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11 min
Cuatro baladas
Reflexiones |
05.02.14
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Sinopsis

El relato narra los sentimientos de Elene durante el tiempo en el que representa al piano "Las cuatro baladas" de Fréderic Chopin. Al mismo tiempo alguién la observa entre las sombras.

Soñaba despierta. Soñaba que volaba, que brillaba, que...era perfecta. Su corazón, confidente de todas sus metas, latía rápidamente, cabalgando, envuelto en un mar de emociones mientras esperaba su puesta en escena. Pronto, muy pronto nacería una estrella. Solo un poco, muy poco para alcanzar lo que sus dedos perseguían, lo que anhelaba desde hacía tiempo. Respiró hondo varias veces cuando, al fin, las luces se atenuaron. Con movimientos elegantes apareció de entre las sombras y se colocó en el centro del escenario. Sonrió y saludó, siempre sutilmente, mientras los aplausos ensordecedores la abrazaban. En el momento en el que el ruido murió dio la espalda al público. Luego se relajó en la banqueta, con mucho cuidado, como si temiera romper el silencio que se había apoderado del auditorio. Cerró los ojos e intentó olvidarse de todo lo que la rodeaba. Incluso de lo que ocultaba celosamente bajo su vestido. Nadie debía conocer aquello que tan distinta la hacía. Nadie.  Segundos más tarde creyó estar lista. Entonces el piano comenzó a sonar. Elene dejó que la música envolviera su cuerpo y que  los dedos presionaran suavemente las teclas mientras trataba de concentrar todo su ser en aquella pieza: la  balada numero uno de Chopin, la primera de las cuatro baladas de Fréderic Chopin.

 

            La “criatura” sonreía desde la oscuridad de su escondite. Desde las sombras podía ver sin impedimentos el escenario y a todos los presentes. Sus labios dibujaban una sonrisa y unos dientes afilados sobresalían, apoyados sobre el labio inferior. El negro esmoquin que lucía destacaba con el tono tostado de su piel. El cigarro que sujetaba con los dedos era apenas una triste colilla que pronto dejaría de ser útil. Sin embargo no pensaba soltarlo. No pensaba tirarlo lejos o guardarlo para después aplastarlo con uno de sus zapatos caros. No, aquello no entraba en su guión. No estaba dispuesto a manchar la suela de uno de sus zapatos o el bolsillo de su pantalón. Ni siquiera  dejar el suelo sucio de ceniza y nicotina. Puede que alguien lo hiciera, incluso puede que más de uno de los espectadores pensará hacerlo. Pero a lo que a él respectaba, no se consideraba ni se consideraría  nunca parte de aquel grupo. Y la razón era bien sencilla. Jamás se había sentido como ninguno de ellos: humano.

 

           Había alcanzado el segundo tema de la primera balada. Debía sentirlo, hacérselo sentir a todos los que aquella noche se habían dignado a escucharla. Cantabile, cantabile, se recordaba así misma Elene mientras la melodía se agitaba, como un mar embravecido pero que al unísono se compenetraba con el bello y constante golpear de las olas. Aquella parte de la obra era una especie de simbiosis entre dos aguas bien diferentes; una quiere demostrar que nadie puede detener su curso y la otra que la forma más sencilla de llegar a merecer respeto es mediante la elegancia y la sutileza que representa. Ambas deben trabajar unidas y crear un lazo inseparable, un lazo que no se pueda cortar, dos melodías  que no pueden extinguirse. Con maestría la joven notó como sincronizaba ambas manos, sin utilizar ningún movimiento brusco que alterase el ritmo. Su cuerpo bailaba y aunque sus pies no se despegaban del suelo podía sentir la fuerza de las notas, como se dilataban, se engordan encadenadas entre si. Aquella era la magia de aquel arte que siempre la había engatusado: para ella la música era su propia forma de expresarse, de abrirse al mundo, de reflejar su emociones dirigidas a los que la escuchaban como balas al corazón. Y así era feliz.

 

           Tenía la mirada fija en Elene como si la forma en la que tocaba el piano le hipnotizara. Realmente, aquella balada era una verdadera joya y pocos podían apreciarla en todo su esplendor. Quizás cualquiera  sintiera la melodía en su interior pero casi nadie podía comprender lo que significaba. Con parsimonia fumó y expulsó el aire por los orificios nasales. Se acercaba el climax de la primera pieza. Desde donde se encontraba podía apreciar la coda.

Se contuvo ante la idea de bailar; no podía ser descubierto. Nadie podía mirar su rostro y no sentir rechazo. Nadie sería capaz de sumergirse en sus ojos y no sentir el deseo de apartarlo de su lado. No lo entenderían. Entrecerró los ojos y volvió a meterse el cigarro en la boca. Esperó.

 

            Los dedos de Elene se movían en una rápida sucesión de movimientos. Los acordes, aquellos últimos acordes descendentes debían dar paso a la siguiente balada. Con sumo cuidado dejó caer las manos sobre el piano y ejecutó el final, triunfante. La gente comenzó a aplaudir cuando hubo acabado. Tenía la necesidad de levantarse y saludar pero no era ni adecuado ni profesional. Aún quedaban tres baladas más.

 

            En el instante en el que la joven había terminado la primera balada el humo del cigarro fue expulsado, esta vez desde su boca. Había sido espectacular. Maravilloso. Asintió y se metió la mano derecha en el bolsillo. Luego volvió a mirar al escenario en el que la segunda balada había empezado a ser interpretada.

 

            A cada nota que tocaba se sentía más cerca de ser libre. Aquella segunda pieza, más simple pero no por ello menos magistral, estaba inspirada en un poema que narraba como un lago encantado engullía una apacible aldea polaca. De nuevo el agua y su poder. Aquel elemento era más fuerte e intenso que el aire o el fuego y además era una fuente de vida que nadie podía rechazar. Por eso Elene amaba el mar, la sensación de la olas en la playa, de la humedad que refresca, que da vitalidad y no la quita. Lo que la segunda balada presentaba era la belleza y la ferocidad en una; y el océano era el ejemplo perfecto de tal mezcla. Era especial. Por primera vez se permitió despegar un pie del suelo. Nadie lo notó. Todos estaban demasiado embelesados sintiendo la proximidad del mar.

 

            Podía ser. Igual había algo que  hacía que él y los humanos corrientes fueran un tanto menos diferentes. Todavía no lo había descubierto y creía que debía saberlo. Perdido en el eco de su propia conciencia no se percató del sonido de unos nuevos aplausos. Al momento volvió a sonar el piano y la tercera balada se hizo audible para él. Fue en ese nuevo comienzo al volver a escuchar al piano sonar cuando creyó oír el canto de la Ondina. Era una voz delicada y suave que conforme las notas ascendían o descendían se podía apreciar con mayor nitidez. La voz de las Ondinas era algo que emocionaba de verdad. Era una voz muy pura y llena de sentimiento. La voz de las sirenas, como la mitología aclara, es simplemente el aviso de una muerte casi segura. Al principio puede resultar hermoso pero pierde esa ápice de belleza cuando la oscuridad acaba por cernirse sobre el cuerpo. La canción de las Ondinas enamoraba. Sin poder evitarlo dejó que su cuerpo se moviera al compás de las notas y los acordes. Era demasiada tentación. El verdadero pecado sería no bailar. Lo que el ser desconocía era que Elene estaba apunto de cometer una gran error.

 

            Era tal la sencillez de la obra, en comparación con las demás, que creyó estar sumergida en un sueño. En este se encontraba junto a el mar y podía oír la ondulación del agua, serena. Todo parecía real y por un momento sus dedos estuvieron a punto de ralentizarse y perder el ritmo por primera vez. Durante unos agónicos segundos creyó sentir la ardiente mirada del público el la nuca. Disolvió el sueño por completo y volvió a prestar atención. Sin embargo la rigidez de sus dedos, fríos por el miedo, impedían que demostrara toda su valía en aquella obra. El sentimiento de vergüenza estuvo a punto de obligarla a llorar. Se comió las lágrimas y el miedo se adueño de su mente. Pon un momento dejó de trasmitir dulzura. Y los presentes descubrieron lo que ella había tratado de ocultar desde el principio.

 

            Algo no encajaba. Aquello ya no era una balada. La melodía se había vuelto tosca y desagradable. Puede que fuera perfecta a lo que métrica y digitación se refiere pero ya no era lo que tenía que ser. Casi con indignación él dejó de bailar. Paró en seco su danza. Y comenzó a analizar a los presentes. Miradas de incomprensión, cuchicheos que mostraban lo irrespetuosos que ellos eran ante lo que los demás ofrecían, labios apretados, sentimientos de decepción... Todo había cambiado. El negro sentimiento de desprecio se extendió por las butacas y los palcos, un manto de algo parecido al odio, oscuro y tenebroso. No marchaba bien. Agudizó el oído y prestó mucha atención a el final de la obra. Y lo entendió. No era la música lo que fallaba, no era ese el error... El cambió de la canción  había sido un tanto desconcertante pero aquellas personas no eran capaces de sentir como él sentía. No. Ellos se habían fijado en algo más obvio, más a la vista, más físico... En el instante el que la música había perdido sentido para ellos, unos breves segundos, se habían dado cuenta. Habían visto lo que hacía que Elene fuera distinta, algo que aquella gente no consideraba especial sino más bien una especie de condena. El sueño se había roto. La tercera balada finalizó. Y esta vez no se escucharon los aplausos.

 

            Elene no pudo evitar sentirse inútil. No les gustaba, no era suficiente. Trató de pensar en la cuarta balada. Inconscientemente miró al público. Leyó en sus ojos y en sus rostros. Solo vio indiferencia, burla o condescendencia y aquello la hundió. Se había acabado. Con dolor dejó escapar una lágrima. Había soñado demasiado. Alguien como ella no se merecía soñar.

 

            Ni si quiera lo dudó un instante cuando dejó que la tenue luz le iluminara. Con paso sereno salio de su escondite. Todos y cada uno de los presentes se volvieron para ver que ocurría. Algunos fueron incapaces de sostener la mirada y otros se levantaron e incluso abandonaron el lugar. Sin importar lo que pensaran subió al escenario. Elene seguía con la mirada perdida. No le miró hasta que él posó su mano sobre su hombro. Ella alzó la vista y vio como un rostro moreno la miraba. Él también la miró fijamente. Luego se sentó junto a ella y sonrió. Acto seguido al cuarta balada empezó a sonar.

 

            Todos los presentes vieron como ambos, el extraño hombre y la joven, tocaban sincronizados, dejando que la música lograra que ardiera una llama nueva en su corazón.  La melodía comenzó a extenderse, a expandirse y la niebla negra que había cubierto  todo el teatro se disipó. Los espectadores parecieron olvidar Solo quedó la sensación de frescura que dan las olas del mar, y en el escenario, solo quedó la música.

 

            Durante los intensos catorce minutos que duró la cuarta balada todo fue un sueño. Nadie veía nada que no fuera la perfección en persona. Ni las quemaduras del cuerpo de él ni la malformación de ella fueron barreras para representar y reflejar el arte de Chopin, que aquella noche, logró que tanto el pianista desconocido como Elene se sintieran parte de la música, libres, capaces de volar. Cuando la obra terminó el público se levantó eufórico y los aplausos ahogaron el llanto de felicidad de Elene y el grito de jubiló de su enigmático acompañante que la abrazó con ternura. Ella, aceptó el gesto ya que ambos eran iguales. Eran en gran parte distintos al resto pero eran perfectos, a su manera. Cómo una balada. Cómo la música. Como el mar.

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A mis 18 años llevo toda mi vida escribiendo. Amante de la escritura, de la lectura, de la música y de la natación. Estudiante de derecho e ingenuo y soñador por naturaleza. También clarinestista, pianista y guitarrista.

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