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6 min
Cuestión de autoestima
Reflexiones |
03.04.17
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Sinopsis

Cuando yo era niño tenía una gran falta de autoestima. Me creía menos que los demás y la actitud de mis compañeros de clase hacía mí no ayudaba demasiado. Era tan tímido y retraído que se sobrepasaban conmigo. Hubo exámenes que suspendí por falta de confianza en mi capacidad de memorización, cuando era perfectamente capaz de aprobarlo. Ese tipo de cosas me hacían perder aún más la confianza.

Con el paso de los años, fui ganando confianza en mí mismo, muy poco a poco. Pero seguía sin atreverme a dar un paso que me rondaba la cabeza: Quería ser escritor, pero no me creía lo suficientemente culto, formado, listo para serlo. Entonces conocí a una chica que al principio no creí que fuera a conocer a fondo. Pero hablando con ella me sentí lo bastante seguro para empezar a confiarle mis cosas. A tanto llegó mi nivel de confianza que le confié cosas que no había confiado jamás a nadie. El ser capaz de abrirme así con alguien me dio confianza y autoestima, aunque ni yo mismo entendía muy bien porqué. Tener a alguien que me escuchara todas esas cosas me hacía mucho bien.

Finalmente le acabe confesando casi de casualidad mi más oculto deseo. No me creía lo bastante bueno como para que se publicara algo con mi nombre. Ella me convenció de lo contrario. Me exigió que le enseñara algo de lo que había escrito. Cuando lo vio, me dijo que estaba muy bien y que le enseñara más. Yo no le creía y ella lo sabía. Pero de alguna manera acabó por convencerme y me empecé a creer capaz de ser escritor y ganarme la vida con ello. Ella me había subido la moral y la autoestima de una manera que no lo había hecho nadie. Aun así, tenía mis malos momentos de bajón y ella me los reprochaba, pensando siempre en mi bien. Lo que no entendía es que desde que la conocía esos momentos se habían reducido enormemente. Y además, gracias a sus palabras, tenía autoestima suficiente como para encarar mi futuro, no sé qué habría pasado si no hubiera sido por ella. Me creía igual que la gente de mí alrededor, ni más ni menos, cosa que antes de ella en muchas ocasiones no ocurría. Había influido más que positivamente en mi vida.

Con el paso de los años, y tras unos cuantos fracasos editoriales, me publicaron mi primer libro, una colección de relatos sobre la sociedad moderna, criticándola en gran medida. No fue un gran éxito de ventas, pero ya estaba metido en el mundillo.

En cuanto a mi amiga, perdí contacto con ella, nos separamos y no la volví a ver en mucho tiempo. Pensaba mucho en ella, sin ella no habría llegado a nada y yo lo sabía. Además la echaba muchísimo de menos.

Publiqué varios libros más y alguno se convirtió en un superventas. Me compré una mansión, me rodeé de gente que me adulaba, gané dinero suficiente como para vivir desahogado para siempre. Me hice famoso, salí en las portadas de muchas revistas, entrevistas en la televisión…

Me olvidé por completo de ella. Sólo necesitaba la compañía de esos supuestos amigos. Pasaron los años y mi ego se hizo cada vez más grande.

Sin embargo, algo en mi interior me decía que algo no iba bien. Notaba un vacío en mi interior que me quemaba, no me dejaba dormir a las noches, hacía que tuviera miedo a la soledad, a la oscuridad…

A pesar de estar siempre rodeado de gente, estaba absolutamente solo. No era una soledad existencial, propia de los artistas. Se podría decir que a veces lo único que necesitaba era un abrazo de alguien que me quisiera, sólo eso para saber que no estaba solo en el mundo y que a alguien le importaba. Sin darme cuenta, estaba volviendo a la falta de autoestima de mi niñez.

A la edad de cincuenta años, mi autoestima se perdió por completo, y con ella toda mi inspiración literaria. Me arruiné, perdí a todos los que yo creía mis amigos. Al haber sido tan derrochador intentando cubrir ese vacío, tenía deudas tan grandes que me obligaron a acabar viviendo en la calle, sin absolutamente nada más que hojas de mis novelas publicadas veinte años atrás para taparme del frío.   

Malviviendo así, las enfermedades no podían tardar. Un simple resfriado empeoró y se convirtió en algo peor. Y eso peor se convirtió en algo mortal.

Así que estoy en la cama del hospital, con ganas de escribir algo precioso antes de morir, pero no me sale nada. Falta de creencia en mi capacidad, supongo.

Estoy solo, como he estado toda mi vida. Será que estoy destinado a esto.

Alguien abre la puerta y entra una señora de mi edad. Tardo un poco en darme cuenta de que es ella. Esa sonrisa es inconfundible, pasen los años que pasen.

-¿Cómo te va, viejo amigo?

-¿Qué haces aquí?

-Escuché lo que te pasaba. Pensaba que encontraría esta sala llena de gente.

-Nadie me quiere, no he sido más que un tonto que me he pasado la vida aceptando las lisonjas de unos aprovechados cuando lo que tenía que haber hecho era buscarte.

-Pero no lo hiciste, no me buscaste. No era lo suficientemente buena para ti, al parecer.

-Yo soy él que no te merezco. Gracias a ti fui escritor.

-Entonces por mi culpa te has quedado solo.

-Es una tontería verlo así. Tú me diste la autoestima necesaria para hacer lo que yo más deseaba.

-¿Has sido feliz en tu vida?

-No. Tenía un vacío que no supe llenar. Ahora me doy cuenta que lo único que necesitaba no era la fama, no era el dinero y, desde luego, no eran esos amigos míos. Ni siquiera era una pareja, era solamente una persona que me quisiera y me supiera consolar cuando estuviera mal, reírse conmigo cuando hiciera falta, ayudarme cuando lo necesitara.

-Yo podría haber sido tu amiga si me hubieras buscado.

-Tú tampoco me buscaste.

-Cierto. Todos cometemos errores, todos tenemos orgullo. No quería estropearte esa fama que te habías labrado. Te veía tan lejano desde las portadas de las revistas…

Tras un silencio, ella me dice:

-Sólo he venido a despedirme. Hasta siempre y buena suerte. Siempre te recordaré.

Se acerca hasta mí, me da un beso en la mejilla, y me susurra palabras que deseaba escuchar desde hacía años.

Ya se ha ido, pero noto como me vuelve la autoestima y con ello la inspiración. Antes de irme debo crear lo mejor que se ha escrito nunca… Cojo papel y lápiz. Vamos allá.

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