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5 min
De cortes y cicatrices (Mejorado)
Reales |
05.07.13
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Sinopsis

¿Qué piensas cuando te cortas? Esta es la versión editada de mi antiguo relato, ilustra la realidad de muchas situaciones que han vivido los jóvenes. No eres psicópata porque te cortas, tampoco eres masoquista ni loco, solo quieres escapar aunque sea por un instante de los problemas, aunque esta no sea la mejor forma. Aclaro, NO ESTA BASADO EN UNA HISTORIA REAL AUNQUE MUCHOS CHICOS/AS PASEN POR SITUACIONES PARECIDAS.

Mi habitación esta a penas alumbrada por las luces que llegan desde el salón, penetrando por debajo de la puerta y las fisuras en ella. Iluminan un poco mi rostro, encandilándome, aunque apenas le doy importancia. En mi mente solo aparece, una y otra vez, la pregunta que me hizo mi mejor amiga hace unos días.

¿Por qué te cortas, Samanta? –Pregunto en ese momento Carolina, la morocha de cabello negro que no podía ver más allá de salir cada fin de semana y traer un nuevo novio, pero, en esos instantes, sin poder esconder la mirada de asco, pena y otras emociones que cruzaron su rostro.

No sé porque le importara a ella, viviendo una vida superficial y vana mientras yo tengo que aguatar este infierno que cada vez me pesa más: en el cuerpo, en el alma. La puerta de la calle se abre, siento el aire frio colándose por las rendijas de la entrada de mi cuarto contra la que estoy apoyada. Sé  que pronto comenzaran las voces elevándose cada vez más hasta que la situación ya no encuentra retorno posible.

No me equivoque, minutos después la voz de mi madre y mi padrastro discutiendo penetran en mi cerebro hasta que casi no me llegan mis propios pensamientos. Percibo como las lágrimas caen por mi rostro cuando trato de tapar mis oídos, amortiguar aunque sea un poco los insultos hacia mi madre. “Puta”, “Regalada”, “Zorra” entre otras palabras penetran por las rendijas de la puerta, directas hacia mi corazón que las recibe como un puñal.

¿Cuántas veces he vivido esta escena? Ya no recuerdo días felices, momentos de familia feliz que no estén manchados por esa sombría nube de maldad y alcohol.

Poco a poco camino hacia mi único refugio, hace poco descubrí que el dolor me ayuda a no pensar, realiza un mapa de estrellas frente a mis ojos hasta que los cierro. Meto la mano en mi mochila de la escuela hasta encontrar mi cartuchera: de flores rosas y celestes, abriéndola encuentro mi escape.

Es un trozo de plástico protegiendo una delgada lámina de metal cortante que me ayuda en los momentos que, como este, se me hacen interminables. Me acomodo en mi cama, cubierta de un delgado acolchado blanco, tomando la manga de mi campera, descubro mi brazo izquierdo por donde corren cicatrices blancas. Líneas apenas perceptibles en la piel bronceada pero que eran mis llamadas “cicatrices de guerra”. Ellas cuentan las historias que mi mente ha olvidado y encerrado en lugares perdidos para no tener que recordarlos, susurran todas esas escenas que nunca tendría que haber vivido a mi edad. Gritan las verdades de mi vida, esta que no es como la que tendría que vivir.

Elijo un ángulo cerca de mi muñeca, donde ya han tantas otras marcas que otra mas no se notara tanto. El ruido de vidrios rotos y gemidos de dolor que vienen del comedor me dan el coraje para realizar el corte que me llena la cabeza de una sensación que me hace querer gritar, aunque esta vez de algo muy diferente a la impotencia anterior.

Pronto vuelvo a la realidad, encontrándome con más ruidos que se dé que son. Nuevamente esta sucediendo, las lágrimas caen más fuertemente por mi rostro mientras muerdo mi mano cuando mi mama comienza a gritar que la suelte pero el sonido de tela rasgándose llena la casa. Quiero correr, salir de mi cuarto y sacarla de las manos de ese animal. Pero sé que de hacerlo sería yo quien estuviera en su lugar, y soy cobarde. Mis piernas no responden del miedo porque aunque ame a mi madre en el fondo soy egoísta y pienso “mejor ella que yo”.

No soy mejor que él. También la utilizo, aunque solo que como escudo. También la lastimo.

Agarro con más fuerza la cuchilla y hago otro corte, esta vez más profundo que el anterior, quiero llegar a un lugar negro en donde no tenga que seguir pensando en que soy una alimaña igual que ese hombre detrás de la puerta. Y hago otro más profundo que nunca, cruzando los limites cuando la sangre se comienza a derramar rápidamente sobre mi acolchado blanco, ahora de un color rosado que transforma el ambiente de una forma grotesca y tétrica antes que mis ojos comiencen a pesar de una forma que nunca antes he experimentado.

El dolor me lleva, me transforma, me aleja de los gritos y maldiciones hacia una luz brillante que me absorbe como si no fuera nada. Finalmente solo queda el silencio antes de que mi mente desaparezca eternamente. 

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  • Este relato no tiene comentarios
  • Porque aun en la sombría penumbra del desconsuelo puede surgir una amistad.

    Porque ella siempre guardaría el secreto que nunca debió enterarse.

    ¿Qué piensas cuando te cortas? Esta es la versión editada de mi antiguo relato, ilustra la realidad de muchas situaciones que han vivido los jóvenes. No eres psicópata porque te cortas, tampoco eres masoquista ni loco, solo quieres escapar aunque sea por un instante de los problemas, aunque esta no sea la mejor forma. Aclaro, NO ESTA BASADO EN UNA HISTORIA REAL AUNQUE MUCHOS CHICOS/AS PASEN POR SITUACIONES PARECIDAS.

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