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8 min
Cuarentena y bioterrorismo.
Ciencia Ficción |
21.03.20
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Sinopsis

El mundo en cuarentena por el coronavirus y sus parientes. La humanidad está en crisis y una inteligencia artificial viene para gobernarnos. Un relato que desafía nuestros temores.

Ya llevamos 180 días seguidos de cuarentena, viendo las calles desiertas por la ventana de la habitación. El COVID-19 había causado estragos en la población pasiva de la humanidad, cobrándose incontables vidas, pero el COVID-20 fue aún peor, porque atacó más fuertemente a sectores antes más seguros, como jóvenes y niños. Era una mejora del anterior, pero con una cadena de proteínas que lo hacía aún más contagioso y con un ritmo de crecimiento impresionante una vez incubado. Un virus que se “asoció” a otros microorganismos ya presentes en el cuerpo humano y sin los cuales el COVID-20 no podría haber funcionado jamás. Gracias a la alimentación transgenérica y a los rociamientos de esos pequeños virus en el aire durante décadas, todo ello fue posible. Todo formó parte del plan desde el comienzo, nos prepararon para una cepa de laboratorio que sólo podría funcionar bajo determinadas condiciones predefinidas.

La televisión es la misma porquería de siempre: te dicen a través de paneles de expertos que te quedes en casa, que no salgas, pero nadie se pone a analizar el origen de todo esto. Las consecuencias y el terror provocado en el común denominador de la población han logrado que ya nadie se pregunte por la génesis de toda esta locura. Ningún panel de expertos se atreve a decir lo que muchos ya sabemos de antemano: estos virus, que salen a la calle casi en forma serial, no son una creación de la madre naturaleza, sino artificial.

¿Reducción de la población mundial?, es un objetivo factible, máxime cuando parece planificado que el COVID-19, primero de esta serie, atacó más fuertemente al llamado “sector pasivo” de la sociedad, masacrando a una increíble cantidad de ancianos y personas enfermas en todo el globo. La “población improductiva” fue sencillamente reducida a su nuda expresión. Como objetos inservibles para la sociedad capitalista y de consumo, los ex trabajadores fueron eliminados, descartados. En Italia ya ni siquiera se podían realizar funerales, los cadáveres eran transportados en camiones a crematorios masivos.

Luego comprendí por qué la insistencia en la legislación vinculada con la despenalización del aborto como delito en el mundo. No obstante las apreciables razones que pudieran inclinarse en favor de una mujer que deseara deshacerse de un embarazo no deseado, un aborto practicado implica una boca menos que alimentar a futuro, un humano menos que no demandará alimentación ni cuidado.

Obviamente, imponer una legislación restrictiva, como la china, que impide o prohíbe nacimientos una vez excedido el “cupo de hijos”, es demasiado vulgar, demasiado evidente y frontal. Pero defender los derechos de la mujer para que aborte, ya es otro cantar. El objetivo, de una y otra forma es el mismo: menos bocas que alimentar.

Lo cierto es que, como la rana que se cuece a fuego lento, no nos dimos cuenta que fuimos de emergencia tras emergencia: el COVID-19 fue el primer golpe de terror, de este “virusterrorismo”, especie del género “bioterrorismo”. Primero nos resistimos, creíamos que todo seguiría siendo igual, pero un buen día vimos una espantosa cantidad de muertos en el mundo, primero en China, país donde inició la pandemia, luego en Italia y toda Europa. Desde luego, América no estaba al margen; ningún rincón del mundo estaba al margen.

Luego vinieron las cuarentenas y todo lo que eso significa. La sociedad se convirtió en la sociedad del aislamiento, y para colmo de males, de un aislamiento justificado desde lo racional, impuesto por circunstancias que no teníamos en nuestras manos controlar, porque nadie podría haber impedido, salvo los propios protagonistas iniciales, que estas verdaderas armas biológicas sean libradas en la sociedad mundial.

La humanidad había sido atacada por genocidas, simplemente no hubo una explosión nuclear de tinte cinematográfico, sino una mucho más lenta y sutil, la explosión de los estornudos y las toses, de las insuficiencias respiratorias y orgánicas provocadas por los seres más microscópicos del planeta.

Con la sociedad detenida y la economía reducida a su mínima expresión funcional, la emergencia sanitaria se convirtió en crisis económico-sanitaria, de modo que al estado de excepción sanitario se le sumó una nueva emergencia, un cóctel explosivo.

Algo se debía hacer con la economía, lo demás es historia que todos ya conocemos: la Organización de las Naciones Unidas convocó a una Asamblea General que resolvió, prácticamente por unanimidad, la creación del Comité de Crisis Internacional, el cual dictaminó lo que figurará en todos los libros del historia del futuro, la supresión de todas las monedas estatales y su fundición en una moneda virtual a nivel mundial. No más dólares, ni yuanes, euros ni nada, sólo está habilitada una única moneda mundial, para cualquier rincón de la Tierra. La humanidad no estaba para diferencias tan grandes y devaluaciones monetarias, todo sería más fácil si democratizábamos la economía, si la volvíamos igualitaria, y nada más igualitario que una moneda única.

Si bien las salidas de la cuarentena son escasas y nos manejamos con los turnos que se disponen por la autoridad para realizar las compras y demás, se habló mucho en los medios de comunicación de las bondades de un sistema completamente informatizado y generalizado, máxime cuando este no estaría manejado por el ser humano, sino por la Inteligencia Artificial creada al efecto: Programa Omega. El nombre era algo teatral, pero sí muy efectivo y atractivo.

El software funcionaría desde los computadores u ordenadores cuánticos que, mágicamente, aparecieron en medio de las pandemias y las cuarentenas. Por su nivel de complejidad, sería imposible para todos los hackers del mundo juntos penetrar su sistema de seguridad.

Programa Omega “emitió” el dinero virtual según las necesidades que permanentemente, es decir las 24 horas, va observando en los distintos países. Inclusive más: como todas las operaciones comerciales son virtuales, inclusive las de mínima escala, el software detecta las necesidades alimenticias, el nivel de consumo, faltantes, etc, e inyecta la cantidad de dinero que permitiría, según sus complejos algoritmos, abastecer y mantener a las distintas comunidades en todas las latitudes del globo terráqueo.

Es más, el dinero se acredita directamente en nuestras cuentas individuales, y con el mismo vamos y realizamos las compras. Nos acostumbramos a vivir de esta forma. Nuestras vidas transcurren en un lento sobrevivir, porque Programa Omega considera que es más seguro permanecer en nuestros hogares para ir reduciendo paulatinamente el riesgo de contagio, logrando una lenta y progresiva inmunización de los humanos sobrevivientes.

De alguna forma, el mundo y su marcha están ahora en sus manos, en los complejos algoritmos de una AI, como dicen los angloparlantes, una Artificial Intelligence, un software.

Programa Omega, Program Omega o cómo quiera llamársele, tiene acceso a todo. Sus algoritmos dicen ahora que todas las operaciones se facilitarían si todos los seres humanos se implantan un chip, colocado en las partes blandas de la mano, generalmente la derecha, salvo que esta estuviere ausente, en cuyo caso se colocaba el chip en la frente del sujeto.

El “debate televisivo” no fue tal, fue solamente una serie de disquisiciones de intelectualoides y opinólogos arancelados que terminaron justificando, nuevamente en la emergencia, lo que dijo el programa, la AI… y todos nos tuvimos que implantar el chip.

De hecho, este chip es el que nos identifica a la hora de realizar las operaciones comerciales, las simples y complejas. Ya no son necesarias las tarjetas de crédito, ni siquiera los bancos. Todo se reduce a la emisión monetaria virtual que dispone Programa Omega para cada uno de nosotros.

Todavía me cuesta reconocer y vivificar recuerdos de mi vida anterior, allí cuando podíamos ir a una plaza sin una autorización horaria, al cine -no al cine casero-, o cuando podíamos comprar algo con el dinero ganado de un salario por el propio trabajo. El teletrabajo duró algo de tiempo, pero pocos pudieron mantenerse en él sin consecuencias psiquiátricas a mediano plazo por el aislamiento y la falta o escases de contacto humano. De todas maneras, la subsistencia estaba asegurada por la emisión individual que Programa Omega disponía, según nuestro nivel de gastos y las compras que habíamos efectuado… ¡si hasta enviaba notificaciones o avisos cuando calculaba que tendrías faltante de algún producto en particular, como papel higiénico!

No poder salir y caer en prisión por violar la cuarentena es terrible, como también lo es pedir permiso para realizar cosas tan comunes, como visitar a algún pariente, amigo o, sencillamente, poder ver personas. Programa Omega se convirtió en una especie de padre de la humanidad.

Empiezo a considerar la idea de irme a vivir a otro planeta, si alguna civilización extraterrestre nos visita. Día a día veo por la ventana, con la esperanza de que aparezcan las naves nodrizas en el horizonte.

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Me gradué en la Facultad de Derecho de la UNLZ en 2004, cursé la especialización en derecho penal en la UBA y presto servicios en el Poder Judicial de la Provincia de Buenos Aires, Argentina. Tengo algunos libros publicados de mi especialidad. Soy amante de la filosofía y de la buena lectura. Me agrada incursionar en la literatura, me parece un medio fantástico para reflexionar sin siquiera darse cuenta de ello. Hoy en día, desconfío de toda autoridad erigida y veo, con cierta claridad, que el "orden social" solo sirve a algunos y esclaviza a muchos más. Lucho, pero lucho una batalla que no puedo ganar solo...

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