compañeros de ruta estaban tan agotados como yo. 

El autobús recorría las calles de mi humilde barrio con la lenta parsimonia del final del día. Calles semidesiertas, rostros iracundos, últimos coletazos de una vida demasiada dura. 

Me bajé en la apestosa parada de la esquina y arrastré mis pies hasta el todavía más apestoso portal. Teníamos un problema grave con los vagabundos y heroinómanos, que habían decidido que la portería era el retrete más limpio de los alrededores y había que adecentarlo un poco.

El ascensor seguía estropeado, así que enfilé las escaleras cargando con las dos bolsas que traía del súper, nada demasiado selecto, yogures, leche y sobras de pescado que iban a acabar en el contenedor del callejón trasero y que serían mi cena de hoy.

Llegué al rellano, aparté una bolsa negra de basura que a alguien le había costado demasiado tirar en su lugar y entré en mi modesto piso.

Todavía no me había acostumbrado a mi vida en soledad. Una vida que nunca pensé que volvería a tener, pero que el destino se encaprichó en ofrecerme como si me hiciera un favor. Yo no lo veía así. Mi matrimonio fue un desastre, eso es cierto, pero era mi vida, una mierda de vida, pero no conocía otra cosa. La relación se fue deteriorando con el paso de los años hasta que él acabó encontrando la paz entre las faldas de otra mujer. Se acabó, no podía pensar en eso, dolía demasiado. 

Metí la llave en la cerradura, últimamente me costaba abrirla, era un reflejo de mi situación actual, tan oxidada como mi rutina. Entré y dejé las llaves en la mesita de la entrada. Me quité la chaqueta, colgué el bolso y me dirigí a la cocina. Guardé los yogures en la nevera y me moví hasta la encimera; abrí la bolsa del pescado, lo saqué del papel con restos de sangre y ahí lo dejé. Antes de cocinar necesitaba ponerme cómoda, las piernas me estaban matando. Entré en mi habitación, me descalcé y me agaché a coger mis zapatillas de debajo de la cama. No estaban allí, ¿dónde coño las había dejado? No le di importancia, no estaba tan mal caminar descalza, sentir el frío de las viejas racholas me iría bien. Me desnudé por completo y me puse la bata de ir por casa. Estaba hambrienta. Volví a entrar en la cocina y fui en busca del pescado, era hora de enharinarlo y freírlo. 

Un olor repulsivo, como a podrido me golpeó en la cara. Me fijé en la cesta de las verduras por si alguna patata se había estropeado, pero no, todo estaba bien. Pensé que sería del pescado, pero su aspecto era fresco, no había señales de podredumbre. Era muy raro, pero todo parecía normal, tal vez ese olor salía del desagüe de la pica, vete a saber, el edificio se podría tan rápido como los habitantes que me rodeaban, todo era posible. 

Me senté en el sillón y encendí la televisión, sintonicé mi reality show preferido y devoré el patético manjar que había preparado.

La cena calmó mi estómago y mis ánimos mejoraron, sin duda, el vino de cartón ayudó, a mí todos me sabían igual. 

No tardé mucho en entrar en ese estado de duermevela que tanto me gustaba. En esos momentos mis mente divagaba por tiempos mejores donde una vez fui feliz junto a mi marido, donde disfrutaba de las escapadas de fin de semana en nuestra plenitud. Vagos recuerdos de una antigua vida que no volvería.

De repente, me desperté; había oído algo, pero no estaba segura, tal vez provenía de mi sueño. Escuché con atención, sí, un sonido rítmico y constante, muy sutil llegaba hasta mis oídos. Me levanté poco a poco, un tanto asustada, no me gustaban los ruidos nocturnos. Puse mucha atención para identificar su procedencia. Me dirigí al pasillo, allí lo escuché con más nitidez, parecía el sonido producido por el goteo de un grifo mal cerrado, debía provenir de la cocina, pero me extrañó porque el fontanero hacía poco que lo había arreglado. Entré más tranquila, aquel horrible olor me asaltó de nuevo, me acerqué a la pica y comprobé que todo estaba bien. Sin embargo… el sonido continuaba allí. Abrí la ventana que daba al patio de luces, me asomé, escuché de nuevo, pero no identifiqué nada, estaba claro que provenía de mi cocina. Abrí la puerta del armario de debajo de la pica para comprobar el sifón y la cañería. Todo en perfecto estado. En fin, seguro que era producto de mi imaginación debido al cansancio. Decidí dejarlo estar y acostarme de una vez. Abrí la nevera y cogí la botella de agua, necesitaba refrescarme la garganta antes de sumergirme en los brazos de Morfeo, cerré la nevera y me giré hacia el oscuro pasillo. Una pequeña figura humana pasó corriendo por delante de la puerta. Grité del susto y la botella se me escapó de las manos, rompiéndose en mil pedazos. Una risa de niña se perdía por el pasillo. Mis manos empezaron a temblar y casi me quedé sin respiración. Casi. Me pregunté horrorizada qué era lo que acababa de ver y oír. Di un paso para abrir el cajón donde guardaba los cuchillos, mala decisión. Me clavé cristales de la botella en ambos pies.

—¡Joder, joder! —exclamé deslizándome hacia el suelo y apoyando la espalda en el mueble más próximo. 

Estaba sangrando. Estiré el brazo hacia arriba y cogí el trapo de cocina e inspeccioné mis heridas: dos cristales clavados en el pie izquierdo y tres más, pero más pequeños, en el derecho. No eran heridas tan graves como pensaba, pero dolía horrores. Volví a maldecir. Conseguí sacarlos con cuidado. Debía dar una imagen lamentable, allí sentada, descalza y rodeada de cristales rotos, aquel sonido goteante que no cesaba y un puto espíritu rondando por casa, porque no podía ser otra cosa, ¿o sí?

Me incorporé, abrí el cajón de mi derecha, cogí el cuchillo más grande y con el trapo fui abriendo camino seguro apartando cristales hacia los lados. Tenía que llegar al cuarto de baño para desinfectar los cortes, pero eso implicaba salir al oscuro pasillo. Estaba aterrorizada.

Llegué al quicio de la puerta con el dolor lacerante en los pies. Me asomé con precaución y miré a ambos lados. No había nadie.

—Hola —grité —. Voy armada.

No es que fuera una gran amenaza, pero no sabía qué decir para asustar a un espíritu. Nada, allí no había nadie.

Salí dirección al aseo un poco más calmada, pero con el cuchillo en una mano y el trapo en otra, esto último no sé con qué fin. Tres metros me separaban de mi objetivo, caminé despacio. Entonces noté algo que pasaba por mi lado y me rozaba la bata ensangrentada. Era esa niña otra vez.

—A ver si me pilas, ale, ale, ji, ji, ji.

Di un salto en el aire que casi me hace tocar el techo, grité desesperada, e ignorando el dolor de mis pies, corrí hasta el baño y cerré la puerta tras de mí, puse el candado y me apoyé para hacer fuerza por si esa cosa intentaba entrar. Y entonces escuché algo más.

—Ahora mismo no puedo, cariño. Tengo muchas cosas que hacer.

No podía ser, esa voz pasó justo por el otro lado de la puerta, a escasos centímetros. Lo escuché a la perfección. "Mierda, al otro lado había alguien más"—pensé. ¿Debía llamar a la policía?, pero mi móvil estaba en el bolso, así que descarté la idea. ¿Habrían entrado okupas en mi piso y no me había dado cuenta? No, imposible, llevaba más de dos horas dentro, nos hubiéramos cruzado. ¿Me estaba volviendo loca? Un miedo incontrolable recorrió todo mi cuerpo. Si no eran personas, solo podía tratarse de lo que había pensado en un principio: espíritus. 

Estaba jodida, tenía que tranquilizarme y pensar en cómo actuar.

—Piensa, María, piensa.

Me separé de la puerta y empecé a andar.

—¡Ahhh!

Me había olvidado de los cortes. Tenía que limpiar y desinfectar las heridas. Respiré hondo, me calmé y me dirigí al armario que me servía de espejo y de almacenaje de productos de higiene. Antes de abrir la puerta me miré en el espejo, mi aspecto era lamentable, el maquillaje se había corrido y mis pelos… mejor no hablar de mis pelos. Saqué el topionic y un par de gasas, me acerqué a la ducha, limpié con agua fresca las plantas de los pies, las sequé con cuidado y apliqué el antiséptico. En pocos minutos dejaron de sangrar. Me empecé a encontrar mejor y a pensar con claridad.

—A ver, María. ¿Qué te ha pasado hasta ahora? Nada, solo tú te has producido estas heridas. Esos espíritus no te han hecho nada, están hablando entre ellos. La niña quiere jugar con su madre, pero la madre no puede, está muy atareada. Seguro que no son peligrosas. Cálmate, respira y abre esa puerta. Igual ni te ven.

Tenía sentido, hablar en voz alta me tranquilizaba, era la manera más lógica que tenía de aclarar mis ideas. Me puse en pie con calma y di pequeños pasos para ver si aguantaba el dolor. Sí, era soportable. Tenía que llegar a mi habitación y volver a ponerme las botas. Me dirigí al armario, guardé las gasas sobrantes y el topionic y cerré la puerta. Volví a gritar al observar de nuevo mi imagen. Dios mío, ¿qué me había pasado? El espejo me devolvió una imagen dantesca. Era yo, pero casi no me reconocía. Tenía los dos ojos hinchados y amoratados, la nariz torcida en un ángulo imposible y los labios partidos. Un chorro de sangre bajaba por mi barbilla y se perdía entre mi escote. Me palpé la cara, sí, estaba destrozada. Di varios pasos hacia atrás, me tropecé con el váter y me quedé ahí sentada. No podía ser, empecé a llorar. Volví a mirarme en el espejo y todo seguía allí, me habían desfigurado. Sin pensar en los jodidos espíritus, abrí la puerta del baño y corrí hasta mi habitación, me estiré en la cama y lloré, lloré mucho tiempo, tanto que me quedé sin fuerzas y caí en un profundo sueño.

“Mi marido y yo estábamos disfrutando de una romántica cena en nuestro pisito. Era nuestro aniversario. Había preparado su carne favorita, con esa salsa de setas que tanto le gustaba. Estaba siendo una noche muy agradable.

—¿Qué sal le has puesto, cariño? —me preguntó.

—¿Dime?

—La sal, ¿has puesto sal gorda?

—No, mi amor, sal normal, se nos ha acabado.

—¡Joder, eres idiota! Ya sabes que así no me gusta. Otra vez has vuelto a joder una noche perfecta. Me voy al bar. Aquí te quedas.”

Me desperté sobresaltada y empapada en sudor. Había tenido otra pesadilla. Me palpé la cara, seguía inflamada, destrozada.

Oí voces que provenían del comedor. Me incorporé asustada con el cuchillo en la mano. Me lo quedé mirando fijamente. Tenía que hacer algo, habían entrado en mi casa. Maldecí por el dolor de pies y esta vez sí, decidí vestirme. Me quité la bata ensangrentada, me puse los tejanos, la blusa y las botas y me acerqué a la puerta.

La conversación era más clara desde ahí.

—Por fin, Sofía. Después de tantos años esperando por ese puesto, lo he conseguido, soy el nuevo encargado del almacén.

—Qué bien nos va a ir ese dinero extra, ya sabes que mis cuadros apenas se venden.

—A mí me gustan mucho, mamá. Son muy bonitos.

—Gracias, corazón.

Mierda, había toda una familia hablando en mi salón. Reconocí las voces de la niña y la madre, pero no la del hombre. Fui hasta mi bolso, cogí el teléfono y llamé a la policía, ahora sí que pediría ayuda. Lo intenté varias veces, pero no daba señal, joder, no sé qué estaba pasando, pero era muy extraño. Me pellizqué para comprobar que no siguiera dormida. Ahogué un grito, dolió. Estaba sola y bien despierta. Tendría que enfrentarme a esto sin ayuda. Me acerqué con cuidado hasta el salón para analizar la situación, había llegado el momento de actuar y sacar a aquella gente de aquí.

Andé con mucho cuidado por el pasillo, no podía hacer ningún ruido o el factor sorpresa desaparecería. Me agaché y asomé la cabeza. Vi con claridad al hombre. Andaba de un lado a otro con cara de felicidad. Y entonces todo se desvaneció y un flash vino a mi mente.

“La imagen se fue volviendo cada vez más clara. Vi a mi marido con una expresión enfurecida. Gritaba y gesticulaba como un energúmeno. Se tambaleaba de una manera sospechosa, parecía borracho. Se acercaba a mí cada pocos segundos y me insultaba, me amenazaba. En un determinado momento me dio una patada en el vientre, yo intentaba alejarme de él, pero me cogía de los tobillos y me volvía a acercar. Un puñetazo en la cara, otro, otro, mi boca, mi nariz, todo roto junto a los pedazos de mi corazón. Le di una patada y cayó al suelo, aproveché para reptar por el pasillo hasta la cocina, necesitaba defenderme, necesitaba un cuchillo. Miré hacia atrás, mi marido intentaba incorporarse, pero se volvía a caer. Entré en la cocina, me puse de pie como pude y abrí el cajón de los cuchillos, cogí el más grande y me giré. Sin esperarlo, mi marido apareció y me dio otro puñetazo en la cara, mi mundo daba vueltas. Sin querer le había clavado el cuchillo en el pecho. Él lo miró, se lo arrancó y me escupió con odio. Empezó a acuchillarme, una y otra vez, en el pecho, en el estómago, en el cuello. Alcé los brazos para detener los golpes, pero solo logré que me provocara profundos cortes. Me mareé, grité, lloré, pero de nada sirvió. Mi marido también se tambaleó, perdió las fuerzas y se desplomó en el suelo. Mi cuchillada había sido mortal. Caminé también dando tumbos por la cocina y caí encima de la mesa con los brazos extendidos. La cara destrozada, agujereada por mil sitios, rota. Un hilo de sangre goteó de mis brazos, rítmico, constante, muy sutil. La vida se me escapaba entre los dedos. Fui consciente de mis últimos estertores, todo acaba aquí. “

Volví en mí tan rápido como me desvanecí. Retrocedí unos pasos y me oculté en el oscuro pasillo. Me miré las manos: sangre; me miré la ropa: sangre. Me toqué la cara: destrozos. Una lágrima se deslizó por mi mejilla. Por fin lo entendí todo. Miré alrededor y no reconocía lo que veía, todo había cambiado. Me acerqué a mi habitación, no era la mía. Fui a la cocina y me vi en la mesa sangrando, sin vida. De repente todo cambió y dejé de identificar mis muebles. Solté el cuchillo, no hizo ruido al caer. Volví al comedor y allí estaba la nueva familia que habitaba en mi antiguo piso. Eran felices, hablaban, reían, se abrazaban. Había amor, un amor del que jamás pude disfrutar.

De repente la niña se giró y me miró, se acercó a mí. Yo retrocedí, no quería que me viera ensangrentada y apaleada. Ella me sonrió y extendió su mano. No pude evitar extender la mía y noté que no había rastro de sangre en ella, miré hacia abajo y comprobé que llevaba un bonito vestido blanco de seda. Me palpé la cara, la inflamación había desaparecido, era la hermosa mujer de siempre. La niña me cogió de la mano e hizo que me arrodillara. Me dió un tierno beso en la mejilla y me acarició el pelo. A continuación, asintió y volvió con sus padres. 

Noté claridad a mis espaldas, me giré y vi la puerta de mi piso abierta. Eché una última ojeada al comedor, la familia seguía a lo suyo. Me encaminé hacia la puerta, la luz desprendía una agradable sensación de calor. Me sentí atraída y la crucé. 

Paz.




 

Valora
y comenta
Valora este relato:

Quedan 0 caracteres

Es necesario que valores antes de comentar
Comentarios
Valoraciones
Otros relatos del autor

Mi nombre es Jordi Rocandio, apasionado de la lectura y escritor. Completé el reto Ray Bradbury, publicar 52, uno por semana durante un año. Soy integrante del podcast literario “La Horda Podcast”. He publicado dos libros de relatos “Una de cortos” y “Un futuro incierto” y dos novelas que están recibiendo muy buenas críticas por parte de los lectores, “Camping mortal. Historia de un apocalipsis” y “El Tapicero de Wisconsin”. En mi blog jordirocandioclua.com publico relatos, reseñas y puedes encontrar mis novelas.

Tienda

Sin respiración

AndreSinSiesta, Zenon, Stavros, Venerdi

€3.95 EUR

La Vida Misma

Teodoro Bama, Joene, L.J. Salamanca, Ender, Poyatos y Miranda

€4.95 EUR

Cuatro minutos

Jesús Fernández (Lázaro)

€2.99 EUR

El secreto de las letras

José Luis Durán (Ender)

€2.99 EUR

La otra cara de la supervivencia

José Luis Durán (Ender)

€2.99 EUR

Chupito de orujo

Mayka Ponce

€2.99 EUR

Vampiros, licántropos y otras esencias misteriosas

Lore y Ender

€2.99 EUR

Cien años de sobriedad

Álvaro del Valle (Poyatos)

€2.99 EUR

De frikimonstruos y cuentoschinos

Teodoro Bama

€2.99 EUR

Grandes Relatos en Español

Bécquer, Zorrilla, Emilia Pardo Bazán, Galdós y otros.

€4.95 EUR

En tardes de café

David Loreiro (Lore) y Adrián Durá (Novato)

€2.99 EUR
Creación Colectiva
Hay 17 historias abiertas
Relatos construidos entre varios autores. ¡Continúa tú con el relato colectivo!
11.09.20
10.03.20
Encuesta
Rellena nuestra encuesta