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21 min
Cuando el mundo ardió: el lenguaje de las cenizas- Prólogo y Capítulo 1
Varios |
10.02.19
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Sinopsis

El Fuego avanzó con avidez, arrasando y consumiendo el mundo a su paso. Tan sólo algunas ciudades del planeta pudieron salvarse, evitando así la extinción de la humanidad. Sin embargo, trescientos años después, las consecuencias de esa calamidad seguían restringiendo la vida de los descendientes de los supervivientes. La mayoría de la población vivía en el Borde, en la parte media de las urbes, dónde el aire era denso y tóxico. Tan sólo unos pocos afortunados vivían en las Cumbres, desde las que regían las ciudades. El conformismo y el instinto de supervivencia mantenían estable esa estructura social. Sin embargo, cualquier chispa puede hacer arder las cenizas de un mundo construido a partir de engaños, injusticias y secretos.

Prólogo

Decadencia. Una abrumadora y asfixiante decadencia. La sentía en todas partes, como un manto que lo cubría todo a su alrededor. Muchas palabras llenaban su joven mente, palabras que no podía conocer y aun así conocía. Hollín, vapor, óxido, corrosión, podredumbre. Se le pegaban en la piel y los labios, le inundaban las fosas nasales y hacían que sus ojos escociesen. Una parte de ella quería zafarse de los brazos que la sujetaban un metro sobre el suelo. Una parte de ella quería llorar, pero no podía hacerlo. “No llores. Por favor, no llores”, le había dicho su madre. Los pasos rápidos de su progenitora resonaban en las paredes estrechas y oscuras, junto con goteos densos y sordas emanaciones procedentes de tuberías viejas y rotas. No tardó en oír crepitaciones en los pulmones de su madre. El aire, enfermo y venenoso, estaba haciendo mella en su interior. Posó una pequeña mano sobre su pecho, y finos circuitos de un blanco azulado, metálico, brillaron en su piel. Su madre ahogó un grito y se detuvo, agachándose y cubriéndola con su cuerpo.

– No, mi pequeña estrella. No lo hagas. – Ella quiso rebatir, pero se limitó a mirar los ojos temerosos de su madre. – No hace falta. Estaremos bien. Estaremos bien.

Su madre toco su frente con la suya y ella le hizo caso. Retiró la mano de su pecho y el brillo desapareció. La mujer volvió a correr, respirando con dificultad y con los ojos llorosos. Ella reposó su diminuta cabeza sobre el hombro de su madre y cerró los ojos, dejándose llevar, aun sabiendo que no estarían bien. Aun sabiendo que su madre mentía.  

 

 Capítulo 1

 

Las piezas de metal cayeron sobre la mesa, haciendo un ruido estridente. Uriel terminó de vaciar la saca de cuero de los trozos más pequeños antes de colgársela en la espalda de nuevo, con satisfacción. El olor del antro de Llona era metálico y agrio por los aceites, combustibles y metales. La luz de las lámparas de lumbre era rojiza y tenue, y creaba sombras bailarinas entre los amasijos de objetos que había amontonados por todas partes. Llona levantó una ceja, escéptica, mientras observaba la chatarra que había desperdigada en la mesa. Uriel resopló ante la mirada de la mujer y cogió un trozo de chapa de color anaranjado entre sus cortados y callosos dedos.

– Cobre – Se lo pasó a la mujer, hinchando el pecho – He encontrado un montón de planchas de cobre.

– Esto es latón. No vale nada en pocas cantidades.

La mujer dejó la chapa sobre la mesa y posó las manos sobre sus voluminosas caderas. Su oscura piel estaba iluminada de rojo, dándole un aire salvaje. Uriel frunció el ceño, disgustado.

– ¡No lo es, no intentes engañarme, es cobre!

– Es latón, niño. El olor y el color son distintos. 

Uriel apretó los puños y arrugó la nariz.

– Me he pasado horas para desenterrarlo. ¡Es cobre!

– Te has pasado horas perdiendo el tiempo – Llona hizo un gesto con la mano para quitarle importancia a la rabieta del niño – Enséñame el resto.

El chico gruñó para sus adentros, maldiciendo. Aunque le costaba admitirlo, la mujer conocía bien los metales, mucho mejor que él. Eso le enfurecía. Rebuscó de mala gana, descartando todas las piezas de latón que tanto le había costado conseguir. Cogió una bobina y se la enseñó a Llona.

– Hilo de acero – dijo, entre dientes – No hay mucho pero no está corroído.

– Crío ignorante. – La mujer soltó otro bufido, exasperada – Esto es estaño, aunque hay tan poco que no te vale ni para media ración. – ¡No soy un crío, estúpida vieja! – Uriel propinó un fuerte puñetazo contra la mesa de metal – He estado todo el día en las Profundidades, ¡me merezco mi comida!

Llona se rió sin fuerza, enseñando sus blancos y gastados dientes. Cogió la bobina que Uriel tenía en la mano y la dejó en un estante antes de abrir una trampilla en la pared que tenía detrás para sacar un paquete envuelto en papel marrón. Se acercó al chico y lo miró con intensidad.

– Ese es el problema, Uri. Bajas casi cada día a las Profundidades, desde hace más de seis meses. Y aún no sabes qué tienes que buscar. – Le alargó el paquete que tenía en la mano – Te daré media ración, pero no porque te la merezcas. Tienes que empezar a aprender, o no serás un buen Chatarrero.

El chico serró los dientes y le arrancó la comida de la mano. Recogió el latón que la mujer no quería de mala gana, metiéndolo en la saca. Cuando hubo terminado se encaró a Llona con los ojos brillantes de frustración.

– Entérate vieja, yo no quiero ser Chatarrero. Quiero ser un Rapaz, y seré el mejor de la historia.

La mujer se rió otra vez y se frotó los ojos. Uriel sentía que le ardía el pecho por el desdén que le mostraba la Mercante.

– Si, y yo viviré en las Cumbres.

El rostro del chico se encendió, rojo como la lumbre de las lámparas. Estaba furioso y avergonzado a la vez. Gruñó, dando un giro y dirigiéndose a la puerta.

– ¡Cállate, vieja amargada!

Abrió la puerta aislante y se subió la máscara de filtro hasta la nariz. Salió corriendo a la calle, mientras oía a Llona chillarle por dejar la puerta abierta.  

No paró de correr hasta que no divisó la Colmena en la que vivía. Un vaho blanco salía por las ranuras de su máscara al ritmo de su acelerada respiración. Seguía enfadado, pero la carrera le había sentado bien. Metió los dedos en las puntas en forma de garra que tenía sujetadas en los antebrazos, articulándolas a sus guantes de acero. Presionó las palancas que tenía en la parte superior de sus botas y unos picos metálicos aparecieron en las punteras. Había doce Colmenas en Barén, la ciudad en la que había nacido Uriel. Originalmente se formaron como bigas de carga para las Cumbres, los edificios que colgaban de ellas a más de doscientos metros de altura. Las patas de las Colmenas se aferraban a los edificios viejos de las Profundidades, por lo que no tocaban el suelo, sino que empezaban a unos ochenta metros de altura. Cada pared medía treinta-i-cinco metros de ancho, así que cada Colmena tenía más de mil metros cuadrados de envergadura.

Desde varias décadas atrás, muchos habitantes de las Profundidades y el Borde empezaron a excavar pequeños nidos en el hormigón para tener un sitio en el que vivir, ya que, a causa de la sobrepoblación en las ciudades, los habitáculos en el Borde eran escasos. Y el veneno era demasiado denso para vivir en las Profundidades. Por ello, en esos momentos había unos trescientos nidos en cada Colmena. 

Los últimos puentes y calles llegaban a los ciento-cincuenta metros desde el suelo, pero los nidos se alzaban hasta los ciento-ochenta, por lo que para acceder a ellos era necesario escalar las paredes. Uriel clavó las garras de acero en los agujeros que había en el hormigón y empezó a subir. Después de tantos años de uso, las paredes de las Colmenas estaban llenas de asideros, enganches y cuerdas metálicas por las que poder trepar de forma más o menos segura, aunque de vez en cuando aún ocurría algún accidente. Cuando llegó a su nido le ardían los músculos de los brazos. Entró, aún malhumorado, y cerró la puerta aislante detrás de él para que el aire tóxico de fuera no se colara en el pequeño habitáculo.

Se quitó la máscara, los guantes, las botas y el cinturón y lo tiró en la pequeña mesa de latón que usaba para fabricar piezas. Se quedó mirando la mesa, atónito.

– Estúpido latón. Rebuscó dentro de la saca hasta encontrar la media ración de comida que le había dado Llona. Desenvolvió el papel duro que envolvía un pedazo de pan y una lata de carne picada. La tripa le rujió con fuerza, pues no había comido nada desde la noche anterior. Se sentó al suelo gris con un tenedor que había fabricado con chapa y empezó a comer, poco a poco. Tenía hambre, pero aun sentía un nudo en el estómago por las palabras de la Mercante. Ella le trataba como a un niño inútil, igual que Daniel, uno de los chicos con los que había vivido. “No durarás más de dos días fuera del Criadero”, le había dicho. Pero Uriel había sobrevivido fuera más de un año desde que se escapó. 

Cada vez recordaba con menor frecuencia sus años allí. Apareció en un Criadero del centro del Borde cuando aún era un bebé. No había conocido a sus padres, por lo que las Criadoras y los otros niños huérfanos habían sido su familia durante diez años. La Criadora Maser siempre le decía que la familia no se escoge y que uno se tiene que conformar con lo que tiene. Solía decírselo mientras le atizaba con la vara de corriente después de que él mirase demasiado tiempo por la ventana, soñando con el exterior. Escapó unos meses después de cumplir once años y aunque la vida en el Borde no era sencilla, estaba dispuesto a morir antes de regresar allí.

Guardó la lata de carne para devolvérsela a Llona y lamió bien el tenedor antes de dejarlo en la mesa. Volvió a colocarse la máscara y salió a la oscuridad de fuera de su nido. El aire frío de la noche le acarició la parte del rostro que no estaba cubierta. El chico respiró hondo y enganchó con un movimiento rápido los mosquetones de su pantalón a las argollas de hierro que había en la pared con el fin de quedarse colgado. Hacía poco más de un mes que estaba en ese nido, uno de los más altos. Anteriormente había estado en otro situado en los pisos inferiores, pero cuando había visto que ese estaba libre se apresuró a mudarse. Le gustaban las vistas desde allí arriba.

Por encima de su cabeza veía las Cumbres y sus puentes, iluminadas con luces eléctricas, blancas y limpias. A sus pies, el Borde se extendía durante más de quince quilómetros. Las luces rojizas de las lámparas de lumbre iluminaban los puentes y los edificios con ventanas, parpadeando continuamente. El loboazul brillaba en todos los sitios habitados, un pequeño punto marcador en las puertas. Solo había electricidad en la zona del centro, donde las luces eran más amarillentas. Había tantos puentes y calles en el Borde que apenas se distinguían bajo ellos los edificios de las Profundidades, incluso de día. A la izquierda, la ciudad se terminaba y las luces cesaban, dando paso al negro vacío y denso del Exterior.

– Hola, vecino. – El pelo pelirrojo de Cara apareció un nido más abajo. – ¿Puedo subir?

Uriel se encogió de hombros, desviando la mirada y sintiendo como las mejillas se le sonrojaban. La chica subió por la cuerda metálica que había entre los dos nidos hasta quedar a su lado y se enganchó con sus mosquetones al borde del edificio.

– Aun tienes hollín de las Profundidades. – Le cogió el rostro con las manos y le limpió la mejilla izquierda. – Tendrías que lavarte más a menudo.

– Déjame, estoy bien así.

Uriel se zafó avergonzado y se limpió la cara con las mangas de la camisa. Se colocó bien la máscara para disimular lo ruborizado que estaba.

– ¿Has encontrado algo especial hoy, Rapaz?

La voz de Cara sonaba amable, y eso hizo que el chico se sintiese más decepcionado consigo mismo de lo que ya estaba. El chico mantuvo la vista baja, mirando las luces del centro.

– No. Llona tiene razón, soy un inútil. – Calló un momento, intentando controlar su voz para que no temblase. – No sirvo ni para Chatarrero, ¿cómo voy a ser un Rapaz?

– Aún eres un crío, Uri. – Cara le posó una mano blanca sobre su cabeza rapada. – Irás aprendiendo poco a poco.

A Uri le escocían los ojos. Todo el mundo lo trataba como un niño pequeño. Apartó la mano cálida de la chica y cerró con fuerza los ojos, reprimiendo las lágrimas.

– ¡No soy un crío! ¡He vivido por mi cuenta durante más de un año!

– No son los años que vives por tu cuenta los que hacen que dejes de ser un crío. – Su voz es dulce y tenue, y lo miraba con unos ojos grandes del color de la miel. – Sino la manera de ver las experiencias que vives durante estos años. Por ejemplo, en vez de enfadarte con Llona podrías aprender de sus conocimientos.

Uriel hizo una mueca de desprecio. Aunque sabía que la Mercante era buena con los materiales y los negocios, su orgullo adolescente se negaba a pedirle ayuda.

– No necesito nada de esa vieja.

Cara se encogió de hombros ante su respuesta. Se balanceó un poco, jugando con la gravedad. Estuvieron en silencio durante varios minutos, mirando hacia sus pies. Finalmente, la chica se volvió para dirigirse a Uriel. Su voz sonó despreocupada cuando habló.

– Pues es una lástima, teniendo en cuenta que Llona fue una de las mejores Rapaces de su tiempo.

– ¿Qué? – Uriel alzó la voz más de lo que pretendía y se quedó mirando a Cara, escéptico. – Creo que no hablamos de la misma Llona. La que yo conozco es una Mercante de pacotilla, vieja y gorda, con una pierna de metal que chirria a cada paso. ¿De quién hablas tú?

Cara arrugó la frente y le dio un golpe con la mano abierta en la cabeza a Uriel, que se quejó desmesuradamente, frotándose el cráneo.

– No hables así de la mujer que te da más ayuda de la que te mereces.

Uriel iba a replicar, pero apretó los labios, conteniendo sus palabras. Cara tenía razón. Antes de llegar a la esquina norte del Borde había sobrevivido a duras penas. Desconociendo cómo conseguir raciones, se había pasado más de tres días sin probar bocado. Robaba siempre que podía, y en más de una ocasión algún adulto lo había dejado al suelo de una paliza después de un intento de hurto. Eso hizo que empezara a pelearse con otros chicos y chicas de su edad para quitarles la comida que estos se habían ganado, considerándolos presas más fáciles. Tampoco entendía el funcionamiento del loboazul, por lo que cuando encontraba un sitio deshabitado alguien se lo quitaba en cuanto él salía a buscar comida o agua. La mayoría de noches las había pasado durmiendo en recovecos medio derrumbados de las Profundidades. Al no poder quitarse casi nunca la máscara, esta le había hecho heridas en el puente de la nariz y la mandíbula, que no terminaban nunca de sanar.

Sin embargo, al llegar a la esquina norte de la ciudad había conocido a Llona. La descubrió descargando raciones de un carguero de las Cumbres y había pensado que, debido a su pierna prostética, sería una presa fácil. Pero se equivocaba. La noche que intentó colarse en el antro de intercambio, la mujer le había cogido del pescuezo nada más abrir la puerta aislante.

La Mercante le estuvo chillando durante una hora, pero después de eso y en vez de castigarlo, Llona le había dado de comer y tratado sus heridas. Le dio unas directrices para conseguir metales y materiales en las Profundidades y le enseñó a rastrear hogares deshabitados a través del loboazul. Hasta le ayudó a fabricarse los guantes y botas para escalar. Aun ahora, le daba raciones cuando otros Mercantes no se las darían.

– Cuando Llona era joven recorría el Exterior en búsqueda de artículos únicos. – Cara prosiguió al ver la cara de arrepentimiento del chico. – Se dice que era la capataza en una banda de Rapaces, y que juntos habían visitado más de cuatro o cinco ciudades.

– Imposible. – Uriel seguía sin ser capaz de creerlo. – La mayoría de Rapaces se quedan en las Ruinas. Casi nadie sale al Exterior. Dicen que el aire allí fuera está tan viciado que ningún filtro puede resistirlo.

– Pues ella salía. Era tan buena que cuando perdió la pierna sus contactos en las Cumbres la ayudaron a que no perdiese también la vida. Aunque después de eso tuvo que dejar de ser Rapaz.

Aún estaba perplejo por las palabras de su amiga, pero Uriel empezaba a creer lo que estaba escuchando. La mayoría de gente del Borde que perdía una extremidad moría por falta de sangre o por la negrura de después. Llona era una de las pocas personas que conocía con una extremidad de metal, y no un dedo o una mano, sino una pierna entera. Uriel agachó la cabeza, observando sus propios pies.

– Aunque lo que digas es cierto, no puedo pedirle ayuda a Llona.

– ¿Por qué no?

El chico recordó la discusión de esa tarde, y la forma en que solía tratar a la mujer, con más desprecio que respeto. Se sintió avergonzado y decepcionado consigo mismo otra vez.

– Siempre le hablo mal. La trato mal. No me merezco que me ayude.

Cara sonrió dulcemente. Cuando Uriel ponía esa mirada se hacía evidente su juventud. Era tan solo un crío, perdido y verde. La chica rodeó los hombros del joven con un brazo e hizo como si no notaba que Uriel se sonrojaba.

– Llona te ayudará si estás dispuesto a aceptar su ayuda.

 

Cruzó las piernas por enésima vez y tamborileó los dedos sobre la mesa con impaciencia. Sus huellas dactilares se dibujaron en la superficie esmerilada unos segundos y volvieron a desaparecer. La luz del sol amortiguada por la contaminación del aire exterior entraba por el cristal de la ventana, iluminando su despacho con una luz blanquecina. Erik presionó la mandíbula con fuerza y se levantó para apaciguar los nervios. Sus zapatos resonaban en la sala mientras el hombre se paseaba por ella. Se acercó al gran ventanal y se sacó un cigarrillo del bolsillo de su americana azul. Lo encendió con un mechero electrónico y miró al exterior. Los demás edificios blancos de las Cumbres se suspendían a su alrededor, uniéndose con gráciles puentes, como si de una gran araña de cristal se tratase. Muchos metros por debajo de sus pies se encontraba el Borde, apenas visible por la densidad del aire.

El humo del cigarrillo le llenó la boca y los pulmones. El sabor del tabaco se le pegó en la lengua, amargo y fuerte. Cultivaban algunas plantas de tabaco en el edificio de laboratorios, en menor cantidad que las plantas alimenticias, pero suficientes como para tener contentos a los grandes cargos que controlaban el buen funcionamiento de la ciudad. Expulsó el humo lentamente, saboreándolo. No servía de nada; no conseguía relajarse.

Hacía dos días que el activo había sido secuestrado, y todos sus esfuerzos por encontrarlo estaban fracasando. Tres golpes sonaron en su puerta.

– Adelante. – Dijo Erik, apagando el cigarrillo en el cenicero de la mesa.

– Señor. – Un hombre robusto con traje negro entró en la sala. – Tengo el primer informe de búsqueda.

Erik se sentó en la silla de cuero negro e intentó disimular sus nervios. Se colocó las gafas en su sitio e indicó al hombre que prosiguiera. Este se acercó, con ambas manos cogidas a la espalda.

– Hemos peinado el Borde. – Empezó el hombre. – Centrándonos en el cuadrante del cual procedía la madre, pero abarcando toda la ciudad. Todos los activos de Búhos están participando en la búsqueda…

– Pero no habéis hecho ningún progreso. – Erik le cortó, tajante. – No tenéis ninguna pista.

El hombre se movió, visiblemente incómodo, y negó con la cabeza.

– No, señor. – Sois todos unos inútiles. – Erik se levantó, cerrando los puños. – Una mujer y una niña. No sois capaces de dar con una estúpida mujer y su retoño. – Hablaba con desprecio, escupiendo las palabras. - ¿Tienes idea de lo que vale ese activo? Tu vida y las vidas de todos tus hombres no serían suficientes para pagarlo.

El hombre asintió con la cabeza, tenso. Erik era alto y delgado y, aunque su cuerpo no fuese amenazador, había algo en sus ojos fríos y calculadores que lo hacía peligroso.

– Busca donde sea. – Prosiguió Erik. – En cada pocilga del Borde, en cada antro y agujero. Entra en las Profundidades y baja hasta las Ruinas si es preciso, pero encuentra a esa niña.

– Sí, señor.

El hombre hizo una reverencia con la cabeza, se giró sobre sus talones y se fue. Erik maldijo en voz alta, dejándose caer en la silla. Habían localizado al hombre que había desconectado las cámaras y puertas de seguridad para ayudar en la fuga, sin embargo, este se había precipitado desde uno de los puentes antes de poder ser interrogado. El hombre había resultado ser un joven que trabajaba en el área de seguridad del edificio desde hacía poco más de dos años, procedente de una de las familias menores de las Cumbres, los Jullin. Los hombres de Erik habían interrogado a los padres del muchacho, que parecían completamente ajenos al comportamiento de su hijo. Aun así, Erik decidió degradar el nombre de los Jullin para que no pudiesen ocupar cargos de peso como castigo por la traición de su hijo. Aunque ese castigo no servía para arrojar luz sobre los acontecimientos de la fuga, Erik se había sentido mucho mejor. Unos golpes en la puerta lo devolvieron a la realidad.

– Adelante. – Repitió, cansado.

El doctor Fulgen apareció por la puerta de madera pulida del despacho. Aun llevaba la bata blanca puesta, y el pelo lacio y rubio le caía detrás de la cabeza, recogido en una fina coleta.

– ¿Es mal momento? – Preguntó su amigo, acercándose con cautela.

– ¿Cuándo no lo es? – Respondió Erik, indicándole la silla delante de la suya.

El hombre se sentó y apoyó los codos en las rodillas, inclinándose hacia adelante. Su voz sonó tranquila cuando habló.

– ¿Algún progreso en la búsqueda?

– No. – Erik suspiró, frotándose los ojos. – Empiezo a pensar que lograron entrar en un aéreo y que están en otra ciudad, mofándose de nosotros.

– ¿Y cómo iban a entrar en un aéreo?

– No lo sé. – Dijo, exasperado. – Si tenían un contacto en seguridad, ¿por qué no uno en el hangar? Quizás la fuga fue realmente planeada. Quizás fueron varios, una organización, que las ayudó a escapar.

Fulgen lo miró, pacífico, y levantó las manos para intentar apaciguarlo.

– Escúchate amigo, estás cansado. La madre engañó al joven de seguridad; quizás lo sedujo, vete a saber. No fue algo organizado.

Erik asintió. Probablemente su amigo tenía razón, realmente se sentía cansado. Había dormido mal dos noches seguidas, pendiente de alguna noticia positiva. Buscó otro cigarrillo en el bolsillo y se lo encendió para calmarse. Miró a su amigo y sacudió la cabeza.

– Te buscaré otra Matriz para que puedas tener otro activo lo antes posible, por si se da el peor de los casos.

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  • Muchas gracias Impossible! Espero poder subir un capítulo a la semana. Saludos.
    Un relato de mucho valor. Me gustó muchísimo amigo, mucha imaginación para crear un mundo así, tan detallado hasta ahora. Felicitaciones!
  • El Fuego avanzó con avidez, arrasando y consumiendo el mundo a su paso. Tan sólo algunas ciudades del planeta pudieron salvarse, evitando así la extinción de la humanidad. Sin embargo, trescientos años después, las consecuencias de esa calamidad seguían restringiendo la vida de los descendientes de los supervivientes. La mayoría de la población vivía en el Borde, en la parte media de las urbes, dónde el aire era denso y tóxico. Tan sólo unos pocos afortunados vivían en las Cumbres, desde las que regían las ciudades. El conformismo y el instinto de supervivencia mantenían estable esa estructura social. Sin embargo, cualquier chispa puede hacer arder las cenizas de un mundo construido a partir de engaños, injusticias y secretos.

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