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10 min
CUANDO LA MUERTE NOS PERSIGUE 1ª PARTE
Terror |
18.11.17
  • 4
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  • 1792
Sinopsis

Que pasaría si sabes que la muerte viene a por ti.

Después de sus quehaceres en el mar, cinco amigos se reunían todos los días a las 10 de la noche en la taberna del manco, en el pueblo pesquero de Malpica. Bebían tazas de vino del país como cosacos, mientras picaban unas raciones de “pulpo a Feira”. Encendidos por el vino, desbarraban sobre sus desdichadas pero intensas vidas. A las tantas de la mañana se retiraban borrachos como cubas a su casa. Una noche, uno de ellos, llegó a la taberna blanco como la cera, se sentó en la mesa, y permaneció en silencio durante un buen rato, pero lo que más extrañó al grupo, es que no pidiera ni una sola taza de vino.

            –¿Qué te pasa Juan? Ni que hubieses visto a un fantasma. –Comentó Pedro entre risas.

            –Peor que eso. –Respondió Juan.

Todos pararon de beber un instante y se quedaron mirando fijamente a Juan, éste los miró con los ojos apagados y el rictus serio.

–Os vais a reír, pero ayer cuando llegué a casa, me tiré en cama, no habían pasado ni cinco minutos y escuché que alguien llamaba a la puerta, con mucho esfuerzo, me levanté ante la insistencia de los golpes en la puerta, salí de mi habitación, cagándome en todos los santos, preguntándome quien cojones aporreaba la puerta a esas horas. Abrí la puerta de muy mala ostia. Pero el corazón se me encogió al ver a aquel tipo alto y delgado, parecía una sombra. Tenía el rostro cadavérico, sus manos eran huesudas y estaban blancas como la cera, vestía un traje negro arrugado, me miró con aquellos ojos oscuros como el infierno y me dijo… Mi nombre es muerte y mañana vendré a por ti.

Las risas no se hicieron esperar, todos miraban a Juan y se reían mientras bebían sus tazas de vino y masticaban trozos de pulpo.

            –Manda cojones. –Gritó Luís, dirigiéndose al tabernero. –Oíste lo que acaba de decir esté alma candida.

El tabernero miró al grupo de amigos con una mirada siniestra y le respondió a Luís.

             –Tú te ríes, pero mi padre me contó, que cuando era niño, en su aldea, la muerte se presentó en su casa, y le dijo a mi abuelo que se lo iba a llevar y al día siguiente estaba muerto.

            –Vete al carajo, tu lo que quieres es acojonarnos. –Le respondió Manuel al tabernero.

El tabernero los miró fijamente en silencio, cogió una taza, la secó con un paño blanco, y posó la taza sobre la barra, cogió una “palomita de vino” y se sirvió una taza vino, que sorbió de un solo trago, y se secó la boca, con la manga de la camisa.

            –Reíros,  pero yo rezaría está noche a todos los santos conocidos. –Respondió el tabernero al grupo de amigos.

Todos siguieron bebiendo y riéndose a excepción de Juan, que sin mediar palabra se levantó de la silla y salió de la taberna. Al día siguiente la noticia corrió como la pólvora por el pueblo. Juan había aparecido muerto en su cama. Lo había encontrado muerto la señora María. La señora María, era la mujer que hacía las labores de limpieza en la casa de muchos marineros solteros. La pobre mujer estaba traumatizada, decía que había encontrado muerto a Juan en su cama, y que estaba seco como una uva pasa. Por la noche en la taberna del manco, en la mesa de siempre, solo estaban sentados tres de los cinco amigos. Estaban en silencio, con las tazas de vino vacías sobre la mesa. Allí cabizbajos estaban Pedro, Luis y Manuel. Al cabo de un rato entró Ángel con la faz de su cara, más blanca que la leche recién ordeñada. Todos levantaron la mirada y se fijaron en el rostro desencajado de su amigo. El tabernero se acercó y colocó dos tazas sobre la mesa.

            –¿Que haces?. –Preguntó Pedro al tabernero.

            –En mi pueblo es costumbre llenar la taza de vino del compañero que falta, en señal de respeto. –Respondió el tabernero entre gruñidos.

Todos miraron al tabernero con un gesto de resignación, llenaron las tazas de vino, Pedro, Luís y Manuel sorbieron un trago.

            –Está noche cuando llegué a casa recibí la visita de la muerte, me dijo que hoy vendría a por mí. –Dijo Ángel al grupo con la voz apagada.

Los tres que sorbían el vino, tosieron atragantados por el trago de vino, y miraron aterrorizados a su amigo.

            –Vete al carajo. –Dijo Pedro mientras tosía.

Ángel sin mediar más palabra, se levantó de la silla y abandonó la taberna. Los tres amigos, se miraban los unos a los otros.

            –Éste se quedó traumatizado por la muerte de Juan, o nos quiere acojonar a todos. –Dijo Pedro en voz alta.

            –Bebamos a la salud de todos. –Dijo Luís.

Los tres compañeros bebieron, como nunca lo habían hecho, salieron a rastras de la taberna. Al día siguiente la aldea era un clamor, Ángel había aparecido muerto en su barca de remos. Todo el mundo decía que era cosa del demonio, su cuerpo estaba seco y arrugado como una uva pasa. El revuelo fue tal, que hasta había venido una patrulla desde de la Guardia Civil, desde la capital de la Provincia. Esa misma noche, en la taberna del manco, en la misma mesa de siempre, solo estaban sentados Pedro y Luís. Los dos estaban en silencio, temblorosos, sudorosos, sus rostros pálidos como la cera, al cabo de un rato, entró Manuel, sus ojos estaban humedecidos por las lágrimas, Pedro y Luís, no daban crédito a lo que estaban viendo, Manuel con lágrimas en los ojos. Aquel hombre rudo, con las lágrimas bajando por sus mejillas, se sentó en una silla y se dirigió a sus amigos.

            –Vengo a despedirme de vosotros.

Pedro y Luís miraron a su amigo con un gesto de desesperación en sus caras.

            –¿Qué pasa?. –Preguntó Pedro.

            –Es una maldición que nos persigue por nuestros pecados del pasado. Cuando llegué a casa, recibí la visita del hombre de negro, me dijo que hoy vendría a por mí.

            –Estamos locos o qué. –Dijo Pedro, gritando.

            –No estoy loco, vengo a beber mis últimas tazas de vino con vosotros. –Respondió Manuel.

Sin saber porque, se miraron los unos a los otros y bebieron vino hasta caerse de culo. Manuel abandonó la taberna en medio de la niebla. Luís salió detrás de Manuel y se perdió en medio de la niebla. El tabernero cerró la puerta de la taberna, apagó las luces y dejó tirado a Pedro en el suelo. Pedro se despertó al escuchar los golpes y los gritos de su amigo Luís, sobre los cristales de la puerta de la taberna.

            –Manuel está muerto, estaba tirado en la playa, seco como una pasa. Yo soy el siguiente, el hombre de negro se me acercó mientras caminaba por la calle y me lo dijo… tu serás el siguiente. Esa noche, Pedro estaba sentado a la hora de siempre, en el sitio de siempre, esperando a su amigo Luís, sus manos temblaban como juncos al viento. Luís entró por la puerta, Pedro se levantó y se fundió en un abrazo con su amigo.   –Pedrito, vengo a despedirme de ti. –Dijo Luís entre sollozos.

            –No me jodas Luís. –Respondió Pedro.

            –Vete al cura, confiesa tus pecados, tú serás el siguiente. Es una maldición que nos persigue por nuestros pecados del pasado. Vete al cura Pedro, aun estás a tiempo de salvar tu alma.

Los dos se sentaron y bebieron sin parar, el tabernero seguía mirándolos con una mirada siniestra.

            –¿Que cojones miras? . –Le dijo Luís al tabernero.

            –El pasado hay que enterrarlo mejor. –Le respondió el tabernero con una sonrisita cínica en los labios.

            –Que sabrás tú. –Dijo Pedro mientras se desplomaba en el suelo.

Luís abandonó la taberna, en medio de la espesa niebla. Pedro quedó tirado en el suelo sin conocimiento. El tabernero cerró la puerta de la entrada, apagó las luces y se retiró por la puerta trasera del local. Pedro abrió los ojos y observó como una figura oscura estaba de pie, delante de el, Pedro confuso y medio borracho, no fue quien de ver su rostro.

            –Mañana es tu último día en la tierra, eres el último, mañana vendré a por ti.

Pedro intentó levantarse, cerró los ojos con fuerza, volvió a abrirlos y la figura oscura había desaparecido. Se levantó del suelo, cogió una silla y golpeo la puerta de la taberna, hasta que consiguió abrirla. La niebla era espesa, Pedro vago por las calles del pueblo gritando en nombre de su amigo. Se acercó a casa de Luís, las luces estaban encendidas, aporreó la puerta hasta que se quedó sin fuerzas. Malpica, parecía esa noche un pueblo fantasma, no se oía ni un solo ruido, una espesa niebla lo cubría por completo, no se veía ni un burro a cuatro pasos. Pedro se sentó delante de la puerta, encogido por el frío, permaneció delante de la puerta, hasta que los primeros rayos de sol, comenzaron a colarse por en medio de la bruma. Sintió como la puerta de la casa de su amigo se abría lentamente, suspiró aliviado, se levantó y abrió con fuerza la puerta de la casa, gritando el nombre de su amigo. Horrorizado vio tendido en el pasillo, el cuerpo sin vida de su amigo, al ver el estado de su cuerpo, sin saber por qué, imágenes de los cadáveres apilados en los campos de exterminio nazi invadieron su mente. Su estomago se encogió y comenzó a tener arcadas. Salió de la casa de su amigo como alma que lleva el diablo. En su mente, había quedado grabada a fuego la imagen del cuerpo descompuesto de su amigo. Corrió por las calles pidiendo ayuda, pero no obtuvo respuesta, llego a la iglesia del pueblo, la puerta estaba abierta, entró y se arrodilló en el pasillo, exclamando en voz alta.  –¡Dios perdóname mis pecados!.

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