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4 min
Crónicas de inodoro
Históricos |
01.11.07
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Sinopsis

      Primero está el prototípico macho español. Éste, se planta ante la taza del váter sin más ni más y aposenta allí sus velludas posaderas. Es al cuarto de baño más o menos lo que Whitney Houston a la cocaína: arrasa con lo que pilla. Hay dos modalidades. Mear y plantar un pino. Si elige la opción micción, por mucho que quiera apuntar, sin subir la tapa y escurriéndosela al terminar en plan trompa de elefante rociando a su cría en la sabana para que no transpire en exceso, lo raro no es que lo ponga todo perdido allá donde acuda a soliviantar su esponja uretral. Lo raro es que caiga más cantidad del vil fluido dentro que fuera. Para demostración empírica, no tenéis más que acudir a los baños de una discoteca y tumbaros despreocupadamente en el suelo. De un plumazo habréis aprehendido la esencia del macho cabrío en su relación con los urinarios y así mismo habréis desvelado todos los secretos de esa práctica sexual que se os resistía la jodidilla y que todos acostumbran en llamar lluvia dorada, que viene a ser algo así como rociarse con un aerosol tóxico por el cuerpo en lugar de en las retinas y consistente en ácido úrico y urea en lugar de gas pimienta. Por supuesto, los puristas del género dirán que en esta modalidad del santo varón irredento que micciona sin piedad en derredor, no responde al perfil prototípico de la mayoría de machos, ya que se introduce el agravante de alcohol en sangre, lo que complica considerablemente, como por todos es sabido, la probabilidad de acierto en toda diana que se aleje a más de diez centímetros del caprichoso aparato excretor espolvoreador justiciero. Más o menos la diferencia vendría a ser, para que tengáis un ejemplo práctico, lo que en materia de jardinería viene a constituir la distinción entre riego por aspersión y riego por goteo, todo ello condicionado por la variable cogorza del individuo sujeto del estudio comparativo.


      Pero, ¿y qué ocurre, queridos amigos si nos hallamos ante la nueva problemática de sentarnos a la taza y dar a luz a un niño negro? ¿Si queremos aportar nuestro granito de arena solidario a una ONjete como por ejemplo Intermierdón? Ahí, la cosa cambia, y el otrora altanero macho cabrío castizo que se jactaba de lubricar en derredor cualquier urinario que se preciara, se ve vilipendiado sorpresivamente por la horma de su propio zapato. No, no me estoy refiriendo a que evacue en la horma de su propio zapato, pues, pese a que dichos sujetos se congratulen de su veleidosa puntería, aún no han alcanzado tal grado de estupidez como para tirar mierdas contra su propio calzado. Por el contrario, lo que ocurre es que estos tipos, descuidados y rudos en sus maneras, toman asiento sobre la taza sin contemplación ninguna y acaban salpicando sus innobles posaderas con una de esas insidiosas ráfagas doradas de orina apenas imperceptibles a simple vista por el ojo humano medio, no digamos ya por estas criaturas irreflexivas subyugadas por el ímpetu de sus irracionales actos.

      Por otra parte, están esas insólitas especies singulares, aquellas personas que para resolver el problema de restos excretados indeseados, que construyen, como si de una esporádica formación arquitectónica se tratara, una especie de amalgama apergaminosa circular para proteger sus expuestas posaderas del perverso influjo de tales amenazas. Todos los machos que se precien se han reído alguna vez de las afeminadas criaturas masculinas que reconocen este
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