cerrar

Esta web utiliza cookies

En nuestras webs utilizamos cookies propias y de terceros para mejorar tu accesibilidad, personalizar y analizar tu navegación, y mostrarte publicidad, incluidos anuncios basados en tus intereses. Si continuas navegando, entenderemos que aceptas su uso. Si deseas más información, puedes acceder a la Política de Cookies y a las Condiciones de Uso y Política de Privacidad.

11 min
Culpable
Drama |
23.08.14
  • 5
  • 1
  • 1602
Sinopsis

Me levanté de la cama de un salto, sudando y con los músculos doloridos, como cada madrugada. Me lavé la cara, me vestí con lo primero que encontré y salí de casa bajando las escaleras a saltos, sin ni siquiera desayunar. ¿Aunque quién desayuna a las tres de la madrugada?

Cogí mi pequeña vespa y arranqué rápidamente en dirección al puerto. A esas horas las calles estaban desiertas, y el silencio mandaba entre esos bloques grises llenos de tristezas y vidas truncadas.

No tenía ni idea de cómo lo haría, pero estaba decidido. Había pasado demasiado tiempo renunciando a mi mismo, a mi identidad; escondiendo mis sentimientos, creando una corteza férrea alrededor de mi corazón que me permitiese vivir entre ese estiércol sin derrumbarme, olvidando quién soy y quién me hizo así.

Mientras conducía, encogido de frío, pensaba en Marta, aquella preciosa chica que cayó en el error de enamorarse de quién no debía… siempre confió en mi parte buena, y pagó por ello un alto precio, demasiado alto. Aún siento su peso en mis brazos cuando la abrazaba mientras los últimos suspiros se escapaban de sus labios, y la sangre brotaba de la herida abierta en su pecho. Antes de perder la luz, sus ojos verdes me miraron fijamente:

- No olvides quién y cómo eres. Tu eres mejor – murmuró, con un brillo desesperado en la mirada.

- Shh…tranquila, respira. Todo va a salir bien, te vamos a llevar al hospital – en esos instantes fui consciente de su inminente final.

- No…tú mereces algo mejor…mírame – la miré fijamente-. Deja de creer que eres una mierda, este no es tu sitio. Confía en ti, cómo yo lo hice…

Fue disminuyendo el ritmo de las palabras hasta que no se oyó más que un hilo lejano. Apoyó su cabeza en mi pecho, respiró entrecortadamente…y se fue.

 

Aquél recuerdo inundó de rabia mi cuerpo; tuve que reducir la velocidad, estaba conduciendo demasiado rápido inconscientemente. Pagarían por lo que le hicieron a Marta. Y a tantos otros.

 

Esa noche iba a ser la última de mi vida.

 

 

 

 

Aparqué la vespa fuera del puerto. Eran las tres y media;  llegaba puntual. No se veía ni a un alma, ni siquiera el vigilante: ya sabía cuando tenía que desaparecer durante un rato.

Me dirigí al punto de encuentro, el muelle 32. Allí es uno de los lugares donde descargaban la mercancía, dependiendo de quién hiciese la ronda por la noche. Detrás de una pila de contenedores estaban las siluetas de tres hombres. Silbé tres veces antes de acercarme, y cuando respondieron me aproximé lentamente.

- Siempre a la hora, perfecto – dijo Marcos. A su lado estaban sus dos guardaespaldas, que le seguían como perros falderos. – El jefe te ha delegado a ti la vigilancia del desembarco, nosotros nos esperaremos hasta que llegue la lancha y luego te dejamos a ti las riendas. Pero compórtate, que ya sabes qué carácter tiene.

Asentí con la cabeza, sin responder. Estuvimos unos minutos en silencio, esperando, mientras escuchábamos el suave sonido de las aguas tranquilas del puerto. De repente Marcos me soltó:

- Por cierto, Alex, siento lo de tu chica. No fue nada personal, pero sabía demasiada información -. Me dio una palmada en la espalda, en un absurdo intento de tomar confianza. – No te preocupes, ya encontrarás a otra.

Me guiñó el ojo y se giró. Estuve a punto de abalanzarme sobre él y romperle el pescuezo, pero tuve que contenerme.

- Yo pensaba que hoy tenía que aparecer por aquí el jefe – le comenté.

- Sí, pero le dolían las rodillas, empieza a estar mayor. Así que me dijo que se quedaría descansando en casa.

- ¿En su casa, o en casa de su ex-mujer?

- En su casa –me respondió. -¿Por qué preguntas tanto, tú? ¿Eh?

- No, no, era curiosidad. Perdona, no debí entrometerme.

- No lo vuelvas a hacer. Los curiosos terminan en el fondo del mar –respondió con tono amenazador. Me dio la espalda, acercándose a sus fieros guardianes.

Acto seguido saqué la pistola silenciada y disparé una, dos y tres veces. Los tres hombres cayeron al suelo sin un ruido, como si hubieran sufrido un ataque de sueño. Un sueño del que no despertarían.

“Cabrones”. Salí apresuradamente del puerto. La lancha llegaría en una media hora, y al ver los cuerpos avisarían a don Pepe. “Tengo treinta minutos para llegar. Lo mato, lo mato”.

 

La visión de una próxima venganza me estimulaba, inyectándome una sensación de cínica satisfacción. Faltaba muy poco para que todo terminase.

 

 

Había hecho de chofer para él más de una vez, sabía donde se encontraban sus casas y cuál era la que más frecuentaba, así que conocía perfectamente el camino a seguir. Mientras conducía pensé en Marcos; él fue quién ejecutó a Marta a sangre fría, aunque solo siguiera órdenes. Merecía morir. “¿O no? ¿Acaso soy yo diferente, mejor? ¿No he hecho lo mismo que él?

Pero yo no había matado a un inocente, y la raya que la separa de un culpable es muy clara.

Ese era el motivo que me aferraba a creer en las últimas palabras de Marta, en un posible cambio, en una vida mejor, sin odio, armas y muertes.

Intenté apartar esos pensamientos de mi mente; me estaba acercando a casa de mi objetivo, y no podía estar distraído.

Aparqué la vespa tres calles antes de llegar a su portal. Las manos me sudaban mientras sacaba las llaves; miré el reloj, tenía aproximadamente quince minutos para acabar con todo y desaparecer.

Empecé a andar a buen paso, sin ver a nadie por la calle. Como más me aproximaba a ese portal, más nervios se apoderaban de mi cuerpo, y las dudas afloraban en mi cabeza. Acababa de matar a tres personas. Asesinos, sí, pero yo no lo era. Hasta entonces.

“Piensa en Marta, piensa en Marta. Ella creía en ti…cree tu también en ti”, me dije.

La casa de mi jefe era un pequeño chalet en medio de dos bloques de pisos, tampoco muy altos, y un jardín estrecho pero repleto de plantas te conducía a la puerta de entrada. Piqué en el interfono, y respondió una voz gruesa. Era Wally, su guardaespaldas personal, un armario de dos metros con la fuerza de un rinoceronte. Con ese no contaba.

- Wally, soy Marcos. Tengo que hablar con don Pepe, ha habido un problema en el puerto cuando esperábamos la entrega.

Esperé unos segundos, y luego la puerta del jardín se abrió sin mayor contestación.

 

A ambos lados de la puerta de entrada crecían dos lavandas, desprendiendo un intenso olor. Rocé una de ellas con las manos, para impregnarme del perfume. Me tranquilizaba.

Wally abrió la puerta; sus ojos negros y su mentón me indicaron que pasara. Al entrar al luminoso salón, observé que tenía otra cicatriz en la cara para la colección: tenía dos en la frente, una entre los ojos, tres en la mejilla izquierda, una en la derecha y ahora la última, esta vez un corte en la mandíbula derecha de unos seis centímetros.

- ¿Otro regalito? – le dije con sorna, señalándole la herida.

- Sí – gruñó, entre dientes. Nunca decía dos palabras seguidas.

- Bueno, ¿dónde está? – los nervios se habían evaporado y el nudo del estómago disuelto; estaba tranquilo, tenía la ventaja de la sorpresa.

Me hizo otro movimiento de mentón y empezó a andar. Y le seguí.

No podía acabar de otra manera y cómo lo haría. “Entro en su despacho, espero que salga Wally y le disparo en la cabeza. Cuando salgo y Wally me acompañe a la salida, le disparo en la cabeza. Limpio el arma, la dejo en su mano y desaparezco”. Me lo había repetido mil veces la noche anterior, mientras intentaba descansar un poco. Aunque definitivamente no es cómo contar ovejitas.

Desde fuera la casa parecía más pequeña. Traspasamos por tres habitaciones, entramos en un pasillo, dónde había las escaleras para subir al segundo piso. Las pasamos de largo, y nos detuvimos al fondo del corredor, delante de una puerta doble de madera, robusta e imponente. El estudio.

Wally pico tres veces, y otras tres veces, y hasta tres veces más para que don Pepe gritase con voz ronca desde detrás de la puerta:

- ¿Qué quieres Wally? ¡Pasa, o habla…pero no te quedes ahí parado!

- Ha venido Alex Duarte, de la plantilla de Marcos. Dice que ha habido problemas en el muelle.

- Qué pase.

Entré en la habitación. Era un estudio bastante amplio y de techo alto, con las paredes completamente forradas con estanterías, a su vez completamente repletas de libros, algunos amontonados en el último piso por falta de espacio, e incluso había alguna columna de revistas amontonada en el suelo.

Un piano y una gran mesa rectangular eran los únicos muebles que había en la habitación éstos y el sillón que presidía la mesa, ocupado ahora por don Pepe. A sus setenta años, aparentaba veinte menos, tanto física como mentalmente. Llevaba el pelo gris recogido en una coleta que le llegaba a los hombros, vestido con un albornoz de seda magenta, y se le notaba cansado.

- Buenas noches, siento molestarle a estas horas –empecé. Wally no había salido de la habitación, estaba de pie en la puerta, justo detrás de mí.

- Cómo ves, no estaba durmiendo – tenía muchos papeles encima de su escritorio -. Dime, habla. ¿Qué ha pasado?

Eso no entraba en el plan. Tener al gorila dentro de la habitación dificultaba mucho la situación, y yo empezaba a ponerme nervioso otra vez. Tenía que perder algo de tiempo, o dispararles a los dos tan rápido como pudiera.

Pero se me ocurrió algo.

- ¿Conocía usted a Marta, la chica que se encargaba del bar que usted tiene en el centro?

- Sí, muy guapa era esa chica. Y muy buena camarera, hay que decirlo – miró por encima de sus gafas de media luna, intrigado -. Dices que ha habido problemas en el muelle. ¿Qué ha pasado?

- ¿Y porqué decidió matarla entonces, don Pepe? ¿Si era una chica tan guapa y trabajadora? – quería ver su cara cuando le cuestionaban, a él, al rey del narcotráfico, a quién todo el mundo teme.

Su tez curtida había dejado de sonreír, e incluso ese bronceado dejaba entrever una leve palidez; de ira, quizás.

- Creo que no he oído nada. – dijo lentamente, con rabia contenida. ¿Qué coño ha pasado en el muelle?

“A la mierda” – pensé. Tengo los recuerdos de ese momento muy borrosos; saco la pistola, alcanzo a ver su expresión de sorpresa, un disparo en la cabeza. Me giro. Wally se mueve, un disparo, no le doy. Él dispara, creo que no me toca, yo le disparo. La bala le perfora el abdomen, él se detiene. Otro disparo, ésta vez en el pecho. Cae desplumado.

Salí de la casa rápidamente, sentí un dolor intenso en la costilla: la bala me había rozado; no había perforado la carne, aunque sí rasgado la piel.

Pero lo había conseguido. Estaba fuera del juego.

Lo había conseguido. Habían pagado por su crimen. En ese momento me sentía eufórico, pero sereno a la vez. Marta podía descansar en paz.

Llegué donde había aparcado, arranqué la moto y fui a mi casa. Todo había acabado.

 

 

Esa noche aún no lo sabía, pero nada había acabado. Todo al contrario. Resultó que don Pepe no era más que un emisario, como un gobernador de una colonia, y que hice enfadar a quién no debía.

Esto lo supe la noche en qué vinieron a por mí, estando yo interno aún en el psiquiátrico de las afueras, y es que resultó que matar a tanta gente me trastornó un poco.

Pero no os preocupéis, no consiguieron cogerme. Nunca pueden. 

Valora
y comenta
Valora este relato:

Quedan 0 caracteres

Es necesario que valores antes de comentar
Comentarios
Valoraciones
Otros relatos del autor
  • 22
  • 4.49
  • 340

Escritor frustrado, aprendiendo a vivir, y aprendiendo a aprender.

Tienda

La otra cara de la supervivencia

José Luis Durán (Ender)

€2.99 EUR

En tardes de café

David Loreiro (Lore) y Adrián Durá (Novato)

€2.99 EUR

Chupito de orujo

Mayka Ponce

€2.99 EUR

El secreto de las letras

José Luis Durán (Ender)

€2.99 EUR

Grandes Relatos en Español

Bécquer, Zorrilla, Emilia Pardo Bazán, Galdós y otros.

€4.95 EUR

Vampiros, licántropos y otras esencias misteriosas

Lore y Ender

€2.99 EUR

La Vida Misma

Teodoro Bama, Joene, L.J. Salamanca, Ender, Poyatos y Miranda

€4.95 EUR

Cuatro minutos

Jesús Fernández (Lázaro)

€2.99 EUR

De frikimonstruos y cuentoschinos

Teodoro Bama

€2.99 EUR

Sin respiración

AndreSinSiesta, Zenon, Stavros, Venerdi

€3.95 EUR

Cien años de sobriedad

Álvaro del Valle (Poyatos)

€2.99 EUR
Creación Colectiva
Hay 17 historias abiertas
Relatos construidos entre varios autores. ¡Continúa tú con el relato colectivo!
11.09.20
10.03.20
Encuesta
Rellena nuestra encuesta