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4 min
Cuestión de confianza (y 4)
Suspense |
13.03.21
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Sinopsis

Por fin llegó el final de esta historia, que espero que la disfrutéis tanto como yo. Cordiales saludos

.../...

Por la tarde los gorriones aprovechaban unas migajas debajo del banco de los indigentes:

 

—Lucía ¿Alberto a qué se dedicaba?

—Tiene una tienda de antigüedades.

—¿Compra y vende?

—Así es.

—Sabe que yo vivo aquí con las monjas.

—Siempre lo ha sabido.

—¿Y qué nos vemos?

—¡Padre! Bautizamos los niños juntos, hicieron la primera comunión con usted, yo no he dejado de venir a misa los domingos…

—¡Ya, ya! Pero como no lo veo hace tanto ¿reconocerías su letra?

—Me costaría, rebuscando puede que encuentre algún papel, alguna nota para sus hijos, pero ¿de qué se trata?

—Rebusca Lucía, es importante.

—Me asusta, padre Miguel.

—¡Ah, por cierto! Si aún no has hablado con él cara a cara, más vale que vayas a la policía, pide ayuda, piensa en tus hijos y cómete tu orgullo.

—¿Pero que sabe usted, padre?

—Sólo intuyo, hija, solo intuyo. Te espero aquí. Ve a buscar lo que te digo.

—¡Está bien! Procuraré no retardarme.

 

Los gorriones remontan el vuelo hasta la fuente:

 

—¡Padre Miguel, padre Miguel!

—¡Hola Mai! ¿Qué pasa?

—Sabemos algo del pato ⸺dice Mai.

—Pues contadme lo que sepáis.

—Ha sido Ahmed ⸺dice Fidel.

—¡Ahmed! ¿Y qué ha hecho con él?

—Vendérselo a su amigo.

—¿A qué amigo?

—Al de la tienda de antigüedades.

—¿La tienda? ¿Y cómo se atreve a comprar eso que…?

—¿Qué le pasa padre Miguel? ¿Por qué nos mira así? ⸺dice Mai.

—Padre Migue, nosotros no hemos sido, solo queríamos ayudarlo  ⸺dice Fidel.

—Y me vais a ayudar. Escuchadme.

En ese momento el repartidor de las bombonas detiene su camión, se apea de la cabina, se echa una bombona al hombro. Llegan dos vehículos más, no se puede circular. Llega un tercero con las ventanillas bajadas y los altavoces a todo volumen. Otro se desespera y hace sonar el claxon. Ya no se oyen las tórtolas, ni las palomas. Los labios del párroco y sus interlocutores se abren y se cierran.

 

Algo más tarde:

 

—¿Ves hija? ⸺el padre Miguel le da un papel a Lucía⸺, esto es lo que me preocupa. Alguien echó esta nota por la ranura destinada a las limosnas: “¿Quién es más culpable: aquella persona que cercena la vida de otra o la que lo induce a hacerlo?

—¡Es su letra!

—Ya ves. Es lo que quería comprobar y además ni siquiera se ha molestado en ocultarlo.

—Así que quiere guerra.

—Lucía, no debes caer en la trampa. Haz lo que te he dicho, coge todo esto y vete a la policía.

—¡Tendrá guerra!

—¡Lucía, escúchame! ¡Espera, no te vayas! ¡Ay, Dios mío!

 

La multitud de fieles en la puerta de la iglesia no impedía que tocasen cada uno a unas cuantas absorciones de incienso mezclado con olor a azahar. La banda de cornetas y tambores mantenía tenso el ambiente en medio de una tenue iluminación. Ahmed se fue abriendo hueco buscando la proximidad de Lucía, que permanecía inerte, recostada en la pared, luego de muchas horas de espera. El hombre sacó la mano del bolsillo del pantalón y una navaja automática desplegó su afilada hoja. Alejó el brazo de su costado para tomar impulso e intentó clavar su mortífera arma en el costado de la mujer, pero erró en sus pretensiones porque otros dos hombres ⸺sin mediar palabra⸺ se le echaron encima y amortiguaron el efecto de su golpe. Se trataba de Mai y Fidel, que tiraron de él cuanto pudieron y casi a rastras lo fueron sacando de las proximidades de la puerta de entrada al templo, mientras que Lucía doblaba sus rodillas y se dejaba caer a los pies de los costaleros.

Hasta el interior de la iglesia llegó el murmullo producido en la calle, cesaron las cornetas, los actos religiosos se sucedieron más de prisa de lo habitual hasta que alguien susurra unas palabras al oído del párroco…

—¡Lucía!

Fue su último suspiro. Se le desencajó la boca, se le aflojó todo el cuerpo y el sacerdote que estaba junto a él pidió auxilio a los presentes. Era en vano. Había llegado la hora del padre Miguel.

En su entierro estaba Lucía ⸺convaleciente de una herida de arma blanca⸺, mientras que en otro lugar, Alberto traspasaba el umbral de la comisaría donde era requerido para justificar la tenencia ilícita del pato de cerámica en su tienda de antigüedades.

J.R. Infante

 

 

 

 

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