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12 min
De esponjas espaciales y miedos terrenales
Ciencia Ficción |
10.07.19
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Sinopsis

Que se haga la vida

 Y dos fuerzas del color de la miel se hicieron polvo entre ellas. Fornicaron no desde la medianoche hasta el amanecer; sino hasta crear la medianoche y el amanecer. Una inseminación que duró una eternidad convirtió el vacío en vacío y a la vida en vida. Algunos niños chillaban en brazos de madres que miraban de reojo y con recelo; pues había nacido el tiempo. Y el tiempo trajo consigo la vejez, la muerte y la transmutación. La vida que crearon murió en pañales, podrida bajo una negligencia infantil de escalas inconcebibles. Gusanos roían los genitales de lo que nunca llegó a ser y lo convirtió en un cadáver inerte y pequeño, que yacía en la oscuridad de una pieza, entre ropa sucia y basura. Entonces llegaron ellos, del cielo. Pero antes llegaron las ratas, y el rostro del infante ya no estaba.

 

En un cubículo gris de un edificio gris

 Fue una noticia nonata; cayó en el olvido ante fuertes contendientes como la nueva operación estética de una pasa de uva rehidratada, o el enésimo reencuentro amoroso de una pareja casi olvidada por las cámaras. Algún oficinista encorvado sobre una computadora gris angosta como un pelo navegaba por internet, y leyó fugazmente: "Primer contacto extraterrestre confirmado por fuentes Rusas". Alguna profesora, luego de escribir catorce puntos a resolver por los alborotados niños, deslizaba los dedos maltratados por la tiza sobre la pantalla de su celular, y tan solo llegó a leer: "Primer contacto extrate..." En total diecisiete personas abrieron el artículo, y Eduardo estaba furioso.
-Le dije; le dije mil veces que esto a la gente no le interesaría.
-Estamos en pleno auge dramático, y para ello empleo a mis empleados más dramáticos. Usted escriba los artículos que yo le digo.- Y volvió su pelo totalmente cano y lacio, caminando con sus anchas cinturas hacia la salida del cubículo.
-Pero le podría dar artículos de calidad si me diera una oportunidad -dijo para sus adentros, pensando en los lascivos comentarios que podría hacer sobre el más nuevo implante de la mujer que ahora alcanzaba tonos agudos altísimos en la radio.
 Y siguió buscando información. Llamando a número desconocidos y remotos, descifrando palabras y viendo como el número de personas que leía su artículo se estancaba.
  Algunos científicos mascullaban en idiomas desconocidos, se rascaban el cráneo, y luego seguían desarrollando televisiones más grandes y menos pesadas; celulares con la inteligencia artificial de un ser omnisciente. Y vasos que jamás, bajo ningún concepto, se derramaban.

 

Colinas como mundos y mundos como colinas

 "Algunos perros son malos. Otros no tanto." Eso me dijo mamá, y eso estuvo rebotando en mi cabeza en todo el trayecto que hicimos en colectivo. Otra vez había discutido con papá, y siempre que hacía eso se iba a algún lugar. Era la primera vez que me llevaba consigo a la casa de su amiga, Eleonora, la cual tenía veinticuatro perros. Grandes, chicos, medianos, flacos, gordos, algunos enfermos, otros juguetones. Todo eso me contaba mientras que la ciudad empezaba a quedar atrás y parecía que nos caíamos en el campo. Algunas vacas flanqueaban el camino y nos miraban con extrañeza para luego seguir masticando pasto. Yo no podía dejar de pensar en los perros.
 Finalmente nos bajamos en un lugar donde parecía que el campo se volvía mar, donde el verde se fundía con el horizonte y el único barco, el nuestro, se alejaba en una nube de polvo amarillo que nos hizo toser a los dos. Mamá abrió una tranquera blanca maltratada por el tiempo y emprendimos la marcha por un camino de tierra por el cual ya empezaban a crecer hierbajos. El olor a jarilla inundaba el aire, y la suave brisa lo mezclaba con la bosta de caballo que se amontonaba en pequeñas pero numerosas pilas al costado del camino. Un escarabajo sonó bajo mis zapatillas de tela y caucho.
 Cinco minutos más tarde una casucha desvencijada apareció en la distancia. Una ventana sucia dejó ver una silueta que desapareció casi al instante. La puerta se abrió y el mundo entero pareció sumirse en un silencio taciturno; expectante. Mamá miró al cielo, como buscando fuerzas. La mujer que se asomaba por el umbral abrió los brazos, y cuando mamá la miró corrió hacia ella soltando los bolsos, y le plantó un beso larguísimo en la boca, como hacía con papá cuando estaban buenos. Me acerqué y se estaban susurrando palabras de consuelo mutuamente, y las dos lloraban. Yo también tenía ganas de llorar, pero miré al cielo, como buscando fuerzas.
 Recién cuando todos habían recuperado la compostura la mujer me hizo un té y me ofreció pan con queso. Recién en ese momento reparé en el pequeño cuarto a unos metros de distancia de la casa. Era de madera, y algo se movía dentro. La amiga de mamá me vió mirando e intentó tranquilizarme diciendo que ahí adentro tenía a sus perros, porque les costaba adaptarse a los visitantes nuevos. Me pareció bien. Me dediqué a comer mientras mamá y la señora se encerraban en una pieza. Los dibujitos sonaban altos, y eso era raro porque mamá había decidido el volumen. Todo estaba muy limpio para lo que sugería la fachada de la casa; hasta las viejas fotos sobre la televisión ancha y antígua parecían limpias a pesar del tono sepia. Un gran modular de madera barnizada sostenía distintos adornos florales y de piedras posiblemente sintéticas. También había una cama que parecía preparada para mí por las frazadas de colores chillones, al lado del mismo modular y preparada para que se pueda girar la tele en su dirección. Le saqué el queso al pan y me dediqué a soparlo.
 Un ladrido interrumpió las voces chillonas que escupía la televisión y algún resorte perdido en el aire de la tarde. Decidí salir a mirar, pero un perro que me llegaba a la boca del estómago me esperaba afuera, mirando con ojos tranquilos hacia el interior de la casa. De repente eran decenas, dispersos, con furia y miedo en los ojos. Ninguno se animaba a soltar el primer ladrido, y la mayoría se movía nerviosamente para luego quedarse quietos por un largo período de tiempo. Yo no me movía, ni un pelo se me movía, pero sabía que el primer ladrido se convertiría en una embestida. Me alejé lentamente, descartando la posibilidad de correr a cerrar la puerta. Y ahí apareció rompiendo la tarde como un trueno, el primer ladrido. Fue el más doloroso, porque parecía un cuerno de guerra. Luego fueron seis. Luego mil.
 Las zapatillas se me patinaron en el suelo de madera mientras que corría presa del pánico a esconderme bajo la cama nueva, gritando entre mi propio llanto desmesurado, astillándome las palmas de las manos para meterme bajo la cama y sintiendo como algunas fauces caninas se me cerraban en las piernas. Logré safarme de los dientes forcejeando y sentí la sangre corriendo por mis piernas. Mi madre gritaba afuera. En el cielo, donde todos buscan algo pero nunca lo encuentran, negras manchas estiraban sus brazos.
Bajo la cama, acurrucado con la espalda contra la pared y sintiendo la humedad inundarme la nariz, veía como los perros tapaban la luz chocando entre ellos desesperados por matarme. Encontré lo que todos buscaban en el cielo y me olvidé de como hablar. Las palabras que venía aprendiendo desde chico se disolvieron en la oscuridad, y los ladridos cesaron mientras se convertían en ecos eléctricos. Vi mares de mercurio donde flotaban ciudades de acero; planetas del color de la miel con infinitos pilares óseos que se estiraban hasta el firmamento, y yo caminaba por ahí, como un espectro. Una cosa que por momentos parecía bípeda y por momentos reptaba me miró con curiosidad, y se metió en un húmedo agujero que parecía contraerse. Un planeta partido en ocho partes giraba cual cubo rúbik, y de sus separaciones se alzaban geiseres de azufre con cada rotación; ciclopeos animales rozaban la atmósfera de su propio planeta y respiraban cianuro, mientras que plateadas gotas se escurrían por sus pezuñas donde cada pelo era diez veces más grande que yo. Había algo que también me miraba a mí, pero yo no lo encontraba; esto me tranquilizaba, pues sabía que no había sido hecho para ser visto.
 Unas fauces amarillentas se cerraron en mi cara y me destrozaron los ojos; alguien le daba escobazos a los perros y mi madre gritaba perdida en su propia histeria viendo cómo la sangre empezaba a fluir de debajo de la cama.
 La mujer salió corriendo con la garganta desgarrada hacia el exterior, pues adentro había mucho olor a sangre y los perros todavía seguían mordisqueando cosas debajo de la cama, a pesar de los golpes. Miró al cielo, como buscando fuerzas, y todo era negro.

 

Nada

 "Nada" resonó en la inmensidad del espacio.
 Algunos dirán que es imposible que en el espacio suene y mucho menos resuene algo, ya que la carencia de cualquier fluido imposibilita la transmisión de ondas sonoras. Pero lo que resonó no fue un sonido en sí mismo, sino la carencia del mismo; y este gritaba, a su propio y extraño modo.
 Tentáculos oscuros como la noche se estiraban por la inmensidad de la nada y se enrollaban en torno a ella absorbiéndola, creciendo, alimentándose de ella. Algunos se aventuraban más allá luego de despejar de nada todo lo que sus largos tentáculos les permitían, y entraban en la atmósfera terrestre mecánicamente, desplazándose entre las cada vez más presentes moléculas gaseosas.
 Algo los atraía del planeta tierra, y cada vez más se abalanzaban contra él.

 

Primer y último contacto

 Música infantil. El berreo de un niño. Una bomba a lo lejos. Un cadáver en el suelo.
Ojos vidriosos, el traqueteo de un tren, un maletín vacío sobre las piernas, y vómito en mis zapatos.
 "Aerogel, el nuevo gel antitranspirante para tus momentos más movidos". Yo estoy movido, mi vida está movida, necesito aerogel ahora mismo. Un banner publicitario electrónico me sugiere un jugo de naranja que de fruta no debe tener nada, pero el color me afloja la vejiga. Salgo corriendo al baño y en el camino casi me patino con orina ajena.
 Un hombre gordo como él mismo me espera sentado en el baño, aparentemente muerto hace mucho tiempo. Le separo las piernas lo suficiente para ver el inodoro debajo y meo por ese estrecho espacio, sobre la mierda del gordo muerto. Aerogel, me rebota en la cabeza.
 Salgo del baño y oh dios mío hay sangre en el suelo. ¿De dónde puede haber salido? ¿Y eso en el baño era un hombre muerto?
"Aerogel, el nuevo gel antitranspirante para tus momentos más movidos". Mi celular vibra y pienso en llamar a la policía, hay un cadáver en el baño. Pero dios mío toda esa sangre de dónde sale.
 Intento marcar pero no hay nadie en la otra línea, en su reemplazo un eslogan publicitario con una voz femenina sexualizada en demasía me sugiere el más nuevo modelo celular, con prioridad de llamadas en especial para los servicios de emergencia.
 "Aerogel, el nuevo gel antitranspirante para tus momentos más movidos". El celular ahora vibra tanto que amenaza con escaparse de mis propias manos. El cielo. Maldita sea el cielo está tan oscuro que parece de noche, pero de algún modo todo está tan iluminado como el más brillante de los días. Tentáculos como el carbón caen reptantes del firmamento.
 Todo el mundo ignora al muerto del piso, menos las moscas. Caras iluminadas pero no por el sol. El olor es insoportable; un agrio cóctel de transpiración y muerte con algunos aditivos aún menos agradables, pero a nadie parece importarle. Una suave sombra, tranquila y larga, atraviesa la traqueteante puerta, entrando a nuestro vagón. Entra por la cien derecha de la primer persona a su disposición, en este caso una anciana, y esta cae de cara contra el piso. Con la segunda sucede lo mismo. Cae apretando el celular con tal fuerza que se escucha el vidrio quebrarse bajo su mano contraída por la muerte cerebral.
 Lentamente se acerca hacia mí, y parece que soy el único que repara en su presencia. Me quedo helado por el pánico, a medida que se abre paso a través de mi cerebro. Por unos segundos se detuvo ahí adentro, tal vez hurgando. Por alguna razón pensé en la muñeca de mi madre moribunda, que tal vez hace una década o dos sostuve llorando. Y ella me acarició el pelo con manos de gelatina. Y un perro ladró afuera. Y un niño gritó gol. Por un segundo el tentáculo se entretuvo; dudó.
 Pero mierda, "Aerogel, el nuevo gel antitranspi..."

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