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8 min
De Cacería
Drama |
14.06.18
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Sinopsis

El recuerdo de un viaje de caza.

Si hay algún suceso que recuerde con especial cariño, ese sería sin duda la primera vez que mis compañeros me invitaron a ir con ellos de casería. Era alrededor de las 12:00, el sol era tan fuerte que invitaba más al descanso que a la diligencia. Las horas perfectas para tener algún partido de golf o duelos de tenis, aunque claro, nosotros éramos poco menos que refinados, y no realizaríamos tareas así de pretenciosas.

 

Salió entre las típicas charlas casuales, como cuando juegas al domino o a la baraja. Solo que esta vez estábamos atornillando las bayonetas en la punta de nuestras carabinas. El color del metal oscuro contrastaba enormemente con el armazón de madera, e igualmente, la culata del mismo material. Todo esto con el olor a pólvora quemada de fondo, debido a los tiros de pruebas que solíamos realizar todas las mañanas antes de jugar al Black Jack, y de sentarnos frente a los barriles de combustible a comer pinole y darle unos cuántos sorbos a la botella de tequila que guardaba en el armario de madera de roble y que ocasionalmente se mezclaba con el agua de Jamaica. Y los vasos de vidrio brillantes que dejaba en el mueble junto a las lámparas de aceite y las cartas con mala ortografía y de los que ocasionalmente bebía pensando en Marcela, y de ahí me inspiraba para todas y cada una de ellas. Pero claro que ella no lo sabía.

 

Salimos por la tarde con nuestras armas en mano, que anteriormente recargamos, frente al campanario, pesaba tanto como mis pesares más profundos; me temblaban las manos, eso era cierto, no tanto de miedo, sino de emoción. Eran 6 los viajeros, que caminaban por el sendero de hojas marrones, césped verde y sombras chinescas. Me divertían bastante esos dibujos que se formaban.

 

Por orden de mis compañeros tenía que estar alerta ante cualquier sonido, ya fuera de algún animal o de una tetera. La sangre me hervía cuál té del mediodía, que tomaba pavoroso a la espera de las mulas del correo, mientras me quedaba observando atentamente alrededor, detrás de la mesa, mientras recordaba aquellas frases rebuscadas que se suelen dar para impresionar a tus amigos en el bar. Nos creíamos filósofos y/o cualquier otro tipo de erudito de alguna civilización antigua, aunque la verdad, ni siquiera sabíamos sumar 2 y 2. No éramos más que perros, queriendo maullar como gatos, sordos, tratando de tocar música o humanos luchando contra la ineluctable modalidad de lo visible.

 

En esos momentos, admito, que encontraba cierta fascinación por matar seres vivos, se sentía mi superioridad como especie, se sentía como una especie de escalada con nuestros fusiles de asalto y cuchillos de casería, por las montañas empinadas, llenas de nieve roja, hasta llegar a la cima de la cadena alimenticia. Era un sentimiento que compartía con mis compañeros durante esa época, pero del que ahora mismo me avergüenzo ¿O quizás? inconscientemente, me avergonzaba desde antes, pues nunca se lo comenté a Marcela y eso de que fue un orgullo para mí, algo de lo que le presumía a todos mis semejantes durante las tibias charlas en el bar y de paso, en mis paseos dominicales por antros y burdeles.

 

Fuimos directos a la selva, como le llamábamos, aunque no era más que un bosquecillo, que se quemaba a cada rato. Los animalitos no salían, como si fueran consientes de a lo que veníamos, mi compañero hacia estúpidas señas con la mano, que más que atraerlos por su afinidad, pulida de meses contando chistes en bares de mala muerte con juegos de azar, cómos los que yo solía visitar en mi época juvenil, y danzas folclóricas, los ahuyentaban más.

 

No ha de ser difícil imaginarse la sorpresa mesclada con angustia, y diluida poco a poco, cual café en polvo sobre una taza de agua dejada hervir al sol, en un sentimiento de emoción, cuándos nos encontramos con nuestro primer animal. Aquel ser impuro y rumiante y sin pesuña, con esos ojos rojos y la cabellera blanca, cual piel de negro con vitíligo, que producía una extraña sensación al estómago y al paladar, observando plácidamente, esperando pacientemente el día, en que todos y cada uno de nosotros, muriéramos de paro cardiorrespiratorio.

 

Le apuntamos con nuestras armas, todas a la vez, como si se tratase de alguna abominación digna de mitos griegos, códices indígenas o relatos bíblicos, él ni siquiera se inmuto ante las amenazas. Su mirada nos traspasó el alma. Yo retrocedí temiendo que la creatura leyera mis pensamientos, y se diera cuenta de los mil y un secretos que aún le oculto a Marcela, y se los contara, uno a uno, con una sonrisa en el rostro, mientras ella me mira con cara de desprecio.

 

Disparamos, pero el maldito no sería tan fácil, los esquivo todos y se fue corriendo hacia el agujero. Definitivamente lo íbamos a perseguir, correríamos por el más rápido que la luz, violando todos los principios relativistas, correríamos a esa velocidad sin importarnos terminar produciendo una dilatación temporal tan grande, que el tiempo se doblaría cual calcetín recién lavado por la mañana de un día lunes, pues todo el domingo y el sábado estuvo nublado, hasta terminar con nosotros persiguiendo a nuestros yo del pasados, nada temiendo de cualquier paradoja, en una escena retrospectiva que se repetiría indefinidamente.

 

Fue rápido, pero nosotros lo fuimos aún más, lo sacamos de aquel agujero, a él y a toda su maldita familia, los encerramos en jaulas de metal, que compramos en el fierro viejo. Unas pequeñas jaulas de forma ligeramente ovalada que pese a estar llenas de abolladuras, cumplía perfectamente su función de retener a las creaturas mitológicas mientras nos preparábamos para regresar a casa.

 

En total fueron 9, 2 para cada uno, menos 2 para Iván que se acobardo y no disparo, y menos 1 para Simón pues nos ofreció su parte. Los comimos hasta el día siguiente, pues era miércoles de ceniza, pusimos papeles en sombrero y rifamos al cocinero y al final le toco a Alberto preparar la comida.

 

Ellos se me quedaron mirando a la cara, mientras yo afilaba de cuclillas mi cuchillo de bismuto, me dio mucha pena matarlos, pena que derivó en un fuerte dolor de estómago causa de la bilis generada por los regaños y castigos de la niñez, mientras yo dejaba cada vez la tapa del baño levantada y le decía a todos si tenían o no permiso para entrar, y mis fuertes eructos acedos que molestaron a mis compañeros y el hollín que se generaba en las ollas a presión con los remedios caseros, hasta que a base de purgas finalmente se me quito.

 

Nosotros esperábamos plácidamente mientras comprábamos y comíamos y degustábamos gustosamente, botanas con forma de paraboloide y veíamos películas en blanco y negro desde el proyector, que apuntaba a una sábana blanca que hurtamos del hospital y fijamos con cuerdas para caballo, que también hurtamos, a las paredes de la casa.

 

Ahora que lo pienso detenidamente, quizás fue una pésima idea la rifa del cocinero, pues al final Alberto quemo la mitad de los conejos, se acabó la sal, y tiro una botella de vino que se desperdigo por el piso, junto con los trocitos de vidrio, que formaban prismas de forma irregular, acompañados de aquel líquido rojo, formando un charco color vino tinto, como la sangre que salía de mi pierna aquella vez que me dispare por accidente durante una prueba de puntería que tuvimos en el bar.

 

Era de un rojo profundo, como rubí escarlata, brillante ante los rayos del sol, y un olor a chamusca mesclada con alcohol que se le quedaría pegado en la nariz hasta el día de su muerte, frente al árbol de las acacias.

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