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10 min
CUIDADORES DEL MONTE VIRGEN
Varios |
05.12.18
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Sinopsis

<<Y todo parece indicar que hay más y más cosas extrañas que, de algún modo, se encuentran relacionadas con nuestra naturaleza, con nuestros montes vírgenes. Y, quizás, don Clodomiro tenga razón: Podría haber otros a quienes importan nuestros montes vírgenes, nuestros campos, más que a nosotros mismos>>.

Parte I

En el último instante de la tarde, mientras el sol caía, hace una semana atrás, vi como se aproximaba lentamente don Clodomiro. Traía en su andar más que el cansancio habitual. Cargaba un montón de historias que quiso compartir con los peones y conmigo.

Don Clodomiro tiene la piel del color de la tierra, de hecho, parece un trozo de tierra más. Y sus profundas arrugas lo particularizan aún más. Su cabello entrecano, si bien le da ese aspecto de hombre mayor, no manifiesta su edad real. Y si a eso le sumamos su vitalidad, sus movimientos bastante ágiles en general, que lo asemejan a alguien de cuarenta y cinco o poco más, parece mentirnos cuando dice: "Tengo, así como me ven, setenta y pocos años, no más que eso. Aunque no sé bien cuando nací, porque eso de la cédula, en el campo no marchaba antes. Solo en el pueblo. Y al pueblo iban mis padres... menos, mucho menos que lo que voy a ver a un médico yo".

Cuando apareció frente a la tranquera cercana a los galpones eran como las seis y media de la tarde. Teníamos el fogón encendido y aprontaba un mate. En la parrilla apenas empezaba a chillar un trozo de carne, chorizos y varias achuras. Esparcidas entre las brazas unas batatas calentábamos.

–Buenas tardes don Clodomiro –lo saludé al verle llegar.

–Buenas... Si usted lo dice −contestó el viejo. Vengo medio cansado y me pregunto si esta noche me podría brindar un techo pa' descansar. Se lo pagaré con algunas lonjas que traigo a cuestas.

–Faltaba más don Clodomiro. Nada tiene que pagar. Usted siempre es bienvenido en este rancho. Pero pase y tome unos amargos que la tarde se puso fría.

  –Gracias don Rodrigo –contesta. Tan amable como de costumbre. Tengo una grapita aquí, que calienta más que el mate. Si gusta... la compartimos.

Don Clodomiro fue peón de estancia en sus años mozos, hoy un caminante permanente. Anda de estancia en estancia compartiendo saberes, historias y llevando noticias de otros lares que todo el mundo gusta conocer por boca del viejo. Esto es así por su forma de contar las cosas, un tanto ceremonial y, a la vez, un tanto mal hablado. Su voz grave es muy rara. Tiene un dejo de sonido metálico, extraño, pero que en todo caso lo hace, de algún modo, agradable. Esto es lo que lo hace bienvenido a donde quiera que vaya. Lleva, muchas veces, noticias de situaciones que pocos conocen. Pero nadie sabe cómo hace él para enterarse. No suelta prenda al preguntarle. Recursos de viejo, supongo yo.     

–Sabe, don Rodrigo...   –así empezó a desembuchar historias el viejo– usted como capataz debe saber sobre eso de la soja ¿verdad?

–Pues sí, algo. El rendimiento es alto por hectárea en estos días, pero tiene sus contras. ¿Por qué lo dice?

–Justo por eso de los contras –apresuró la contestación. Verá... si le cuento esto es porque hace años que nos conocemos. Como treinta o cuarenta, según estimo. Sabe que no ando con vueltas, ni con mentiras. Sin embargo, lo que le contaré, eso justamente le parecerá.

 –Diga nomás, pero apure un trago y agarre un trozo de chorizo seco que tenemos para rato –lo estimulé a contar. El frío recién empieza y esta llovizna se las trae.

El viejo acomodó el larguero. Los peones terminaron de llegar y cada uno tomó su lugar en derredor del fuego. Siempre la venida de algún paisano convida la ronda, el truco. Se tiene algo para compartir siempre.

Mirando fijamente al fuego fue dando forma a su relato: <<En estos días pasados anduve cerca del río, allá por el oeste. Da pena verlo tan desnudo. Grandes extensiones de bosquecillo virgen se perdieron. Me da pena, reitero, mirar el río y descubrir sus curvas llenas de basurales, plásticos y desperdicios tóxicos que echan pa' matar el yuyo.

Hace tiempo que, en las noches, veo unas luces que van y vienen. Yo no sé que son, pero no es la primera vez que las veo. No sé si ustedes las vieron también. Unas luces que pasan como bólidos, de varios colores. Cada tanto se ven, pero desde hace un tiempo que las veo más seguido...>>.

El aire estaba empezando a enrarecerse. El humo del tabaco de los paisanos se fue mezclando con el humo del asadito. Pero también se fueron extraviando las miradas. Sin embargo, por momentos los peones hacían bromas referentes al tema que narraba el viejo. De hecho, más de uno, en los últimos tiempos, había venido con historias semejantes. Por lo que el relato, poco a poco, caló hondo en la paisanada. 

Don Clodomiro prosiguió entre algo de tintillo, que empezó a correr, y porciones de achura con batata: <<Las luces, creo yo, son las mismas que mi abuelo llamaba "cuidadores del monte virgen". Mi abuelo era medio indio, es decir, era indio por parte de su madre. Su padre era un español que se juntó con una aborigen. Ellos, los indios que habitaban estas tierras, tenían sus leyendas. Mi bisabuela le contaba historias sobre gentes que cuidaban el monte, unos tipos altos que nunca hablaron con ellos, pero con los cuales se podían entender. Yo no sé. No sé si serán los mismos, pero desde que empezaron a tirar tantas porquerías a los yuyos el bosque emprendió la fuga, retrocedió, más y más, cada año. Así también las luces las vi con mayor frecuencia>>.       

–Vio que le dije don Rodrigo –saltó “el mota”. Vio que lo de las luces no eran invento. Don Clodomiro también las vio.

–Creo que... puede ser. No dudo de sus palabras o las tuyas 'mota'. Pero cómo saber que son estos seres. ¿No será otra cosa? Hacen tantos experimentos hoy por hoy. Y ni hablar de estos que andan con soja. Estos que tiran paquetes grandes con drogas de avionetas. Qué se yo. Hay tanto en la vuelta.

–Pero... ¿será que estos de las drogas andan en esas cosas que vuelan tan rápido que les perdés el rastro al instante de verlos y que giran como bólidos? Mire don Rodrigo, soy viejo y muchas cosas no entiendo, pero creo que ni los yankis tienen aviones tan veloces. Aunque usted sabrá más del asunto, usted lee el diario en la cosa esa, la que parece un televisor. No sé...

 

 

 

 

Parte II

 

La noche siguiente a la llegada de don Clodomiro la tertulia siguió. Al igual que el viejo, en esas circunstancias, llegó a la estancia un profesor de la universidad, acompañado de un joven con quien había estado en unas cuevas al este del país. Ellos también habían visto luces. Creo que eso abonó más el terreno en relación a las historias de don Clodomiro.

El profesor y el hombre que lo acompañaba se quedaron a pasar la noche porque se les averió la camioneta en que viajaban. Como a las 9 de la noche estaba pronto un guiso de porotos, cerdo, mondongo y más. Otra vez, corrió el vino y las historias afloraron con pausa, como la voz del viejo Clodomiro. 

 Otros peones, aparte del "mota", contaron cosas que dicen vieron aquí en la zona o en otras partes, en lugares donde trabajaron en el pasado.

Creo que el momento más fuerte fue cuando el profesor y el joven que lo acompañaba mostraron en la pantalla de su notebook las imágenes grabadas por una cámara, mientras pernoctaban en una cueva al este del país. Nos quedamos todos mudos. En silencio mirábamos el monitor.

Don Clodomiro recordó que, siendo joven, como peón de estancia, anduvo por el interior de unos campos en la zona céntrica del país. Aunque aclaró que un poco hacia el norte. En esas andanzas se topó, junto a otros arrieros, con unas piedras donde estaban dibujadas unas cosas parecidas a las que vio en la pantalla. Pero casi no recordaba dónde estaban esos campos. En esos detalles quizás, puede notarse la edad del viejo.

Clodomiro sacó un cigarro y se puso a fumar. Entre voluta y voluta fue dibujando signos circulares y dijo: <<Como estos espirales es lo que vi en aquellas pinturas en las piedras. También había unas manos pintadas y dibujos de pájaros y otros animales. No recuerdo si había otras cosas, pero esas líneas circulares las recuerdo bien. De hecho, había más de una pintada sobre las piedras>>.

  Uno de los peones que seguía con atención el relato comentó que había visto algo similar: << En el cielo había como unas nubes que formaban unos círculos, que partían del centro. Como el espiral para matar los mosquitos. Pensé que podría ser algún avión a chorro, pero no había visto ningún avión. Me pareció extraño, pero... no pude comentar con nadie, porque en ese momento estaba de camino y a caballo. Andaba tras una tropilla de caballos que estaba muy alejada. Alguien los había visto desde la ruta y avisó al capataz. Hoy que sale el comentario lo recuerdo como ayer. No sé si tiene que ver, pero era una espiral como esa que vimos, pero en el cielo. Era en momentos que el sol empezaba a clarear>>.   

Me pareció que el profesor éste podría dar alguna suerte de explicación y lo encaré de frente.

–¿Usted qué piensa de todo esto señor profesor? ¿Hay o no hay relación en este conjunto de espirales?

–Don Rodrigo... la verdad que no sé. A ciencia cierta no podría afirmarle nada. Pero resulta interesante toda esta catarata de información que están proporcionando en este fogón. Si usted me permite me gustaría tomar nota, mantener entrevistas con los peones como con don Clodomiro. Crear a sí una suerte de mapa de los avistamientos. Quizás esto ayude a esta investigación.

Fíjese que la exploración empezó por unas figuras que vio el amigo que me acompaña, en estas cuevas que recorrimos hasta ayer. Y todo parece indicar que hay más y más cosas extrañas que, de algún modo, se encuentran relacionadas con nuestra naturaleza, con nuestros montes vírgenes. Y, quizás, don Clodomiro tenga razón: Podría haber otros a quienes importan nuestros montes vírgenes, nuestros campos, más que a nosotros mismos.   

Pedro Buda

2015

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    "...un medio de prensa informaba que la casona estaba siendo usada para albergar a menores y que ellos, los chicos, estaban asustados porque dentro del enorme lugar, un cuarto específico, estaba habitado por un fantasma".

    Salvatore es un joven que está a punto de casarse. Fue un criado de don Abelino y su familia desde los cinco años y trabajó desde los seis. Le solicita a su actual empleador que lo ayude a encontrar a su familia. Por intermedio de un sacerdote, amigo de su empleador, se entera que su padre, don Estanislao, aún vive.

    Cuando entré miré en derredor, busqué con la mirada algo que me indicara dónde preguntar por el paciente, a quien iba a acompañar, esa noche.

    "...El campo fue barrido por un gigante. Ellos lo vieron."

    En este cuento sobresale el perro compañero, amigo, que cuida a su humano de las inclemencias del tiempo.

    Hace un par de años atrás, un poco más un poco menos, se dio un fenómeno meteorológico de impacto profundo y de muy corta duración. Sucedió en un poblado de pocos habitantes. Ese día desarrollaban sus habituales rutinas. Todo parecía normal. Sin embargo, repentinamente, sobre el medio día casi, algunos pobladores vieron aproximarse, de modo extraño, un grupo de nubes. Hasta donde era posible ver, la ciudad y el campo, quedaron casi a oscuras.

    En este cuento titulado “Oro al final del tornado” un matrimonio de campesinos logra hacerse de un puñado de lingotes de oro en medio de un inesperado tornado. Es parte del libro <<Variaciones sobre vientos>>.

    “Remolinos en la siesta” es un cuento donde el viento y el calor son protagonistas que inciden sobre la naturaleza y sobre los habitantes de una tierra marcada, a la hora del medio día, por el sonido de las chicharras.

    Una mujer, un perfume, una casa pueden no ser lo que parecen.

Me considero un escritor pues parte de mis días están dedicados a esa actividad. Crear o recrear situaciones y personajes es un trabajo que disfruto realizar. Firmo, generalmente, bajo el seudónimo de Pedro Buda.

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