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6 min
Cuestión de confianza (2)
Suspense |
22.11.20
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Sinopsis

Les presento la segunda parte de este relato que espero les distraiga. Abrazos

.../...

Más allá del portentoso árbol, tres indigentes discuten de sus sinsabores. Esperan la llegada del padre Miguel aunque hoy se estaba entreteniendo demasiado con esa señora. Antes que lograsen ponerse de acuerdo sobre la cuantía de la figura arquitectónica que culminaba la fuente, se les acercó el párroco. Caminaba algo lento, encorvado, y necesitaba el apoyo de un pequeño bastón para compensar el equilibrio de su debilitada anatomía. Los indigentes le hicieron un hueco, apartaron una maleta y colocaron un cartón sobre el asiento de forja.

—Siéntese usted padre, ya verá qué bien se está ⸺dijo uno.

Charlaron sobre la cantidad de agua que escupía el pato, del baño de las palomas, del calor que hacía y de cuando se iban a decidir a cambiar de vida.

—Vamos a ver, Mai, ¿tú eres capaz de matar a alguien?

—¿Yo? ¡Padre Miguel que está usted diciendo!

Los otros dos se reían a mandíbula abierta.

—Mai, no te estoy acusando de nada, es un decir ¿lo eres o no?

—¡Ni a una hormiga, padre!

—Tú no me sirves. ¿Y tú Fidel Castro?

—¿Yo?..¿Yo?

—Sí tú, Fidel, habla.

—Tendría que estar borracho.

—Cosa que no es nada extraño ¿lo harías?
—Nunca se me ha ocurrido, si se diera el caso me parece a mí que además de borracho, no sabría lo que estaba haciendo.

Los otros dos miraban con rostro compungido.

—¿Y tú Ahmed?

—Yo ya lo hice, padre, por eso llevo esta vida que llevo.

—¡Está bien, está bien! No quiero que me lo cuentes ahora, si te corre prisa, mejor te vas a la iglesia y se lo dices al cura. Enseguida os traeré los bocadillos. Tú puedes servirme.

 

Al día siguiente Alicia y el padre Miguel vuelven a sentarse en el mismo banco de la tarde anterior.

—Ves Lucía, en esa casa suelen reunirse gays, lesbianas, bisexuales…lo dice allí.

—Lo sé padre, desde aquí puedo leerlo ¿a usted esas cosas le han cogido ya mayor, no?

—Uno es lo mayor que quiera ser. Mientras funcione la cabeza, que como sabes es la reina de la fiesta, todo es comprensible. Aunque…

—¡Ahí está padre!, "aunque".

—¡Sí, hija, sí! No me cabe duda que son los vientos que corren, dime ¿no te encontrabas mejor con tu marido, en tu casa, al lado de tus hijos que de esta manera?

—Su opinión sobre el divorcio ya me la expresó, padre.

—Y en su día te dije que adelante, ¡cualquiera te decía lo contrario!, aunque ya sabes que ante Dios…

—Otra vez "aunque".

—¡Ja,ja,ja! No me hagas reír, Lucía, que se me sueltan las prótesis. Además esto es muy serio.

—Lo sé padre, era por quitarle hierro. Yo le cuento como lo llevo, mis temores y la acechanza del mal que parece rondarme.

—Vamos a ver, Lucía. Te divorciaste y ya está, se puede hacer, lo hiciste y listo, pero no me has respondido a la pregunta.

—Me cuesta hacerlo, padre. Yo quería la separación. No estaba bien. Lo necesitaba. La gente lo hacía. Pienso que no éramos felices.

—Todo eso ya lo hablamos.

—Parecía que iba bien, puede que sea por la distancia, pero la familia aumenta, ahora nos vemos más y es cuando me he dado cuenta de su actitud tan negativa.

—Y peligrosa.

—¿De verdad que lo ve así?

—Es lo que me has contado.

—¡Ya se, ya se, padre! Me esquiva, me huye. Temo más que nada por lo que pueda pasar con mis hijos. Puedo llegar a cansarme y sacar las uñas.

—No dramatices, Lucía, eres tú la que lo pones así. Que yo sepa no te ha amenazado lo más mínimo, ni le ha dicho nada a los niños. Alberto no ha tenido nunca que vérselas con la justicia, en cuanto a ti…

—Padre, salen tantos casos en la tele.

—¡Ah, la tele! Yo no la veo y soy el más feliz del mundo ¡Apágala! Mira en tu interior, piensa en qué te has equivocado, trata de corregirlo, ama a tus semejantes, a tus hijos, a tus nietos, a él, Lucía, ámale a él, aunque no le quieras es un ser humano que casi seguro que lo está pasando mal. Se ha visto privado de su mujer, su casa, sus hijos…su vida familiar ¿no lo entiendes?

—¡Ya salió el auténtico padre Miguel!

—¿Qué quieres? Aunque no llevo sotana, en la solapa de mi chaqueta conservo la cruz y nunca podré anteponer mi fe en ella a las veleidades de esta sociedad.

—Que nos permite separarnos, padre, y emprender causas nuevas.

—¿Y olvidarse de los hijos?

—Eso nunca, padre, por ellos soy capaz de envenenarlo.

—Menos mal que no me casé.

A dos pasos, en la taberna Patanegra, las cervezas corrían de mano en mano como el sudor por la frente de los dos contertulios.

—Padre, hace demasiado calor para que nos exaltemos tanto. Bajemos el tono.

—Tienes razón, hija. Hay más cosas que nos unen que las que nos separan y eres tú la que necesitas ayuda, a este pobre viejo cualquier día lo llama Dios al orden y antes de eso me gustaría quitarte la losa que te asfixia.

—Gracias padre, entiendo su postura, pero nunca se me ha dado bien mentir, por eso la presencia de Alberto en mi vida se convirtió en una farsa, por eso nos separamos.

—¿Te engañaba?

—¡No! Representábamos un sainete, que por fortuna se acabó.

—Ya ves que nada se acaba, que lo que yo uní en la Tierra sólo podría desatarlo Dios, espero que en el cielo.

—Claro, padre, esas ataduras tienen nombres y apellidos.

—Así es Lucía, lazos familiares.

—Perdóneme padre, a mí más bien me parecen trampas.

—Es que él es muy listo, no quiere dejar desprotegidos a los más débiles.

—“Y nos jode la vida a los demás”

—¿Decías?

—¡No, nada! Era un pensamiento en voz alta. ¿Y qué me dice usted de nuestros vecinos de más allá del laurel? ¿Ellos no están desprotegidos?

—¡Qué va! Me tienen a mí, les doy bocadillos.

—¡Ja,ja,ja! ¡Como es usted!


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