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4 min
CUENTOS EN EL BAR
Varios |
18.05.18
  • 4
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Sinopsis

CUENTOS EN EL BAR

Como siempre estaban los cuatros allí. Los vasos de cerveza a medio beber, ya sin espuma y un poco calientes por el contacto constante de las manos sudorosas.

Fabiano nunca hablaba, prefería escuchar a los otros tres, que parecían unos discos rayados, repitiéndose noche a noche.

- Era más o menos así – insistió  Fermín -, el tipo se despierta y el dinosaurio todavía estaba allí. ¿No les parece genial?

- Claro que no – dijo Fernando -. Me parece un cuentito muy bobo. “Cuando despertó el dinosaurio todavía estaba allí”. Eso no es un cuento, es una tomada de pelo.

- Vos no entendés nada de nada – se metió Fausto.

- ¿Y vos entendés mucho, no? – se irritó Fernando.

- Un poco más que vos. Uno tiene que pensar en todo lo que pasó antes, mucho antes del tipo despertar. Es eso.

- Yo soy un poco más conservador – replicó Fernando-. Me gusta aquel cuento de Benedetti que habla de las tazas o pocillos o algo así.

- Pocillos – interrumpió Fausto -. Ese es el título del cuento: “Los pocillos”.

- ¡Tá! – se irritó de nuevo Fernando -. Es de eso que estoy hablando. Eran de tres colores: rojo, verde y negro. Todos los días tomaban té en uno de diferente color. El marido, que era ciego, la mujer y el cuñado. Era una cosa que se repetía todos los días. Aquel día, ella puso el agua para calentar, se recostó en la silla y encontró las manos del cuñado que, como siempre, la acariciaban. Era una caricia que iba del pescuezo hasta los labios entreabiertos. Duraba lo que demoraba en calentarse el agua. Terminaba con un beso en la palma de la mano prohibida. Y el ciego allí, bien ciego e inmutable. Ella se levantó, preparo el té y le alcanzó al marido el pocillo verde. El marido, con una sonrisa indescifrable le dijo: “No, querida. Hoy quiero tomar en el pocillo rojo.” Qué tal?

- Genial, sencillamente genial – dijo Fermín.

- Solamente un pequeño detalle, no era té, era café lo que tomaban. No leíste derecho o te olvidaste – complicó Fausto.

- ¿Por qué no te vas un poquito a la mierda? – estalló Fernando.

Fabiano sonrió y bebió un trago largo de cerveza caliente. Fausto no se inmutó y se puso a contar el cuento que, según él, era el mejor de todos.

- Es del turco Asís, no me acuerdo del título, era una historia de una petisa que estaba embarazada y un tipo la defiende del supuesto padre, que habría abusado de la doncella. Todo gira alrededor de eso: el tipo que defiende a la muchacha logra arrancarle doscientas lucas al aprovechador de doncellas. Ya con la plata en el bolsillo lleva la petisa hasta un bar y la empieza a conversar. La llena de palabras melosas, de elogios y de promesas. En realidad le interesaba un pepino lo que le pasaba a la pobre. Quería quedarse con la plata y convencerla de que volviera a su pueblito, a los brazos cariñosos de su madre. La vieja sabría perdonar su desliz. Quedaría encantada con la llegada de un nieto. Cuando cree que ya está bien convencida la muchacha, le pregunta si ella vuelve o no para su pueblito. La ingenua chica del interior, seducida y prácticamente violada por un abusador barato, lo mira a los ojos y responde: “Sí, pero pásame las doscientas lucas”. Ce fini. ¿Es o no es el mejor final de todos?

- ¡Claro que no! – gritó Fernando -. ¡El de Benedetti es mil veces mejor! Y después eso de “lucas”… Solamente los argentinos entienden y los montevideanos metidos a porteños.

- Yo me quedo con el micro cuento de Monterroso – comentó con un hilo de voz Fermín.

- ¿Por qué no se dejan de joder con esos retardados que escriben esas mierdas y me pagan  una cerveza? – exclamó Fabiano, golpeando el vaso vacío contra la mesa sucia del bar y dando por terminada la discusión.

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