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2 min
Cuatro tonalidades de gris
Varios |
08.02.07
  • 4
  • 7
  • 1975
Sinopsis

      Y de cuando en cuando río por fuera tanto como sé llorar por dentro. Y hay momentos de huida, momentos en que sabes que se agotaron los lugares, que existen sombras de otro color que no conoces; y entonces tus pies ya no callan, patalean, gritan indecorosas palabras agrietadas.
      Resumo en cuatro tonalidades de gris las tardes de este invierno, me guardo en el bolsillo trasero la tercera de ellas, la más cálida, por si vuelve a llover. No tengo paraguas.
      Hoy comencé a andar. Comencé yuxtaponiendo punta y talón, punta y talón, haciendo equilibrio sobre la línea discontinua de una carretera comarcal, en su justo centro, en el centro exacto del mundo que dibujan las horas de mi segunda tonalidad de gris. Extiendo mis brazos y cierro mis ojos, y quizá alguien me cuente que hago equilibrio sobre la cuerda floja, y que allá abajo no hay absolutamente nada, ni red, ni palabras agrietadas, ni lugares agotados. Y sé que si me lo creo voy a caerme, porque me dan miedo las alturas, tanto miedo, que sé que algún día moriré saltando desde el punto más alto del lugar más alejado de mi mundo monocromo, porque sentir miedo me hace evidenciar la vida; y quiero sentirme viva, mucho, justo antes de morir.
      Y si no me lo creo sabré que sigo en la carretera comarcal que lleva a un lugar donde nunca he estado; ahuecaré mis manos y echaré a correr, y quizá deje de respirar, o quizá grite al tiempo que aprieto mis ojos para asegurarme que los mantengo cerrados. Y de entre todas mis tonalidades de gris, dejaré la cuarta al borde del camino, por si acaso quisiera volver.
      Y amaina el invierno, y ya casi se ha ido, y casi no me parece gris. Y ya sólo tengo un tono suyo, un primer matiz, de alguna tarde que no recuerdo, o de alguna mañana nebulosa, cansada, pálida y, como siempre, pasajera.
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