cerrar

Esta web utiliza cookies

En nuestras webs utilizamos cookies propias y de terceros para mejorar tu accesibilidad, personalizar y analizar tu navegación, y mostrarte publicidad, incluidos anuncios basados en tus intereses. Si continuas navegando, entenderemos que aceptas su uso. Si deseas más información, puedes acceder a la Política de Cookies y a las Condiciones de Uso y Política de Privacidad.

8 min
Crónica de una vida anunciada: Efecto Troxler.
Drama |
06.11.19
  • 5
  • 1
  • 78
Sinopsis

Nunca voy a creer lo que digas, no inmediatamente, al menos. Algo que mi madre comenzó a odiar de mí a medida que los años pasaban era la inocencia perdida, como me fui convirtiendo en una persona escéptica poco a poco.
Acepté esa característica como un signo de madurez, pues no siempre iba a tener diez años, y como un síntoma de evolución, pues había sido incrédula o fácil de sorprender la mayor parte de mi infancia.
El tiempo y las experiencias me enseñaron a basar mis ideas en la lógica, en aquello que pesase más en una balanza. Creí tanto en ese principio que rezaba por él, en la adolescencia no me permitía fascinarme por la noche estrellada o ese momento del atardecer dónde cualquier cosa podía pasar y el sol no sabía si quedarse un rato más; ni siquiera por los versos de nuevos poetas o las historias que erizaran mi piel.
Ahora que el tiempo no corre a mi favor podría admitir mi equivocación, no la elección de ser escéptica, pues considero que no formé parte de esa decisión, involuntariamente crecí y eso traía consecuencias; sino de haber prohibido a mi inteligencia dejarse querer por hechos poco fiables o situaciones inexplicables, no me guío por el corazón y un poco de locura es necesaria para mantener la cordura.
La primera vez en mucho tiempo que me dejé fascinar fue cuando tenía veinte años, de forma descontrolada y sin buscarlo, me encontré sorprendida ante el diverso abanico de sentimientos y vivencias que suponía estar en la universidad; me sentí abrumada.
No estamos hablando del barrio donde me crié o los compañeros de clase que conocí, ambos influenciados por la tradición y las costumbres impuestas; no podíamos pensar más allá de los cuatro lados de un cuadrado. Mentiría si dijese que no encontré personas con moralidad programada, pues las universidades no estaban al alcance de todos y aquellos que se hacían un hueco en aquel demandado mundo provenían de familias pudientes; sabemos que el dinero nubla la mente.
A pesar de todo mis cuatro años allí fueron revolucionarios, aunque también temidos y algo confusos. Conseguí rodearme de cabezas inquietas e ideas que pesaban fuera de lo común, himnos rebeldes y luchas con un propósito real que se consideraban victorias aunque se planeasen de forma clandestina; no querían ser la historia que nadie se atrevía a contar, buscaban ser futuro, impredecibles.
Me independicé del mundo que conocía y de mi yo pasado, que se había perdido en la rutina, en el limbo que mantenía entre mis padres y yo, no quería que supieran lo que sucedía entre clase y clase.
Descubrí que podía nadar en dos direcciones, a pesar de considerarse algo contra natura, me enamoraba de la persona y no de lo que tuviera entre las piernas. Y lo consideraba un error, no por ser algo que no podía elegir, pues el corazón obra de forma misteriosa, al igual que la genética si sabemos que el amor es sólo una reacción química que produce el cerebro; sino por ser un síntoma de indecisión, puede que estuviera confundida, puede que creyese estar confundida por rodearme de personas tan definidas cuando no existían etiquetas.
Supongo que sentí frustración más que odio al posicionarme en mitad de la nada, de nuevo y como era de esperar. Cada vez que me miraba al espejo veía una figura sin rostro, desvaneciendo cualquier expresión posible o cambiando de forma hasta convertirse en una masa imposible de deshacer; la única imagen constante en mi vida desaparecía y si no podía tener eso, ¿qué me quedaba, entonces?
Aquella experiencia sucedía frecuentemente, comenzaba a preocuparme y a pensar que ya no existía juicio al que pudiese aferrarme, parecía sanamente insania y esa asiduidad era alarmante.
Llegó el día en el que dejé de encontrarme en los espejos o en los reflejos de escaparates o retrovisores, ya no había nada, mis ojos no eran capaces de ver la luz que me hacía posible. En cambio, podía contemplar a todos con un relieve grueso y un contraste y ruido abrumador: recordé el efecto Troxler.
El efecto Troxler es, vagamente hablando, la ilusión óptica provocada por tu cerebro cuando mantienes tu vista fijada en un punto concreto durante un periodo de tiempo: lo que observas comienza a desvanecerse o cambiar de forma hasta convertirse en algo que eres incapaz de reconocer. Mi vida es un efecto Troxler constante, sostengo ante mis ojos personas y momentos que se desvanecen o cambian de forma, a una peor, solo que no puedo parpadear y resetear la realidad; poco a poco todo se rompe y no vuelve a ser igual.
Supongo que estar allí donde nada permanece quieto durante mucho tiempo no es forma de vivir, incluso yo soy nómada, ¿cómo puedo atreverme a pensar que mi entorno permanecerá inmóvil, estéril ante cualquier situación? El caos es algo que siempre he tenido presente y, que a pesar de esa ilusión óptica, ha decidido no cambiar o desaparecer; su reflejo es constante.
A día de hoy sigo siendo un interrogante más, puede que ese sea el motivo por el que no me me agrada la idea de exponer mi arte, siempre me ha gustado tener respuesta para todo, incluso cuando no existía conseguía obtener una, la creaba.
Ser una pregunta es lo más difícil de obtener una respuesta: no estás capacitado para defender tu propia existencia, volverás al mismo lugar, a los mismos signos de interrogación que una vez te encerraron. Creo que si las personas de mi entorno leyeran aquello que me compone podrían conseguir algo que yo no pude: saber.
Saber quién soy, qué soy, cómo y cuándo, por qué. Es curioso, muchos pintores se desnudan ante el lienzo y los músicos ante las guitarras logrando una obra que, en solo tres minutos, resumen la identidad y su complejidad; puede que no guste al papel, que la tinta no me considere atractiva, pero los cuadernos siguen vacíos, al menos para mí.
Vosotros, lectores, quienes sostienen estas memorias entre las manos, mis memorias, no podéis juzgar. No sabéis si lo que tecleo en la pantalla está escrito con pluma a mis espaldas, puede que nada sea real, puede que no tenga setenta y tres años y solo sea una joven que no sabe dónde ir porque ningún sitio se siente como casa, porque ningún rostro es tan valioso como los que ya no están o los que, simplemente, están muy lejos; porque no sabe lo que es amar a pesar de morir por ello, los colores confunden y las banderas cambian como los estados de ánimo, puede que esto sea una ventana a ora dimensión, como la teoría del multiverso.
En cambio, cualquier persona que se haya molestado en rondar mi espacio sabe lo que hay detrás de este velo. Pueden verse en las historias si es que yo les he retratado, pueden creer que un verso es oscuro cuando está lleno de luz y creer que es un grito de auxilio, pueden limitar lo único valioso que Dios me ha dado, si es que alguna vez se dignó a existir: la creatividad, la imaginación y el poder de estar en cualquier parte, aunque no lo reconozca la mayor parte del tiempo.
Tiemblo cada vez que pienso que podrían existir ojos reconocibles que han versado mis líneas y descubierto tras ellas lo bueno y no tan malo en mí, quizá hayan distinguido el problema y me observen con compasión al ir como pollo sin cabeza, quizá la haya perdido de tanto intentar encontrarla.
Aún me siento así, el espacio que solía ocupar mi cabeza es propia de un miembro fantasma, quizá nunca la encuentre; hay personas que han nacido para perderse y no encontrarse.
Todavía evito salir cuando la luz incide en las superficies transparentes, llevo tiempo sin mirarme en los espejos, no quiero encontrarme invisible o avistar una figura que no conozco, no vaya a ser que esa desconocida sea más real de lo que lo he sido yo nunca.

Valora
y comenta
Valora este relato:

Quedan 0 caracteres

Es necesario que valores antes de comentar
Comentarios
Valoraciones
Otros relatos del autor
  • 227
  • 4.5
  • 367

Poetisa empedernida en busca de ser todo lo que el mundo siempre quiso tener.

Tienda

Cien años de sobriedad

Álvaro del Valle (Poyatos)

€2.99 EUR

La Vida Misma

Teodoro Bama, Joene, L.J. Salamanca, Ender, Poyatos y Miranda

€4.95 EUR

El secreto de las letras

José Luis Durán (Ender)

€2.99 EUR

Chupito de orujo

Mayka Ponce

€2.99 EUR

De frikimonstruos y cuentoschinos

Teodoro Bama

€2.99 EUR

En tardes de café

David Loreiro (Lore) y Adrián Durá (Novato)

€2.99 EUR

Sin respiración

AndreSinSiesta, Zenon, Stavros, Venerdi

€3.95 EUR

La otra cara de la supervivencia

José Luis Durán (Ender)

€2.99 EUR

Cuatro minutos

Jesús Fernández (Lázaro)

€2.99 EUR

Vampiros, licántropos y otras esencias misteriosas

Lore y Ender

€2.99 EUR

Grandes Relatos en Español

Bécquer, Zorrilla, Emilia Pardo Bazán, Galdós y otros.

€4.95 EUR
Creación Colectiva
Hay 17 historias abiertas
Relatos construidos entre varios autores. ¡Continúa tú con el relato colectivo!
Encuesta
Rellena nuestra encuesta