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11 min
Cuando el Poder conoció el Terror (IV)
Suspense |
16.07.17
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Sinopsis

Marcelo comenzó una nueva semana en su puesto del sótano, firme, estoico, y cumpliendo correctamente con su deber. Le habían quitado hasta el ordenador; pero no lo necesitaba, tras una vida revisando expedientes tenía todos los datos necesarios en la cabeza, y si acaso echaba mano de los tres o cuatro reglamentos que tenía en papel, un papel que los años habían vuelto amarillo y apergaminado. Estaba acabando de revisar el primer expediente de la mañana. Se relajó y miró hacia las escaleras para descansar la vista. Y aquella imagen se le quedaría grabada en su mente para toda su vida. Patricia bajaba las escaleras con la cara desencajada y llena de sudor. Parecía una aparición. Se acercó dando tumbos hasta la mesa de Marcelo y se echó a llorar. Marcelo se levantó de su puesto y la abrazó. 

- ¿Pero qué te pasa? ¿Qué te ocurre?

Los labios de Patricia temblaron como si no quisieran pronunciar estas palabras.

- Han llamado del hospital, es Clara, le han dado una paliza y está en coma.

Marcelo se desplomó sobre la silla, su mente se nubló y el llanto de Patricia empezó a sonar lejano, cómo amortiguado por una inmensidad de espacio y tiempo. Todo se alejaba y se volvía a acercar y él se sentía pequeño, muy pequeño, como ajeno a toda esa situación. De repente volvió en sí, sus sentidos volvieron a traerle la tristeza de Patricia que lo abrazaba entre lágrimas y una poderosa rabia se adueñó de él.

- Te llevo al hospital Marcelo, rápido.- Le dijo Patricia.

Cuando llegaron al Hospital General de la ciudad Marcelo sólo veía números de habitación, buscaba obcecadamente el número donde habían ingresado a Clara; pero al ver a unos policías custodiando una habitación dejó de mirar números, Clara estaba ahí. Entró en la habitación con el corazón en un puño. Clara descansaba sobre la cama completamente machacada. La habían destrozado. Marcelo cayó de rodillas sobre la cama de su sobrina y estalló en un llanto largo y amargo. Un silencio sobrecogedor se hizo en la habitación donde ni siquiera Patricia tuvo el valor de consolarlo. El llanto de Marcelo se mezclaba con los pitidos de las máquinas que vigilaban el maltrecho corazón de su preciosa sobrina. La intentó agarrar de la mano pero el médico se lo impidió, le cogió de un brazo y con suavidad lo sacó de la habitación.

- Escuche, ¿es usted su padre?

- Soy su tío.

El médico hablaba con un tono quedo y empático.

- Su sobrina está muy grave, está estable pero en coma inducido. No sabemos cuándo la saquemos del coma si podrá volver a andar e incluso a hablar, tiene el cerebro dañado.

Marcelo creyó estar en una pesadilla de la que no acababa de despertar. Enseguida uno de los policías se acercó a él. Se enjugó las lágrimas.

- ¿A qué hora fue la última vez que la vio?

- Pues, cogimos juntos el autobús, ella se bajó unas paradas antes para ir a la Universidad y yo seguí hasta la sede del Gobierno que es donde trabajo. ¿Quién ha hecho esta atrocidad?

- Tranquilícese señor. La hemos encontrado a las 10:13 de la mañana en un descampado a varios kilómetros de la Universidad. Estamos siguiendo varias líneas de investigación. ¿Salía con alguien?

- Que yo sepa no, tenía amigos en la Universidad; pero esos chicos son incapaces de hacer algo así, por favor, encuentren a los culpables, sólo les pido eso, encuéntrenlos y llévenlos ante la justicia, y que paguen, que paguen por lo que han hecho.

Pasaron los días y mantuvieron a Clara en el coma inducido. Marcelo no se movía de su lado. Patricia iba todos los días y alguna que otra noche se quedaba con él. Las noches eran lo peor. Marcelo dormía alguna hora suelta. La angustia y el remordimiento no le dejaban dormir. “Esto ha sido por mi culpa, han llegado a donde más me duele. Son lobos sin compasión.” Le decía a Patricia en las largas vigilias. Un día Patricia entró en la habitación con ojos llorosos, se sentó al lado de Marcelo como acostumbraba y le acompañó en silencio.

- Estás muy callada hoy.

- Te van a separar del servicio, te han citado para que comparezcas.- Le dijo Patricia tendiéndole un oficio cerrado.

Marcelo abrió el sobre y leyó la carta en silencio. Cuando acabó la estrujó y la arrojó a la papelera.

- ¿Vas a ir?- le preguntó su amiga.

Los ojos de Marcelo miraban a Clara; pero había algo extraño en ellos, como si miraran el mundo desde una óptica diferente, tan diferente que la muerte y la vida se mezclaran y no hubiese distinción entre una y otra, una óptica desde la que se observaran cosas inimaginables para el resto de las personas. Cosas terroríficas que habían estado guardadas desde el principio de los tiempos. Y Marcelo las estaba viendo porque estaban ahí con él.

- Marcelo esas personas son monstruos, creo que deberías hacer lo que quieren y olvidarte, y centrarte en Clara, te va a necesitar. O si no quieres aprobar ese maldito expediente al menos dimite de tu puesto y que presionen a otro. Esto lo han hecho ellos.

Patricia apretó la mano de Marcelo en un gesto de cariño y Marcelo le devolvió el gesto acariciándola. Patricia era una buena persona, y no era una cobarde. Era la única persona en el Departamento que se dejaba ver con Marcelo por ahí sin miedo a represalias; pero lo que habían hecho con Clara amedrentaba a cualquiera.

- Escucha, necesito que cuides de Clara mientras voy a la citación.- Le dijo Marcelo.

- No te preocupes, no me moveré de aquí, ve tranquilo; pero por favor acaba con esto ya, esto nos supera. Haz lo que quieren.

Marcelo le dio un beso en la frente. Miró a Patricia. No la besó por miedo a hacerle daño y entre lágrimas salió de la habitación derrotado mirando las baldosas del suelo.

El viaje desde el hospital a las oficinas del gobierno donde le habían citado se le pasó rápido. Sólo pensaba en Clara. En el cuerpo desecho que yacía sobre la cama del hospital. En como la vida pueda transformarse en un infierno en un solo instante.

Cuando llegó a la sede del gobierno ya le estaban esperando. Un conserje le acompañó hasta la sala de la zona noble del edificio donde lo habían citado. Parecía un consejo de guerra. Una pequeña silla y enfrente una mesa con sillones, donde el Director General, el Consejero y dos Ministros le miraban con gesto serio. Marcelo conocía al Director General y al Consejero, y al instante reconoció al Ministro de Industria y al de Medio Ambiente, los había visto un millón de veces por la televisión. Observó de reojo un quinto ocupante. Estaba sentado en un sillón de cuero en uno de los rincones de la sala, observándolo todo desde una cierta distancia. El Consejero tomó la palabra.

- Bueno creo que no es necesario alargar mucho todo esto, Señor Marcelo, tiene sobre la mesa el expediente para que lo firme y acabe ya con este sinsentido. Ahórrese sufrimiento innecesario.

Marcelo observó el documento sobre la mesa y justo detrás de él oyó chasquear un mechero. Era el hombre del sillón, se había puesto a fumar. Se giró hacia él.

- Ya sé quién es usted. Le vi el otro día en una revista de mi sobrina, sale usted con una presentadora ¿verdad? Es usted el Director de Hidrocarburos S.A., Jose María Conde Osbourne. Bueno, la verdad que me alegra que al fin nos hayamos puesto cara todos.

Las palabras de Marcelo parecieron romper esa barrera clasista de indiferencia que Jose María Conde imponía a todos los que él consideraba meros peones en su juego. Marcelo cogió el documento que le habían puesto sobre la mesa, era el famoso expediente de almacenamiento de gas, lo mostró a los presentes y los estrujó entre sus manos haciendo una bola de papel que cayó al suelo. Se levantó.

- Vosotros, los intocables, lo que creéis que movéis los hilos de la sociedad, esa misma sociedad que os importa bien poco, habéis sembrado vientos, preparados ahora para recoger tempestades. Pagareis por Clara. Pagareis de una manera que no podéis ni imaginar.

Marcelo abandonó la sala con sus palabras aún resonando en el salón y salió rápido de la sede gubernamental. Cruzó media ciudad con determinación y llegó hasta el parque grande, fue al mismo sitio donde se lo había encontrado hacía unas semanas y observó a su alrededor. Y ahí estaba de nuevo. Impecable. Estaba vez con sombrero panamá de ala ancha, chaqueta de tweet y unos coloridos vaqueros. Marcelo suspiró y avanzó rápido hacia él mientras el extraño le esperaba cargando su pipa con displicencia. Cuando Marcelo se plantó frente a él, éste le acarició el rostro en un gesto de consuelo.

- Sabías que esto iba a pasar, por eso te dejaste encontrar el otro día, ¿verdad?- Le preguntó Marcelo.

El extraño prendió las hojas que había introducido en su pipa y pegó un par de chupetones que las hicieron arder.

- Pues claro mi querido amigo. Soy vidente.- El extraño cogió del brazo a Marcelo- Ven, demos un paseo.

Ambos caminaron por el borde de un precioso estanque donde de vez en cuando barcas con enamorados a bordo rompían la paz de los patos y los cisnes que habían hecho de aquel lugar su hábitat. A Marcelo le temblaban los labios del miedo. El extraño se percató de ello.

- Vamos Marcelo, hazme la pregunta ya.

Marcelo se separó de él y bajó la cabeza. No se atrevía a mirarlo a los ojos; pero pensó en su sobrina, pensó en Clara y poco a poco se obligó a levantar la mirada y enfrentarlo.

- Dime Jean, dímelo sin rodeos, ¿Clara va a morir?

- No.- Contestó rápidamente el extraño.- No morirá por la paliza, pero le quedarán secuelas y alguna cicatriz. Nada grave físicamente. Psicológicamente tardará más en sanar.

Marcelo agarró el brazo de Jean.

- Quiero que lo paguen, quiero que paguen por lo que han hecho.

- Pues acude a la justicia, siempre has creído en ella.

- A esta gente la justicia de los hombres no les alcanza. Ya sabes el tipo de justicia que quiero.

- Hace mucho que les diste de lado. ¿Por qué crees que querrían ayudarte?

- Por qué para ese fin se unieron, para castigar la maldad con terror. ¿Acaso tú no eres uno de ellos?

- Lo soy, pero sólo soy uno más.

- Ayúdame Jean, por nuestra vieja amistad, ayúdame te lo suplico…

Por primera vez Jean tensó el rostro, miró a su viejo amigo a los ojos con una mirada severa, una mirada extraña, una mirada para la que el mundo corriente es sólo un pequeño escenario entre los muchos en los que transcurre la existencia; pero en ese momento esa mirada transmitía gravedad.

-Te ayudaré. Llevaremos a Clara y a tu compañera a mi casa en los Pirineos franceses, ahí estarán a salvo. Después, tú y yo iremos a París. Si quieres que te ayuden, tendrás que pedir de nuevo el ingreso en la Logia Espiritista.

(CONTINUARÁ...)

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