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12 min
Cuando el pez pescó a Pat
Reales |
04.09.11
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Sinopsis

Úmpqua River: El río de los peces impescables

 

Llegamos a un recodo incomunicado por los árboles. Y entendimos que la confusión al llamar a Salem ciudad se extendía al llamar pueblo a Scottsburg. Y como en Oregón los ríos no podían desembocar en el mar, los caminos desembocaban en los ríos. Y voila! Justo ahí se erigía Daybreak Heaven.

 

En la casa vivían Pat y Shelly con sus dos perros pomeranians Bailey y Max a los que querían casi tanto como a los hijos que nunca tuvieron.

 

Pat no estaba, de modo que nos recibió Shelly que se disculpo porque ya había cenado pero pidió al único restaurante de la zona que diese de cenar a sus huéspedes. El restaurante en cuestión era un office con 6 mesas, atendidas por otro matrimonio, donde cada día cenaban lo mismo las mismas 15 personas y a las que el dueño les preguntaba, cada día, qué querían tomar. Lo sorprendente es que no nos pareció que a nadie le despertáramos ninguna curiosidad. Así era la gente de Oregón.

 

Cenamos mal, y empezábamos a preguntarnos si consideraban que tenían la labor de preservar su acervo gastronómico convirtiendo un pescado recién pescado y unas patatas de su propia huera en un Fish and Chips con sabor a papel de periódico. Pero como siempre, la desgracia (realmente lo de la comida empezaba a ser una desgracia, sobre todo para mi talla 36), se guardaba un as en la manga. Precisamente en aquel office se habían inventado las Cherry Pies pero la cocinera nunca había reivindicado el reconocimiento. Por supuesto estas tartas nunca se hubieran hecho mundialmente famosas si hubiese dependido de las quince personas que día tras día cenaban allí y que nunca se habían planteado salir de Oregón.

 

Inmediatamente entendí que la historia fue que probablemente unos dibujantes en los años 60 que iban camino de Hollywood a probar fortuna en el cine animado,  se habían extraviado y habían hecho un alto en el camino a cenar. Probablemente cenaron el mismo fish and chips que yo aquella noche y probablemente a pesar de estar empachados habían pedido cherry pies de postre para quitarse el mal sabor de boca. Cuando probaron la tarta de cerezas quedaron tan fascinados con ella que inmediatamente preguntaron a los dueños la receta, felicitaron a la cocinera y dieron las gracias por las indicaciones para seguir su camino. Llegaron a Hollywood, enseñaron a Walt Disney su idea de reunir en una película a humanos con dibujos animados a través de una niñera cantarina adicta a los trabalenguas que llevaba un poco de alegría a una de las tantas casas con niebla de Londres. A Disney por supuesto le encantó, y los tres fueron dibujantes de Disney durante decenas de años, y así las Cherry Pies se convirtieron en la tarta favorita de todos los dibujos animados del mundo.

 

Al volver, Shelly y los perros nos esperaban. Yo, esperanzada porque había visto un cenicero con colillas en una esquina del porche, pregunté:

 

-¿Podemos salir a fumar un pitillo?

-Claro, os acompaño. Pat solía fumar pero gracias a Dios lo dejó.

 

Parece que el divorio de Pat y el tabaco tampoco era cierto del todo.

 

El porche caía directamente sobre el río Umpqua que en aquel tramo medía aproximadamente 20 mts de ancho y al otro lado se elevaba una colina de altura considerable. Shelly nos contó con ella vivían dos águilas calvas, además de alces y venados y una osa gigantesca.

 

-¡Pesa casi 300 libras!

 

Nosotros, que no entendemos de otras libras que las esterlinas no pudimos hacernos una idea de las dimensiones de la osa, pero como además de europeos somos educados, nos impresionamos con el volumen y no preguntamos nada más.

 

-Mañana os hará Pat el desayuno porque yo no estaré. No os preocupéis, es un fantástico cocinero! Yo le he enseñado, francamente a él le encantan mis recetas. Cuando le conocí hace 25 años estaba famélico pero ahora pesa más de 250 libras!

 

Nos fuimos a la cama cansados deseando ver a Pat al día siguiente porque aparentemente sería una buena referencia para hacernos una idea de las dimensionas de la osa.

 

Subí a desayunar y me recibieron los ladridos alegres de Bailey y los gruñidos de Max desde el sofá. Me caía bien Max, vaya gaita ser tan gruñón y tener una hermana tan irritantemente simpática. Yo también me pondría de mal humor.

 

-Buenos días! – me dijo Pat desde la cocina.

 

La osa efectivamente debía de ser muy grande. Estaba preparando el desayuno: gofres caseros con nata y fresas y unas tiras de bacon.

 

-Buenos días Pat! Vaya qué rico! Por favor no trabajes más! De verdad creo que 17 gofres son suficientes.

 

Por fin subió mi querido compañero de aventuras, avergonzado porque creyó que los perros sólo le ladraban a él y sin parar de estornudar porque tenía alergia. Nos sentamos a desayunar en la mesa del comedor mientras Pat se estiraba en su sillón reclinable satisfecho tras 1 hora de producción intensiva de gofres. En la pared había un enorme salmón disecado. Debía de pensar al menos 20 kilos.

 

-He pescado algunos 3 veces mayores justo aquí, debajo del porche.

 

Nos asomamos al río.

 

-¡Vaya! ¿Está lloviendo?

 

- No…-se rió- esos surcos en la superficie del río no es lluvia, son unos insectos que salen a cientos a esta hora porque les gusta bailar sobre el agua quieta. Más tarde son las lanchas las que dibujan la superficie del río, entonces los bichos se molestan y se van río abajo, hacia el Oeste.

 

-El Oeste? Pero el río parece avanzar hacia el Este…

-Sí eso parece. Pero en realidad lo hace en sentido contrario.

 

Es cierto que aquel río tenía algo de extraordinario. Tal vez por eso Pat había acabado en aquel rincón del mundo… porque él también lo era.

 

Es cierto que Pat no siempre había tenido el tamaño de un oso como ya nos había explicado Shelly, pero en cambio Pat siempre había sido Pat. Quiero decir, que nunca fue Patrick o algo así. Nació sietemesino y sus padres seguros de que no sobreviviría no se molestaron en ponerle un nombre completo. Y ahí estaba, con la corpulencia de un oso.

 

Había llegado a Scottsburg hacía 4 años después de haber vivido 17 años en Salem.

 

-Vaya! Salem?

-Sí, pero el ruido y el estrés de la capital nos agobiaba… aquí somos felices. Siempre habíamos querido esto.

 

Efectivamente dedicaba gran parte de su tiempo a pescar y tenía un buen historial de salmones. Sin embargo una vez quiso pescar un pez más grande.

 

Cuando llegué aquí me contaron que en este río había un pez impescable. Un fabuloso ejemplar de esturión de más de 300 años y 11 pies de largo que navegaba el río arriba y abajo con un solo diente gigantesco en la boca. Así pasé días buscándolo en mi fueraborda de 6 pies. Le puse todo tipo de cebos. No había ni rastro del pez. John, el vecino, me miraba desde su mecedora con condescendencia y cada día me repetía lo mismo:

 

-Pat, ese pez no se puede pescar. Por eso lleva 300 años en este río.

-Al final todos pican, John. 300 años tampoco es tanto.

 

Aunque no tenía ninguna fe en mis andanzas, lo cierto es que le entretenían, así que yo empecé a llevar un walkie talkie conmigo y él guardaba el otro, y así podía tenerle informado de mis tardes en las que, en realidad, nunca pasaba nada.

 

Llegado ese punto del relato comprendimos que lo que distingue a un Hombre de Oregón de un Hombre corriente es que un Hombre de Oregón, ante tales contratiempos, desde luego no se plantea la no-existencia de un esturión de más de 3 metros de largo que lleva habitando un río 300 años.

 

Y ahí estaba yo. Otra tarde. Hacía mucho tiempo que mis retransmisiones a John se limitaban a decirle que estaba recogiendo los bártulos para irme a casa. Y de pronto picó. Me quedé muy quieto pensando qué hacer; pero antes de tomar una decisión el pez decidió por mí. Nunca me había parado a pensar que mi fueraborda de escasos 6 pies no era la mejor idea para pescar a un pez que casi la doblaba en tamaño. Y el pez me remolcó río arriba sin que yo pudiera hacer nada salvo intentar no caerme al agua.

 

Intenté comunicarme con John, pero sus palabras al otro lado parecían un centenar de hojas de papel de periódico arrugándose a la vez. Y de pronto silencio. El pez me estaba llevando tan lejos que el walkie talkie había perdido la señal. Y aunque parezca extraño me relajé y me senté a esperar. Al fin y al cabo no tenía modo de saber qué rondaba la cabeza del nuevo capitán del barco. Seguimos recorriendo el río y de pronto el pez simplemente se cansó. Él se echó a dormir en el fondo del río y yo hice lo mismo.

 

Los días siguientes seguimos río arriba en una rutina ordenada: viaje, parón para comer y descanso. Acabé por entender a aquél pez y me empezó a caer bien cuando constaté que por las tardes hacía un alto siempre, diez minutos después de atardecer. Era cuando el río se desteñía de rosa. Jaja! El esturión era un viejo chocho y sensiblón como yo y a pesar de haber visto morir cien mil tardes aún se fascinaba con los atardeceres.

 

Dos días más tarde, el pez me despertó con la sacudida de todas las mañana y emprendimos la marcha mientras yo seguía soñoliento en la barca. Y de pronto me di cuenta de que íbamos río abajo. El pez me estaba devolviendo a casa.

 

Cuando llegué a  última hora  de la tarde, John estaba en el porche, como siempre.

 

-¿Lo pescaste?

-No. Me pescó el a mí.

-Ya te lo dije. Pat, ese pez no se puede pescar. Por eso lleva 300 años en este río.

 

Shelly me saludó desde la cocina.

 

-Qué bien que vienes a cenar! He hecho cake de halibut.

 

Al terminar el desayuno habíamos dado buena cuenta de los gofres aunque desde luego no habíamos podido con todos. Bajamos al río, hicimos unas fotos y recogimos nuestras cosas. Pat nos ayudó a cargar las maletas y antes de despedirnos nos dio una bolsita de plástico.

 

-Es una trancha de salmón salvaje, lo acabo de sacar del ahumadero. Lo pesqué yo mismo, este fue un buen ejemplar, similar al que hay en la pared pero desde luego mucho más guerrero, estuve forcejeando con él casi una hora! Lo ahúma Shelly con una antigua receta, con limón, azúcar moreno y cayena. Nunca habéis tomado un salmón como este! En el mercado me pagan por él  casi treinta dólares la onza.

 

Y nosotros, que no entendemos de otras onzas que de las de chocolate, no pudimos hacernos una idea del precio de aquel salmón. Pero como además de europeos somos educados, nos admiramos por su valor y dimos muchas gracias.

 

Y no preguntamos nada más.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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