cerrar

Esta web utiliza cookies

Utilizamos cookies propias y de terceros para mejorar nuestros servicios y mostrarte publicidad relacionada con tus preferencias mediante el análisis de tus hábitos de navegación. Si continúas navegando, consideramos que aceptas su uso. Puedes cambiar la configuración u obtener más información aquí

5 min
De los de lanza en astillero. Memorias de un niño que creíase hidalgo (y V)
Varios |
11.08.17
  • 5
  • 0
  • 135
Sinopsis

Capítulo V. Que trata de cómo alcancé la libertad y mi primera victoria.

El buen juicio y mejor fe de vuesa merced, amigo lector, convendrá conmigo en que el trato recibido hasta el momento rayaba en la ignominia y coincidiremos también de seguro en la conveniencia de la fuga de la posada, pues era ese y no otro, nuevamente, mi lugar de reclusión.

Y yo me disponía a ello, esto es, a fugarme, pues la falta de voluntad nunca fue merma de mi carácter ni habrá de serla mientras la sangre se pasee gallarda por mis venas. Pero como sangre, lo que se dice sangre, me quedaba más fuera del cuerpo que dentro del mismo decidí posponer mi escapada hasta que mi estado mereciese, como antaño solía, los calificativos de lozano y vigoroso, pues era preferible esperar a morir a manos de cualquier maleante que auspiciado por la penumbra, me metiese dos palmos de acero en el cuerpo (o dos palmos de carne erecta, que no sé qué es peor) a cambio de las pocas monedas que pudiera yo , más pobre que las ladillas que me habitan, cargar conmigo. Pues es bien conocido que los inmundos callejones que pueblan las ciudades españolas son más propensos a dar cobijo a este tipo de rateros, navajeros, violadores maricas y demás cabrones sin escrúpulo alguno que cualquier otra urbe del viejo continente.

Como soy, y así lo saben y podrán atestiguar los que bien me conocen, de natural inquieto, agoté mi convalecencia anotando toda incidencia que pudiera serme de utilidad a fin de trazar un plan de escape. Vigilé durante días los horarios en que los posaderos hacían guardia, hice inventario de cuanto utillaje tuviese a mano y entablé contacto con los empleados susceptibles de aceptar soborno. Todo ello trabajo vano ya que mi intelecto, digno del estratega militar que me jacto de ser, obró por cuenta propia e ideó un plan maestro, no por simple menos genial, consistente en abrir la ventana y tirarme a la calle, confiando a Dios mi suerte y a mi constitución oronda la amortiguación de la caída. Y no importome en demasía partirme los dientes porque al fin, como un Breivjart de pacotilla, había alcanzado la libertad.

Bien mereciera lo que a continuación se relata, por extensión y por giro argumental, un nuevo capítulo, pero me abstendré de dotarlo con tal distinción para evitar prolongar aún más las entregas, aún a riesgo de que la lectura de ésta adolezca de longeva.

Y esto es que, habiendo alcanzado el libérrimo estado que mi albedrío requería, encamíneme sin rumbo fijo ni itinerario marcado a donde la soltura de mis pies me dirigiese y que, no habiendo recorrido ni un par de cientos de metros, encontreme de frente con un engendro enano en carrito con capota, guiado por tracción trasera por una lacaya que reíale las gracias que no eran tales y desvivíase en atenciones hacia el diminuto ser. Y en esto que, descuidando la lacaya su labor y apartándose de él, centró éste su atención sobre mí y señalando mis encías ensangrentadas soltaba, con gran desprecio por mi dignidad, sonoras carcajadas. Quise decirle que se guardara de burlarse de mi aspecto si no quería adoptarlo a base de palos, pero la falta de práctica en el discurso sin dientes hizome decir algo parecido a ésto:

-Guafese fuea bercé e furlae e bi asfefto..

A lo que respondió el sujeto con creciente hilaridad:

-Gugu tata, gugu tata.

No sólo burlábase de mis pintas, el muy sinvergüenza, sino que también parecíale risible mi manera de hablar, un tanto estrafalaria por otra parte. La sangre de la boca, entonces, nublome la vista y el entendimiento y sin más remedio la emprendía a patadas y testarazos contra su cabeza hasta que se durmió apaciblemente, si se me permite el eufemismo. A estas alturas, la lacaya habíase percatado del incidente y ya levantaba en vilo en carrito que dejó caer sobre mí repetidas veces. Yo esquivaba como podía la lluvia de golpes, espoleado mi orgullo de guerrero por la victoria sobre el menudo, pero hete aquí que, al grito de ¡policía! Proferido por la lacaya del malogrado enano, aparecieron dos gendarmes con más vocación de cura, por lo de repartidores de hostias, que de resolvedor de entuertos. Ni que decir tiene que me cayó una somanta de palos que todavía me duelen los cojones cuando me agacho.

Cuando desperté me hallaba en la celda que hoy ocupo. El bordado de las sábanas reza “Sanatorio mental para delincuentes menores”. La misma celda en la que, en las paredes y con mis propios excrementos, escribo mis desventuras para la dicha, espero, del lector y la vergüenza del escritor.

Valora
y comenta
Valora este relato:

Quedan 0 caracteres

Es necesario que valores antes de comentar
Comentarios
Valoraciones
Otros relatos del autor

Tienda

El secreto de las letras

José Luis Durán (Ender)

€2.99 EUR

La otra cara de la supervivencia

José Luis Durán (Ender)

€2.99 EUR

Chupito de orujo

Mayka Ponce

€2.99 EUR

La Vida Misma

Teodoro Bama, Joene, L.J. Salamanca, Ender, Poyatos y Miranda

€4.95 EUR

Vampiros, licántropos y otras esencias misteriosas

Lore y Ender

€2.99 EUR

Cien años de sobriedad

Álvaro del Valle (Poyatos)

€2.99 EUR

Grandes Relatos en Español

Bécquer, Zorrilla, Emilia Pardo Bazán, Galdós y otros.

€4.95 EUR

Sin respiración

AndreSinSiesta, Zenon, Stavros, Venerdi

€3.95 EUR

De frikimonstruos y cuentoschinos

Teodoro Bama

€2.99 EUR

Cuatro minutos

Jesús Fernández (Lázaro)

€2.99 EUR

En tardes de café

David Loreiro (Lore) y Adrián Durá (Novato)

€2.99 EUR
Creación Colectiva
Hay 17 historias abiertas
Relatos construidos entre varios autores. ¡Continúa tú con el relato colectivo!
Encuesta
Rellena nuestra encuesta