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10 min
Cuéntame un cuento
Amor |
04.11.16
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Sinopsis

El cuento de mi vida.

La modorra hace que nuestros parpados se vuelvan pesados, y  la mente se aletargue dejando que poco a poco vayan cayendo los muros de la consciencia. 

Recostado a su lado,  acreciento la victoria del sueño, acariciando su cabeza que reposa sobre mi tórax con delicadeza, dejando que mis dedos juequen  con los mechones de su pelo, permitiendo que a cada caricia se sumerja más y más en la dulce y gratificante  morada del sueño. 

-¿Sabes que me apetece, Chiquito?-murmura ella, moviendo la cabeza con delicadeza, tratando de amoldar el pecho que le sirve de almohada. 

-Dime, que deseas y te complaceré – murmuro con suavidad dejado que sus miradas cómplices, se fundan a mitad del camino entre la eternidad y el deseo. 

-Me apetece que me cuentes un cuento para dormir-dice, dejando escapar una suave sonrisa, como la de un niño, que solicita un último susurro antes de perderse en los dominios de Morfeo.-suave, cálido, tierno…….-su voz era cada vez más pesada y más espesa. 

-Como desees Chiquita……………………………………………………………………………………. 

 

“Erase una vez que se era, un joven que siguiendo las directrices de su corazón partió en busca del amor verdadero. Un amor tan puro, que de él se  podría obtener la inmortalidad , un amor tan intenso que el tiempo jamás pudiese borrar, un amor tan épico, que las generaciones venideras, venerarían con respeto, entonando bellos cantares. 

Así pues lo primero que hizo fue  pedir consejo a los más ancianos del lugar, pues entendía que en su madurez, debían haber acumulado tantas experiencias, que alguna le serviría de guía. 

Llego a junto del primer anciano, un asceta, ciego y solitario, sumido en sus pensamientos y oraciones, sin más contacto con el resto de los hombres que las breves conversaciones que mantenía con aquellos, que solicitaban su consejo. 

-Buen anciano, vengo ante vos en busca del amor, ¿podríais aconsejarme al respecto? 

-Noble joven aventurero, si buscáis el amor, antes debéis tener en cuenta, que clase de amor deseáis obtener, pues el hombre tiende en frecuentes ocasiones a confundir deseo con amor, esperando que este mundo pueda reportarle la plenitud suficiente para alcanzar el infinito. Mas, después de muchas tentativas rendidos, asumen que no existe y se pierden en las trivialidades terrenales con las que suplirlo. 

-Yo busco el amor verdadero, el más puro, aquel que puede convertir a un hombre en el más feliz de los seres del firmamento. Uno que no hable de materialismo, de riquezas, ni poder, uno que no hable de sumisión ni yugo, que sólo exista para plenitud del corazón y que esa plenitud alcance a los demás saciándolos como el agua que desciende fresca de las montañas un día caluroso de verano. 

-Entonces, si ese amor es el que buscáis, lo encontrareis en un único lugar. 

-Decidme donde sabio anciano y correré a entregarme a él 

-Sólo en Dios encontrarás lo que buscas como yo lo he encontrado, ve pues al templo póstrate y recibe su calor en todo tu cuerpo. 

El joven sin dudarlo se dirigió a un templo, y obstinado por lograr su objetivo tomo los hábitos y se entregó al amor de Dios. 

Pasó el tiempo y aunque el joven ponía todo su empeño en amar a Dios, no podía sentir en su cuerpo más que la desazón, pues el amor que el buscaba, además de incondicional debía ser correspondido. Deseaba sentirlo en sus huesos, deseaba palparlo, deseaba abrazarlo con la misma fuerza e intensidad con la que él se entregaba. Tras mucho meditar decidió abandonar  y despidiéndose con pena de sus compañeros partió de nuevo a buscar su tan anhelado amor verdadero. 

Sentado cerca de una acequia donde se había detenido a reponer fuerzas con un poco de alimento y agua fresca, se le acercó un anciano que le dijo. 

-Buen joven, parecéis hombre de bien, recto y bondadoso, ¿podrías por favor compartir un poco de vuestro alimento conmigo? 

-Por supuesto anciano, sentaos a mi vera, disfrutar de mis escasos pero nutritivos manjares y acompañémoslos con el agua que sabiamente Dios ha puesto en nuestro camino, para saciar nuestra sed y limpiar nuestras penas. 

-Decidme que hace un joven como vos por estas tierras, tan lejanas como infructuosas para que un hombre pueda ganarse el pan dignamente. 

-No busco trabajo, anciano, busco el amor. Vago por esta tierra tratando de encontrar el amor puro, gratificante, pero ha de ser un amor en el que los demás puedan verme recompensado e inmortalizado, siendo la envidia de todos los demás hombres. 

-Pues lo que buscáis yo lo conozco bien 

-Decidme pues bondadoso anciano, donde puedo encontrar ese amor. 

-En la Patria, lo encontrareis. Si os entregáis a ella como yo hice, si le entregáis vuestro amor, recibiréis a cambio la grandeza, la inmortalidad y el cariño de vuestros compatriotas. Se os colmaran de recompensas que sirvan para que todo el que con vos se cruce, sepa que no hay mayor entrega ni amor que el que vosotros dais, y en vuestro pecho las medallas dirán a los demás que ese amor ha sido correspondido para toda la eternidad. 

-Pues si así es parto ahora mismo a buscarlo, pues mi empeño y determinación es tal que mis huesos aunque molidos por el duro viaje, no pueden reposar quietos sabiéndose tan cerca de conseguir el propósito de mi existencia. 

Así pues el joven se alisto en el ejército, sirvió fielmente a la Patria, le juró entregarle hasta la última gota de su sangre, y la Patria  dispuesta antes de devolverle su amor incondicional se dispuso a corroborar el verdadero compromiso adquirido. Envió al joven a la guerra, allí combatió duramente por defender los colores que portaban el engalanado estandarte de su amada, allí peleo hasta caer extenuado, viendo como otros a su lado entregaban su propia vida, en el más puro acto de amor. Cubrió su pecho de doradas medallas, cada una, le decían, un beso que su amada le entregaba por su sacrificio. Recibió innumerables palmadas con manos manchadas de sangre, que le agradecían enormemente su amor incondicional, pero que le recordaban de forma insistente, que la Patria es una amante caprichosa, que siempre espera un poco más de sacrificio por parte de su amado. 

Pasaron los años y el amor que el joven buscaba, en vez de henchirlo, cada vez lo vaciaba más. Se sentía como un odre de vino, hecho con el pellejo de un carnero, que mal rematado dejaba escapar lenta pero inexorablemente su vida por las costuras. 

Cansado y frustrado decidió abandonar también a la Patria y continuar su camino sin saber muy bien adonde. 

Perdida toda esperanza y convencido de que el amor verdadero no existía más que en la imaginación de juglares que entonaban aquellas épicas gestas para poder ganarse unas monedas, llegó hasta un pequeño pueblo rodeado de encinas donde decidió quedarse por un breve periodo de tiempo con el propósito de reponer sus maltrechas heridas más dolorosas si cabe en el alma que en el cuerpo. 

Allí asentado y con el propósito dejar volar su imaginación y matar  el tiempo del que disponía, comenzó a entonar una lastimera canción relatando su infructuosa búsqueda del amor verdadero. 

Diose la casualidad, de que por allí pasaba una hermosa mujer, que dejando sentir en su alma aquellas dulces palabras llenas de culpa, decidió acercarse a contemplar a quien las entonaba. 

-Decidme caballero, de quien son tan bellas como tristes melodías que os oigo entonar, y que tan hondo calan en mi alma. 

-Bella dama, mías son, más bellas yo no las llamaría, pues solo reflejan la desdicha y la desazón que recorre el alma de quien os las canta. 

-Decidme pues, ¿Cómo un hombre como vos acumuláis en vuestro interior tanta desdicha y desesperación? 

-En mi vida, mi señora, no he buscado en el mundo otra cosa que no sea el amor verdadero, y tras entregarme en cuerpo y alma a Dios, del cual no pude sentir más respuesta que la humedad de los oscuros templos que penetraba en mis huesos tras largas horas de meditación; tras desear cambiar y entregar mi amor incondicional a la Patria, quien como una amante caprichosa, me arranco mi dignidad, me abrió en canal para solicitar mi sangre y tras desmembrarme y devorarme tal y como Saturno devoró a sus hijos, me cubrió de honores nímios y medallas que pesan sobre mi conciencia como las losas de un cementerio, pues cada una de ellas esconde un pecado tras su brillante metal. Así pues que finalmente derrotado dejo caer mis huesos por estos lares no buscando ya más consuelo que poder calentarme frugalmente con los fuegos que se escapan de vuestras casas. 

-Pobre hombre eres,-asintió la dama disgustada- pues si lo que buscas es amor, y para solicitar su presencia no has preguntado jamás a una mujer como hallarlo. No busques amor en templos de piedra, no busque amor en el honor de los hombres , busca el amor en la sencillez de cada día y descubrirás, que como un perro fiel, se ha mantenido siempre a vuestra carón, tan sólo debéis agacharos para poder  acariciar su lomo. 

-Para vos, bella mujer, es fácil decirlo. Sois bella y grácil, poseeréis mil pretendientes que puedan colmar vuestra pasión y entregaros todo su amor pues saben bien que serán correspondidos, y que de vuestros pechos manará la ambrosía que les lleve hasta la inmortalidad. Pero para mí, hay pobre de mí, en mi búsqueda he lapidado todo cuanto poseía, en mi entrega he liquidado todas mis haciendas. Ahora ya nada me queda. 

-Decidme pues ¿qué tenéis en vuestras alforjas?, ¿qué podéis entregarme a cambio de que os muestre el amor verdadero?. ¿Qué me daréis como dote para permitiros sentir todo mi ser colmado de lujuria entregándose a cada palabra  de vuestros labios?. 

-Sólo me queda mi voz, tan sólo mis versos, tan solo mi alma rota por el desengaño. 

-Dádmela pues, que yo la acepto como pago, y acercar vuestro oído a mis labios para que os pueda susurrar el secreto por el que desesperáis. 

El caballero acerco suavemente su odio, y tras los primeros soplos de aire cargados por el murmullo de una dulce garganta, se alegraron sus ojos, se tensaron sus labios en una sonrisa y se  unieron los desvencijados trozos de su alma rota devolviéndole el esplendor de su juventud. 

Desde entonces los amantes se susurran a oído bellas palabras cargadas de erotismo, de complicidad, de deseo y de pasión. Desde entonces se susurran bellos poemas e historias, llenas de anhelos, de sueños y de promesas eternas. 

Aun hoy, años ha desde que ocurrieron estos hechos, son muchos los que afirman que si te adentras por el citado bosque, si te mantienes en silencio  hasta que puedas sentir tu corazón latir, si cierras fuertemente los ojos e inhalas el aire que te rodea, podrás escuchar un leve susurro, una imperceptible risilla, un cálido gemido ahogado en la espesura del bosque. Son la bella dama y el caballero, que  inmortales, siguen susurrándose su amor para toda la eternidad.”………………………………………………………….. 

 

Guardo silencio por un segundo al verla dulcemente dormida, con una sonrisa petrificada en sus labios y cerrando yo también los ojos le murmuró justo antes de caer también plácidamente dormido. 

-Duerme Chiquita, duerme, sueña sólo cosas bonitas, sueña con días hermosos, sueña con jardines en flor, sueña con una vida plena, sueña con los susurros de mi voz.

 

A ti, por ser tú y seguir alimentando mi alma, mi cuerpo y mi mente. 

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