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9 min
Cuidado al Volante
Reflexiones |
22.12.11
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Sinopsis

Espero que esta historia sirva para concienciar a la gente sobre los peligros del alcohol y la velocidad al volante.

 

Dicen que en el preciso instante en el que mueres ves pasar toda tu vida ante tus ojos. Tengo que desmentir esta teoría, tan solo un segundo después de morir comienzas a ver el mundo desde otro ángulo, por así decirlo, desde fuera de tu cuerpo, como si estuvieras flotando. Y en mi caso lo primero que vi fue mi coche en el barranco, empotrado y ardiendo. Al ver las llamas me picó la curiosidad, aun no me había dado cuenta de lo que había ocurrido, y me acerqué para echar un vistazo. No sentí miedo por la enorme bola de fuego en la que se había convertido el vehículo, tampoco sentí el calor al acercarme a las llamas. A duras penas pude distinguir la matrícula y fue en ese instante, y no en otro, cuando realmente fui consciente de mi muerte. Lo primero que se me pasó por la cabeza fue sacar mi cuerpo envuelto en llamas de aquella trampa mortal, pero no había nada que hacer por un par de razones. La primera era que mi cuerpo iba ya camino de convertirse en cenizas y la segunda que en mi nuevo estado no disponía de cuerpo, nada de manos, nada de pies, nada de nada.

 

Observé toda las escena durante más de media hora, el tiempo que tardaron los bomberos en llegar al lugar, alertados por una pareja de ancianos que pasaban por allí con su coche, y sofocar el incendio. Me retiré un poco del lugar y “paseé” por la carretera por la que había circulado un rato antes. Me vinieron algunas imágenes a la cabeza, previas al accidente. Me encontraba en la puerta de la casa de mi novia, despidiéndome de ella.

-¡Feliz Nochebuena! –Le decía para después darle un largo beso. Que sería el último de mi vida.

-Que pases buena noche –Me contestó sonriendo –Llama cuando llegues. Jamás recibiría esa llamada.

-Si –Y me aparté de ella para siempre. Una vez montado en el coche la vi por última vez a través del retrovisor cuando me despedía con la mano y entraba en casa.

 

Lo siguiente que recordé fue que conducía por la carretera, a unos 70 kilómetros por hora (el límite estaba en 90). Era ya noche cerrada aunque apenas eran las ocho de la tarde, en la radio sonaba un viejo éxito de Bon Jovi y yo cantaba al compás. Segundos después aparecía tras la siguiente curva otro vehículo, la velocidad a la que venía era elevada, muy elevada me atrevería a decir. Al salir de la curva invadió mi carril y la primera reacción que tuve fue la de dar un volantazo, suficiente para no colisionar y precipitarme barranco abajo para acabar estrellándome con una encina.

Cuando todo esto viene a tu cabeza, es cuando realmente eres consciente de todo lo que ha pasado, de que todo lo que estas “viviendo” no es en realidad una pesadilla y es en ese preciso momento cuando toda tu vida pasa ante ti. No dura un segundo como dicen y ni mucho menos recuerdas solamente las cosas más importantes de tu vida. Es increíble la cantidad de recuerdos que podemos acumular a lo largo de nuestra vida y que permanecen encerrados en algún lugar perdido de tu memoria. Cuando estéis muertos recordareis estas palabras.

 

No se cuantas horas permanecí recordando mi vida, pero se había hecho de día y mi cuerpo ya no se encontraba dentro del vehículo. Supuse que me habrían llevado a algún lugar en el que velar mi cuerpo, pensé en el tanatorio de mi ciudad y como si de un truco de magia se tratará allí me transporté. Si volviera a morir me habría ahorrado este trago tan amargo, no había tenido en vida una experiencia tan amarga. Si de por si perder a un familiar es una experiencia triste y poco grata, imaginaos asistir a tu propio funeral. Todo eran llantos y desconsuelos, y sin poder evitarlo yo también lloré. No lloraba por mi muerte, al fin y al cabo, todos tenemos que llegar y pasar por ella. Lloraba por ver a los que me rodeaban así de tristes y preguntándose una y otra vez “¿Por qué?”.

 

Durante las horas que estuve en el tanatorio vi como a mi madre y mi novia tuvieron que administrarles calmantes, y ninguna de las dos pudo despedirme en el cementerio por el estado en el que se encontraban. Mi padre lloró desconsolado cuando introdujeron mi ataúd en el nicho. Mi hermana depositó dentro una fotografía mía en la que aparecía jugando con mi sobrina en su primer cumpleaños y besó mi ataúd. Quise decirles a todos que estaba allí, gritar que aun no me había ido, pero no tenía voz, se había esfumado con mi cuerpo.

 

El cementerio quedó vacío, sobre mi lápida había sido depositada la camiseta del equipo de futbol donde jugaba, con el número 9 a la espalda. Permanecí allí quieto un largo rato, todo a mi alrededor era silencio y soledad, el sol comenzaba a ocultarse tras los pinos que flanqueaban la valla del recinto. Una pregunta me sacó de mi ensimismamiento: ¿Quién conducía aquel vehículo?

 

Vagué toda la noche por la ciudad, visitando todos los lugares que evocaran recuerdos de vida pasada. Recorrí los oscuros pasillos de mi antiguo colegio mirando cada uno de los dibujos navideños que lo decoraban, paseé por la pista de fútbol donde cada miércoles por la noche disfrutaba con mis amigos de un rato de diversión y rememoré las tardes en que siendo aun un crio mi hermana me llevaba a la biblioteca para perderme entre sus libros durante horas. Llegué a la puerta de casa, no había luz dentro, me imaginé que sería tarde y mis padres estarían dormidos. Una vez dentro descubrí a mi padre sentado en un sillón, a oscuras, mirando al infinito. Pasé delante de sus ojos con la intención, pero sin esperanza, de que me viera. No lo hizo. Vi lágrimas en sus ojos. Solo quería decirle que no llorara más, que estaba allí con él. No pude soportar más esta escena y dejé el salón para visitar a mi madre. Estaba dormida en su cuarto, sobre la mesilla una caja de Valium. Me acerqué a ella con el propósito de besarle la mejilla. Por supuesto que no lo hice, pero ella se revolvió en sueños y me nombró. ¿Había sentido mi presencia? Ojalá hubiera sido así.

 

Dejé mi casa y “caminé” hacia el lugar del accidente. Por el camino decenas de preguntas se agolparon en mi mente, preguntandome por aquellos momentos que no viviría: ¿como habría sido el día de mi boda? ¿que se sentiría al leerle un cuento a un hijo? ¿les ayudaría a hacer los deberes? ... Esas sensaciones que nunca tendría pues alguien me las había arrebatado.

 

 Permanecí junto a la cuneta durante horas, junto a una corona de flores en la que se podía leer: “Tus amigos no te olvidan”. Y junto a la corona un corazón enorme de tela en el que se podía leer: Erase una vez…

 

Ese corazón se lo había regalado a mi novia el día de nuestro primer aniversario como novios, cinco años atrás. Era un regalo muy simple pero que tenía un gran significado para nosotros. Y ahora se convertiría en nuestro lugar de encuentro.

 

En un principio intenté no pensar en ella, ante la posibilidad de que al desear verla, me apareciera. No pude evitarlo y así ocurrió. La encontré delante del ordenador, viendo fotos y nuestras y escuchando un disco con baladas que le grabé en nuestro tercer aniversario, en ese momento sonaba una triste balada. Me coloqué frente a ella y la mire a los ojos, enrojecidos pero aun así tan hermosos como siempre. Vi que sonreía mientras hacia “click” con el ratón, sentí curiosidad por saber que le hacía tanta gracia. Había dejado de pasar fotos y se había detenido en una en la que aparecíamos patinando sobre hielo, yo estaba caído sobre la pista (jamás aprendí a patinar) y ella de pie me miraba sin parar de reír. Yo también sonreí (o hice algo similar en aquel estado). Me entraron unas ganas enormes de abrazarla entre mis “brazos”, pensé fuertemente en ello y lo deseé más que nada en el mundo. Volvía a tener cuerpo, al menos a mis ojos. No sabía que significaba aquello, pero no me iba a parar a pensarlo. Posé mi mano sobre la suya, que reposaba sobre el ratón, y noté su pulso. Ella miró sobresaltada y me miró a los ojos, no me vio pero sintió que estaba allí con ella, cerró los ojos y una sensación de felicidad la invadió. Aquello no duró más de cinco segundos pero hizo que todos los sentimientos que me apenaban desaparecieran para siempre de mi interior. En mi solo existía la felicidad. Permanecí toda la noche junto a ella, abrazándola mientras dormía y sintiendo su corazón dentro de mí. Éramos solo uno. La besé y cerré los ojos.

 

Ha pasado exactamente un año desde todo aquello. Y por desgracia para la tranquilidad de mi familia (y de los demás conductores) no se ha detenido al responsable del accidente.

Espero que mi historia sirva para concienciar a la gente y evitar que ocurran tragedias como esta. No solo por los que nos fuimos sino por los que se quedan, que son realmente los que sufren en vida.

¡FELIZ NAVIDAD!

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