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9 min
De como transformar el mundo sin proponérselo - II Parte
Amor |
30.09.17
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Sinopsis

Lutero y su lucha por purificar la Iglesia

 

 

     

II Parte.


            El Renacimiento floreciente en Italia llegó a Alemania, aunque más como una preocupación que como tendencia nacional. La filosofía humanista en Italia sólo rozó a un grupo muy limitado y, en Alemania tomó una orientación religiosa. Juan Reuchlin destacaba sobre los demás humanistas. Escandalizó a los dominicos que regentaban la universidad de Colona, al publicar una gramática y un diccionario en hebreo, lengua prohibida. Lo más interesante que publicó este grupo de Reuchlin fueron las “Cartas de los Hombres Oscuros”. Una sátira que se burlaba del oscurantismo de los dominicos, los cuales querían quemar las obras no cristianas. El joven Martín se había enterado que Erasmo apoyaba al grupo Reuchlin y como era su admirador, eso le agradó porque con el tiempo sintió que sus propias ideas estaban muy cerca. En 1502 conoció a Erasmo y ambos disfrutaron al intercambiar ideas.

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          Alguien le recomendó a Lutero, que leyera el Nuevo Testamento, y así lo hizo. Su admiración se centralizó en los textos de Pablo. Lo que más lo impresionó fue la conversión de éste. Pablo, había nacido en Tarso, Cilicia en Asia Menor. Por lo tanto pertenecía a la diáspora, que significa que era un judío en dispersión o exilio. Eso hacía que no pesara en él el estrecho nacionalismo de los hombres de su pueblo. El paso del odio a la aceptación del cristianismo le permitía sustentar una doctrina tolerante con la interpretación ecuménica. Por eso sintió que el mensaje de Cristo era para toda la humanidad, Trascendía la idea de un pueblo elegido y sus beneficios se extendían para judíos y gentiles.
El Nuevo Testamento ejerció una gran seducción sobre Martín. Sintió que hablaba de un Dios tan irracional y arbitrario como el del Viejo Testamento, pero ¡amoroso! Era tanta la fe que despertó en él, -y tal vez, por influencia de un puritanismo extremo propio de los pueblos teutones-, que caía en una profunda sensación de desamparo cuando consideraba su amor no fuera suficiente ante los ojos de Dios. Pensó que obraba bien pero no para complacer a Dios sino tratando de concretar sus intereses. Por lo tanto, se decidió a cambiar de vida. Cuando leía Somos pues de su linaje y no debemos adorar oro o plata, ni piedra ni escultura que provenga de la imaginación de los hombres en Hechos 17:29, comprendía que no podía continuar con el mandato de su padre. Ya no le interesaba el poder terreno ni la riqueza metálica. Al estudiar la historia constató que la Sagrada Providencia había dispuesto deliberadamente el nacimiento y la caída de los imperios. Se dije a sí mismo ¿por qué no pensar que también Dios es como un padre que tutela a cada uno de los individuos


          En su juventud,  su vida era presa de la pasión de los sentidos; una fuerza irresistible lo impulsaba a buscar placeres inconfesables, el deseo carnal lo invadía y ensombrecía su alma. Su cuerpo se encendía y embriagaba con los efluvios mezclados del gentío, los vinos, los perfumes de mujeres, en los días sandungueros de las ferias.  Durante años luchó contra esas debilidades, esforzándose en conseguir la salvación. 

           Alcanzó el grado de maestro en filosofía, sin embargo los logros no lo alejaban de la tristeza y desasosiego que solían invadirlo. ¿Cómo hacer -preguntaba- para dominar las distintas fuerzas que lo impulsan? Hasta entonces no había tenido intención alguna de abrazar el estado clerical. Pero la muerte de su amigo Alexis acentuaron angustias y temores. Por esta época sucedió algo que fue como la llamada de Dios a Pablo. Al retornar desde su casa a Erfurt, se desencadenó una fuerte tormenta y cayó un rayo a su lado: entonces, aterrorizado, invocó a santa Ana: «Prometo hacerme fraile». Después le comunicó a su padre que estudiaría teología. Él se encolerizó y trató de disuadirlo sin conseguirlo. Martín estaba decidido y ese mismo día ingresó a la Orden de San Agustín. Su edad era de 21 años.

.          A su alrededor, el mundo iba cambiando: los feudos se debilitaban, el poder real crecía o viceversa, según en qué lugar de la tierra estuviéramos parados. Surgían nuevas formas de economía dineraria, se extendía el comercio. El tiempo y el espacio se hacían mensurables por fuera de las academias escolásticas. La curiosidad científica se potenciaba con los viajes a lejanos países o con los choques culturales ante nuevos territorios. Sin embargo, las nuevas teorías de Copérnico sólo le causaban grandes carcajadas apegado como estaba al viejo mundo campesino. Las noticias de estos cambios le llegaban como un brumoso telón de fondo, inmerso como estaba en la conciencia mítica medieval de la comunidad cristiana que se corporizaba en Roma, la cabeza del mundo. Siempre exigiéndose más y más, Martín se atormentaba castigándose físicamente Perseguía la santidad con ayunos, horas interminables de vigilias, torturas y mortificaciones que según él, le permitirían alcanzar la salvación. Nada de eso lo tranquilizaba.        

          En 1507, celebra su primera misa y es tanta la emoción que lo embarga que sus nervios lo llevan a cometer varios errores en el transcurso de la misma. Además esos errores son presenciados por su padre y la sensación de que éste lo viera como un fracasado lo pone en un estado de furia y dolor. Como vemos, la presencia del padre gravita extraordinariamente en Martín. Alguien le avisa que su padre se va sin saludarlo y él intenta disculparse por su triste comportamiento, pero el padre le reitera su deseo de que tuviera que haber sido abogado. Martín le replica diciéndole que había recibido la llamada de Dios y su padre se burla cruelmente de él, al haber confundido la caída de un rayo y el miedo que eso le produjo,  en una señal de Dios.    

          En 1509, el vicario general de los agustinos, Dr. Staupitz, intercede para que sea nombrado catedrático de Filosofía en la flamante Universidad de Wittenberg. Durante ese año se graduó de Bachiller en Teología y comenzó a dar cátedra de Teología Bíblica. Martín, al conocerlo le había confiado sus dudas y constantes angustias. El Dr. Staupitz supo escucharlo y aconsejarlo. 
Alrededor de 1511, y ya con profundos estudios realizados Martin fue enviado a Roma. Cuenta que cuando tuvo ante su vista la legendaria ciudad, cayo de rodillas y en un gesto de entrega, propia de alguien que ha sido tocado por un poder divino, exclamó: –¡Te saludo, Roma Santa!- y agradeció el privilegio de conocer la cuna de la cristiandad. Algunos dicen que le bastó un mes para conocer y formarse la peor opinión sobre la ciudad santa que tanto había admirado a la distancia. Se vio inmerso en un mundo de sensualidad y boato. Sus sentidos impactados por las madonas de Andrea del Sarto, de Rafael.  En sueños lo visitaban mujeres amorosas de carnes mórbidas;   más de una vez despertó con su cuerpo mojado y su mente confusa gritando desesperadamente: –“No soy yo… No soy yo”

          Se entrevistó con confesores incultos que tomó por cardenales. Visitó las reliquias que se guardaban en las distintas capillas y monasterios y no se emocionó mucho cuando estuvo ante la soga con que se ahorcó Judas. 
Quiso conocer los servicios caritativos para con enfermos y apestados. Comprometido con la verdad dio testimonio de la caridad privada y el sentido común municipal, escribiendo en sus notas: “los hospitales están graciosamente construidos y admirablemente provistos de excelente comida y bebida, así como de servidores cuidadosos y médicos capacitados.” Un creciente odio a ese mundo frívolo le fue invadiendo el corazón. Todo, -incluido el mismo Dios-, estaba a la venta. La misma fe era destruida por el Vaticano. Al volver de Roma, se ordenó sacerdote.

          A partir de ese momento, empezó a trabajar con intensidad. Daba clases de filosofía, enseñaba teología en la flamante Universidad de Wittemberg, fundada por Federico de Sajonia. Colaboraba en la administración del convento; tuvo grandes aciertos y también cometió grandes errores. Los estados de angustia reaparecieron. El vicario general de la Orden intentaba ayudarle aconsejándole la introspección:
 –“Contempla las llagas del Crucificado y de ellas emanará la luz de la salvación”. “No es Dios quien te atormenta; eres tú que te torturas a ti mismo”.
 

         La lectura de San Pablo y de San Agustín iluminaron su espíritu. Dios no es justicia ni venganza. Dios es amor. Ni la oración, ni el ayuno, ni la mortificación, o las obras de caridad tienen valor ante Él. Sólo la fe, hace que conceda los dones del Espíritu Santo: la Salvación y la vida eterna. Su amigo Erasmo, se distanció de él cuando comprobó eso. Consideró que Dios estaba con él y le había revelado estas verdades: Dios desea que el hombre sea justo. La salvación es un capricho divino que otorga generosamente mediante la gracia. 
Pero, pensó, si cada ser humano sólo debe confiar ciegamente en el mensaje del Evangelio, se desprendía de esa premisa que no hacía falta una clase sacerdotal, mediadora ante Dios. Tampoco hacía falta que administrara los sacramentos. Todo hombre era un sacerdote. Propone así el sacerdocio universal.

           A partir de estas ideas, dedujo que Dios lo tenía en cuenta. 

Continuará

 

 

 

 

 

 

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