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6 min
Cuestión de confianza (3)
Suspense |
06.02.21
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Sinopsis

Les presento la tercera parte de esta historia, que espero les resulte entretenida. Saludos

.../...

Ahmed aguardaba junto a su carro repleto de chatarra la llegada del padre Miguel, distraído con los gorgoritos que hacía el pato mirando al cielo.

—¡Hola Ahmed! Se me ha hecho algo tarde, perdona.

—A las dos me cierran el almacén, padre.

—No tardaremos ¿oye, cómo has conseguido hacer esta bicicarro? ¿este carrito es de un súper, no?

—¿De eso vamos a hablar, padre?

—¡Ay no, hijo! Perdona, me voy por los cerros, perdona, quiero hablarte de cosas más serias…me dijiste el otro día que tienes en tu expediente delitos de sangre.

—¿Eso que es, padre?

—Quiero decir que por alguna causa, por alguna pelea, o no sé cómo, te viste implicado y mataste a una persona.

—Entiendo.

—¿O es que planeaste quitarle la vida antes de hacerlo?

—De eso no me gusta hablar mucho, padre.

—Pero si te gustan mis bocadillos ¿eh?

—Eso sí.

—Pues entonces, hablemos. Yo quiero saber por qué lo hiciste.

—Se lo dije al juez.

—De los hombres, pero yo soy de las almas que es distinto y ni al cura ni a mí se lo has contado.

—Ya lo sabe, me vi en el lío y ya está, no me gustó aquello.

—Pero mataste.

—Es que si no me hubieran matado a mí.

—¡Ah! Eso es lo que quería saber, Ahmed, fuiste atacado, no lo pensaste.

—Yo no pensé nada, padre, sucedió y listo. Defendí el pan de los míos.

—¿Nunca quisiste hacerlo?

—A lo mejor no sabía lo que hacía. Estaba borracho. Fue una pelea. Me querían robar.

—Te voy entendiendo, Ahmed, ¿tienes hijos?

—Sí, padre.

—¿Y mujer?

—¿Cómo dice, padre? Soy musulmán, tengo mujeres.

—¡Ay, si!, perdona hijo, que me pierdo.

—Me cierran el almacén, padre.

—Ya te dejo, pero dime una cosa ¿tan fácil es?

—No comprendo.

—Tan fácil es cegarle la vida a un semejante.

—Yo no quería, padre. Me voy que me cierran…defendía lo mío.

—Adiós Ahmed, adiós hijo.

 

Las tórtolas no cesaban en sus continuos cánticos cuando el padre Miguel hablaba con Lucía:

—¿Tú crees que yo debería hablar con él? Hace tiempo que no lo veo.

—No me parece prudente.

—¿Y tú?

—¿Y yo qué?

—¿Por qué no lo hablas cara a cara y le expresas tus temores?

—¿Qué quiere que le diga, que si piensa matarme?

—¡Ay, hija, no es eso! Dile que estás mal, que quieres hablar con él. En fin, sondéale a ver cómo reacciona.

—¿Y si no lo veo más? Si se enfada y desaparece ¿cómo puedo controlar sus movimientos?

—Pues no sé, preguntándole a tus hijos, a los amigos comunes, en fin qué se yo, tú sabrás mejor que nadie como controlarlo.

—Yo no sé nada, padre. Le conozco y me da miedo.

—¡Jolines! Pues sí que me lo pones complicado ¿sabes una cosa? No es tan fácil.

—¿El qué?

—Matar.

—¿De verdad que piensa eso, padre?

—Así es, Lucía. Se ve que el jefe se esmeró en el espíritu del quinto mandamiento, ¿ves a los del banco? al que está de pie?

—Sí.

—Lo conozco hace tiempo, hablo mucho con él. Ha estado encarcelado por quitarle la vida a otro. Tiene una triste existencia, anda lamiéndose sus miserias, pero es más que posible que no tenga ganas de volver a estar entre rejas.

—¿Tan dura es la cárcel?

—Lo duro es matar para quien no es un asesino.

—¡Ya! ¿Y usted piensa que Alberto…?

—Lo pienso yo y lo sabes tú: el padre de tus hijos no es ningún desgraciado ni un desalmado capaz de un acto así, por muy dolido que esté, por muy engañado que se sienta.

—Quisiera tener fe en sus palabras, padre Miguel, pero entiendo algo de la mente humana, de lo mucho que pueden cambiar las personas y de las locuras que pueden llegar a cometerse.

—Al final, hija mía, no te va a quedar más remedio que acudir a la policía o a que os sentéis los dos en e$l diván del psicoanalista. ¡Eso no estaría mal!

—Ambas cosas son poco probables. Quiero estar bien conmigo misma para poder estar bien con mis hijos y si denuncio entraría en una espiral que acabaría con las pocas fuerzas que me quedan.

—A todo esto una de esas tórtolas que va de naranjo en naranjo, me ha contado un secreto.

—¿De mí?

—De ti.

—No puede ser, si yo se lo cuento todo a usted.

—Casi todo…

—¡Ah, ya! Sabe usted lo de…lo de…

—Lo de tu novio; lo sé, ¿porque no estáis casados, verdad?

—No estamos casados.

—¡Es que no podríais!

—¡Padre!

—¡De acuerdo, de acuerdo! ¿Qué dice él de todo esto? ¿Estará enterado, no?

—No del todo. Prefiero resolverlo por mí misma.

—¡Ah, no! Es fundamental contar con él. No sabemos por dónde puede salir esto, así que se lo tienes que contar ¿de acuerdo?

—Padre Miguel…

—¡Ni padre, ni Dios Bendito, leches! No vamos a resolver un problema y crearnos otro. Cuenta con él.

—¡Está bien! Como quiera. No se altere, padre. Hablaré con él, le pediré su punto de vista y…

—Eso ya está mejor.

—Aunque...

—¿Aunque qué?

—Bueno, usted ya sabe, se lo dije desde el principio, que me interesa más la salvación espiritual que lo que me pueda ocurrir en realidad.

—No tienes edad para ser tan despreocupada. Debes estar alerta, confiar en las personas que tienes a tu alrededor y meditar sobre la forma de acercarte a Alberto y hacerle entrar en razones.

—No lo sé, padre. Estoy hecha un lío.

 

Al día siguiente por la mañana, mientras unos vencejos daban vueltas y más vueltas, chillando sin descanso ambos van a visitar al padre:

 

—Me han dicho que queríais verme ¿qué tripa se os ha roto?

—A nosotros no, padre, mire usted la la fuente  ⸺dice Mai.

—¡La fuente! ¡Qué le pasa a la fuente?

—¿No le nota usted nada raro? ⸺dice Fidel.

—Que no echa agua ¿qué hora es?  ⸺responde el padre Miguel.

—Más de las diez, padre, fíjese arriba  ⸺insiste Fidel.

—¡El pato! ¿dónde está el pato?¿Y Ahmed? ¿Ha sido él?

—No sabemos nada, padre, ayer no lo vimos, ni a él ni al pato, queríamos preguntarle si usted sabe algo.

—¡Ese desgraciado! ¿Cuánto piensa que le van a dar por esa figura? ¿Vosotros le habéis ayudado?

—¡No, padre! ⸺se lamenta Mai⸺ no sabemos nada, cuando vinimos ayer, ya estaba así.

—Es cosa de gamberros ¿cómo piensa que podemos subirnos ahí arriba? ⸺dice Fidel.

—Ya me lo echaré a la cara, daré con él. Ahora mismo voy a llamar a la comisaría ¡adiós!

Los indigentes se quedaron mirando el lento caminar del anciano que se alejaba hacia los muros del convento.

.../...

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