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9 min
¿Cuánta mierda serás capaz de tragar?
Drama |
11.01.17
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Sinopsis

¿Qué hacer cuándo ya no cabe más dolor en tu cuerpo?

Es increíble la cantidad de dolor que cabe en un cuerpo. Es sorprendente lo mucho que el dolor es capaz de ocultar aquello que realmente somos. Cómo la falta de felicidad nos retuerce y nos lanza contra el invisible muro de la desesperación, provocándonos un dolor similar al de la rotura de todos nuestros huesos a la vez. El sufrimiento nos atenaza, no nos deja pensar, nos corta la respiración y nos provoca deseos de morir.

Durante la mayor parte de su vida Luz se había dedicado a tragar dolor. Simplemente abría la boca e ingería su dosis diaria, sin degustarla, sin masticar. Formaba una pequeña bolita negra y la empujaba con saliva, con la esperanza de que, al desaparecer en sus entrañas, desapareciera realmente de su mente.

Luz no recordaba un solo día de su vida en que no hubiera estado presente la amargura, en mayor o menor medida. Desde niña su familia le había martirizado para que luchara por conseguir la perfección más absoluta. Nada de lo que hacía estaba bien hecho o era apropiado para alguien como ella. En el colegio, debido a la educación recibida en casa, todos sus compañeros la tildaban de repelente y rehusaban confraternizar con ella mientras le dedicaban las burlas más crueles. Ella, como de costumbre abría la boca y tragaba todo el malestar que esto generaba en una niña de tan corta edad.

Durante la adolescencia, nunca destacó por ser guapa ni voluptuosa ni aquellas cosas que volvían locos a los chicos que se enrollaban con sus amigas. No ser capaz de despertar el interés de ningún chico de su edad le generaba una gran angustia que ella, naturalmente, se tragaba sazonada con una buena guarnición de lágrimas. En este tiempo, la crueldad de los adolescentes les llevó a ponerle un mote. A partir de entonces y hasta acabar el instituto, nadie volvería a llamarle por su nombre. Todos se referirían a ella como Apagada, hecho que provocó que tuviera que tragar una buena cantidad de llanto y rabia.

Nunca quiso estudiar nada concreto, no tenía el más mínimo interés por dedicarse a nada en especial, ella hubiera preferido hacerse una bola y dejar que el tiempo y lo que albergaba en su interior fuesen acabando con ella. Le sobraba inteligencia, pero su amargura la tenía bien encerrada, en la misma celda que a su motivación y sus ganas de vivir. En vez de los planes de pasividad que asaltaban su mente, sus padres decidieron que tener una doctora en la familia les aportaría el prestigio que tantísimo anhelaban desde hacía décadas. Los años en que estudió medicina no fueron mucho mejores que los anteriores. Ser la primera de su promoción, en un mundo tan competitivo como el nuestro, le provocó que casi se ahogase con todo el sufrimiento que se vio obligada a tragar.

Por fin era todo aquello que se esperaba de ella, el gran fraude que todos querían que fuera. Ya no le era posible alejarse más de la persona que era en realidad, le resultaba imposible dejar de prostituir sus sueños en pos de las decisiones tomadas por los demás con el argumento de que era mejor para ella. Se resignó a vivir el resto de su anodina vida así y tragaba, tragaba mierda con el miedo a que algún día su pestilente festín acabase por ahogarla entre arcadas.

Hace unos meses, un día como cualquier otro, tratando a pacientes que no se diferenciaban unos de otros le conoció. En principio era un paciente normal, alguien que acudía a revisión tras ser operado de apendicitis. La exploración transcurrió como cualquier otra y acabó de manera normal, como todas. Un par de días después se sorprendió pensando en aquel paciente mientras tragaba su habitual ración de amargura.

Un mes después, un lunes especialmente gris, no sólo debido a la climatología, volvió a verle. Allí estaba él, esperando pacientemente su turno en la sala de espera. ¿Qué estaba haciendo él allí? ¿Por qué había venido?  No tenía nada grave, realmente no debería haber acudido, en realidad los síntomas eran muy difusos e inespecíficos. Pero en cualquier caso esa visita inesperada hizo que sonriera fugazmente mientras cerraba la puerta de la consulta tras el paciente misterioso que se marchaba. A la mañana siguiente pensó en el, de camino al trabajo, mientras aguantaba la charla de una jubilada sobre sus varices y su diabetes.

Durante los dos meses siguientes, todos los viernes sin excepción, el paciente misterioso acudió con las excusas más absurdas a su consulta y durante los dos últimos meses ella no pudo sacarse esos pequeños momentos de la cabeza. Pensaba constantemente en él, en los momentos más inverosímiles: al conducir, en la ducha, en un congreso... Esperaba con ansia la llegada del viernes y no porque fuera el preludio del fin de semana, no. Escrutaba con desesperación la sala de espera, cada vez que abría la puerta de la consulta, esperando ver su rostro entre los demás. Él nunca llegaba a la misma hora, lo cual añadía incertidumbre al pequeño jueguecito de cada viernes. "¿Vendrá? ¿Se habrá cansado ya de esta absurda aunque embriagadora representación teatral?" pensaba cada vez que abría la puerta y él no estaba sentado en alguna de las incómodas sillas de plástico rojo de la sala de espera. Siempre aparecía. Él nunca faltaba a su cita semanal.

Ayer fue la última vez que Hugo, que así se llamaba, acudió a su consultorio. Armándose de valor le pidió una cita y ella se sorprendió a si misma aceptándola sin reservas. Había imaginado muchas veces que esto ocurría. Había planeado con detalle la ropa que llevaría puesta al producirse el encuentro, pero nunca había imaginado que sus fantasías acabasen por trascender al plano real.

Hugo nunca había reunido la suficiente entereza para pedir salir a nadie. Nunca ha tenido una cita, ni siquiera de adolescente, cuando nuestra juventud nos impulsa a comernos el mundo sin masticarlo siquiera. El paciente misterioso de Luz nunca ha besado a una mujer y, por supuesto, continúa siendo virgen a sus treinta y seis años. Durante toda su vida ha sido la sombra de su madre, quien se ha encargado de recordarle a diario lo mucho que la necesita, que sin ella no es nadie. Amablemente le recuerda, mínimo una vez cada día, la cantidad de sacrificios que ha hecho por él. "Sacrificios" que continuará haciendo con la esperanza de que, algún día en su vejez, le sean devueltos por su retoño.

Cada vez que se siente excesivamente agobiado por su madre, Hugo se encierra en el armario de su habitación. En ese pequeño espacio, a oscuras, se siente protegido y tranquilo. Cierra la puerta del guardarropa, se sienta cruzando las piernas, entierra la cabeza en sus rodillas y grita en silencio. No puede hacer ruido, si su madre le oyese se preocuparía mucho y lloraría desconsolada por el mal hijo que la vida le ha otorgado. No le ha contado a su madre que tiene una cita, no le ha contado lo valiente que fue la última vez que vio a Luz. Quiere gritarlo, gritar de verdad, para que le escuchen, quiere decir que está harto, que quiere ver a su doctora y comportarse con ella como alguien normal de su edad. Necesita gritar, pero no en silencio. Quiere que le oigan y lo hace. Grita dentro del armario todos sus traumas, hasta quedarse sin voz y vacío de ellos. Ya está preparado para su primera cita.

La doctora, cargada de miedos, está intranquila. Hoy por la tarde volverán a verse, esta vez sin la bata blanca o el recetario de por medio. Ella se ha peinado, vestido y maquillado cuidadosamente. Está nerviosa, muy nerviosa, ha ensayado mil veces las palabras que dirá y ninguna le convence. Tiene miedo, se dispone a tragárselo como es habitual, y de repente una idea fugaz cruza su mente. Asiente, sonríe y decide que la idea merece ser llevada a cabo.

Luz se ha plantado en su baño, ha respirado muy profundamente, ha introducido el dedo indice y corazón de su mano derecha en su garganta, irritada de tanto tragar desolación, y se ha obligado a vomitar toda la negrura acumulada a lo largo de su vida. Imágenes diversas cruzan su mente a la velocidad de la luz: soledad, miedo al fracaso... "¿De verdad tengo que deshacerme de esto? Forma parte de mi coraza. Gracias a lo vivido y tragado aprendí a sobrevivir entre tanta mierda", grita su cerebro desesperadamente. "¿Soportaré un nuevo fracaso, si llega, desprovista de mi negrura?  No lo sé... Lo único que sé es que con ella dentro nunca fui feliz. Nunca me permití vivir realmente, me limité a existir". Mientras la claridad toma el control de su mente, la negrura, en forma de viscoso vómito, resbala por el inodoro. Pronto, al tirar de la cadena, perderá el miedo a seguir adelante, a emprender algo nuevo, a caer y sangrar. Renacerá para sí misma más que para el mundo. Se habrá vaciado para dejar sitio a todo lo bueno que vendrá.

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