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6 min
CRUCIFIXIÓN
Terror |
07.03.21
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Sinopsis

Este relato es un humilde homenaje a uno de mis autores preferidos H.P Lovecraft y a sus mundos oníricos. Espero que os guste, también quiero agradeceros vuestras lecturas, comentarios y valoraciones, sin vuestro apoyo sería difícil seguir escribiendo.

Nada más entrar en la sala de exposiciones, Héctor se quedó prendado del gran lienzo que estaba colgado sobre la pared que estaba justo en frente a él.

«¡Joder!, si colocas Saturno devorando a su hijo  al lado de esta pintura, el Goya se queda una ridícula representación infantil» pensó.

Instintivamente se colocó unos guantes de algodón, se acercó al lienzo, miró en rededor, y al ver que nadie lo observaba, acarició la tela. Mientras pasaba con suavidad sus dedos sobre el suave relieve de los óleos de la pintura, un ensordecedor zumbido penetró en su mente.

Instantes después, observó abrumado como las tétricas e inquietantes imágenes del lienzo cobraban vida.

El inmenso gentío representado en la obra emitía susurros guturales; pero poco a poco, ese coro de voces ancestrales fue elevando su tono hasta llegar a convertirse en una sinfonía de aullidos grotescos, de rugidos histriónicos  que rasgaban sus tímpanos cómo afilados estiletes.

Aquella muchedumbre de «hienas humanas» parecía estar poseída por oscuros y pérfidos espíritus.

«Luperca La gran loba romana con sus pechos henchidos de leche» caminaba entre ellos, abrió sus fauces dejando al descubierto sus marfileños caninos, y fijó su mirada sanguinolenta en los cientos de infieles fariseos, en esos que gritaban pidiendo sangre.

Una centuria de legionarios, cuales agentes antidisturbios, formaban un pasillo protegiendo «al hijo del hombre».

Niños con los ojos de carbón, con la esclerótica más negra que el propio azabache, escupían, y lanzaban afilados silex a los pies del semidios; deseaban ahondar el  lastimoso caminar del condenado.

La sangre brotaba de la carne desgarrada por los cientos de latigazos que los subordinados de Pilatos habían inflingido a ese hijo de dios.

Bóreas comenzó a resoplar, una fuerte racha de viento balanceó al debilitado portador de la pesada cruz de madera; los gigantescos maderos ahogaban los alientos de Yeshua bar Yosef, que coronado con grandes espinas que laceraban su frente, ascendía lentamente por la empedrada pendiente.

Un grupo de mujeres trató de traspasar el muro romano, querían ayudar al «hijo de María»; sus gargantas desgarradas por el dolor pedían: ¡Piedad!.

Varios de los herederos de Rómulo y Remo que formaban la guardia, poseídos por el espíritu de la «sanguinaria loba romana», se giraron, y practicaron con las «vírgenes» dos de los movimientos para los que habían sido bien adiestrados; primero las empujaron con sus escudos, y acto seguido lancearon sin piedad los torsos de las «plañideras».

La oscuridad comenzaba a cubrir con su manto la luz de Helios.

Los niños de ojos oscuros, arrodillados como bestias sedientas sobre el suelo, lamieron la sangre recién derramada.

Una parte de la turba enfurecida por la acción, desenvainaron los cuchillos que ocultaban tras sus harapientos ropajes, y poseídos por el espíritu de Yahvé, degollaron a los invasores que les habían dado la espalda.

El centurión al mando ordenó atacar; los legionarios a su mando desenvainaron sus gladius, y comenzaron a desmembrar a hombres y mujeres sin piedad.

Niños, perros, buitres y cuervos se unieron a la bacanal sangrienta desgarrando a diente y pico partido, la carne de los miembros mutilados.

El «hijo del hombre» desesperado por la visión, sucumbió ante el  dolor infligido a sus congéneres; se desplomó sobre el suelo, y la pesada cruz golpeó contra su costado quebrando sus costillas.

Aplastado por la cruz observó consternado, cómo el verdugo con el rostro oculto por una máscara de un macho cabrio devoraba las almas de sus hijos. El monstruo henchido de poder irguió la cruz, la echó a un lado, y arrastró al condenado por su larga cabellera hasta los pies de dos hombres crucificados.

Bahomet en un alarde de superioridad volvió atrás, recogió la cruz del suelo, y caminó hacia Yeshua bar Yosef que agotando sus ultimas fuerzas trató de huir mirando al cielo desesperado; estaba arrepentido de su pecado.

La bestia alargo su mano, agarró por el hombro a Yeshua ,y dijo bramando. «Arrodíllate hijo del hombre», mientras que miraba al cielo retando a Yahvé.

La oscuridad se apoderó de todo; el aire se volvió corpóreo de la maldad acumulada en el ambiente.

Los gigantescos clavos que habrían de sostener al semidios sobre la cruz yacían inertes sobre el suelo.

La bestia colocó a Cristo encima de los maderos; asió el primer clavo oxidado sobre la mano del condenado, y con su puño lo golpeó con tal fuerza, que atravesó el madero.

El alarido de satisfacción de la bestia quebró los oídos de la muchedumbre que gritó desesperada.

El centurión romano se acercó corriendo, trató de lancear al verdugo, pero su lanza se detuvo en el tiempo.

La bestia se giró, y miró fijamente al soldado con sus ojos carentes de vida, «tú que renunciaste a tus dioses primigenios, clavarás la lanza del destino en su costado y con este cáliz beberás su sangre», resonó en los oídos de Longinos.

La bestia martilleó con la mano cerrada el segundo clavo; cientos de rayos quejumbrosos manaron sin intensidad de en medio de la negrura, la voz gutural de la bestia bramó de nuevo.

Los supervivientes enmudecieron; desesperados por el terror de perder sus almas, se arrodillaron sobre el suelo.

La bestia se acercó a los pies «del hijo del hombre»; un niño de ojos negros se acercó arrastrándose, la bestia acarició su pelo mientras el niño juntaba los pies del condenado y los centraba en el madero.

Bahomet colocó el último clavo sobre los pies del reo; y con un sólido golpe sobre el herrumbroso metal, atravesó de nuevo las extremidades y el robusto madero.

Los legionarios se acercaron en procesión, levantaron la cruz, y la llevaron apoyada sobre una sola mano aclamando a la muerte.

La parca vistiendo su negro hábito, exhibiendo su guadaña hizo acto de presencia; la legión hundió la base de los maderos cruzados en un hoyo cavado en medio de dos hombres crucificados e irguieron el nuevo símbolo de la cristiandad.

El cielo comenzó a abrirse; las bestias carroñeras huyeron; los hombres y mujeres bautizados por la sangre derramada, inundaron con sus lágrimas «el monte del olvido».

El centurión se acercó a la cruz, y mientras Cristo gritaba ―padre ¿por qué me has abandonado?. — lanceó su costado. Longinos recogió el cáliz de suelo, lo llenó con la sangre del que venía a ser el «redentor de la humanidad», lo alzó al cielo, y de un solo trago bebió su sangre.

Bahomet gritó mirando al cielo, henchido de placer por su victoria.

 

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