cerrar

Esta web utiliza cookies

En nuestras webs utilizamos cookies propias y de terceros para mejorar tu accesibilidad, personalizar y analizar tu navegación, y mostrarte publicidad, incluidos anuncios basados en tus intereses. Si continuas navegando, entenderemos que aceptas su uso. Si deseas más información, puedes acceder a la Política de Cookies y a las Condiciones de Uso y Política de Privacidad.

9 min
DE OCULTA CIVITATIS, PRIMER INTERLUDIO. DOC
Suspense |
15.10.13
  • 4
  • 3
  • 2183
Sinopsis

Sé que esto no atará todos los cabos, pero me temo que no me ha salido una historia corta.

DE OCULTA CIVITATIS, PRIMER INTERLUDIO

 

El desgarbado alemán pestañeó incómodo al entrar en la cámara de los espejos, parcialmente cegado por la luminosidad evanescente que conforma la atmósfera neblinosa del segundo plano.

Se frotó los ojos para después mirar a su alrededor, buscando a su Maestro, que pronto apareció en uno de los espejos móviles que colgaban de las paredes curvas.

El espejo, mostrando la imagen de un hombre maduro, de edad indeterminada, con el pelo blanco y largo hasta la altura de los hombros, se deslizó por la pared hasta quedar frente a Eiszeit. Los demás espejos se movieron en una coreografía insondable, reflejando otras manifestaciones del Maestro que correspondían a los movimientos de la principal, aunque no a su imagen.

Eiszeit fijó sus ojos entrecerrados en los del hombre de pelo blanco, dejando que éste le escrutase con serena intensidad, que le reconociese como quien era.

-Te saludo, Eiszeit –dijo finalmente la figura.

Respondiendo con una inclinación de cabeza, Eiszeit se puso sus gafas de sol y se acercó un poco más al espejo. Desde las restantes superficies reflectantes –metales pulidos, cristales, un escudo bruñido- los demás aspectos del Maestro le siguieron con la mirada. Al pasar junto al escudo, que ofrecía la imagen de una niña de corta edad, a medias niña y a medias lobo, Eiszeit sintió un escalofrío.

-Maestro, Jonathan Silencio está tras la pista de algunos de los libros que buscamos.

Las imágenes sonrieron al unísono, asintiendo levemente con sus cabezas.

-Una buena inversión, el joven Silencio.

-Ha vuelto sobre el rastro de Tomás Velázquez. Como sospechábamos, cambió de nombre y personalidad. Se hacía llamar Francisco Largo y murió asesinado, en un pueblo cercano a la ciudad de Silencio.

-Que extraordinaria casualidad, si creyésemos en ellas.

-Cierto, Maestro. He acompañado a Silencio al lugar del crimen. Todo, la casa entera, fue consumido por el fuego. Había muchas hallucigenias. Y ni rastro del cadáver del asesino, que supuestamente murió en el incendio.

El Maestro caminaba de un lado a otro, las manos entrelazadas en la espalda. Al hacerlo, sus diversas imágenes cambiaban, desplazándose entre los marcos, dando la impresión de que se trataba de ventanas en lugar de espejos.

-Encargué a Silencio que siguiese el rastro de los libros que Velázquez tenía en su poder.

-¿Por qué no seguiste tú mismo esa pisa, Eiszeit?

El alemán respiró hondo.

-Señor, la pista de los libros y la investigación de Silencio vinculan a Velázquez con Sebastián Deza.

Todas las formas del Maestro se detuvieron, fijando sus miradas en Eiszeit.

-Eres un genio, Eiszeit. Puede que hayas dado con la clave para romper la tregua.

Decenas de rostros sonrieron desde los espejos.

 

Dean cruzó la primera planta del Museo del Prado sin detenerse a observar ninguna de las maravillas expuestas en él. Como muchos otros visitantes, jóvenes estudiantes de arte o artistas aficionados de cualquier edad, llevaba colgando de su hombro una bolsa de dibujo, con algunas hojas en blanco y un juego de pinturas.

Avanzó por el largo pasillo hasta la sala 29, deteniéndose ante el Saturno devorando a un hijo de Rubens. Se sentó en uno de los bancos, sacó su cuaderno de bocetos y un carboncillo y empezó a trabajar.

Se concentró en la mano derecha del titán, en el gesto de relajada fuerza con el que se apoya en la guadaña que le sirve de báculo, mientras sujeta con la derecha al bebé cuyo pecho desgarran sus dientes.

Trabajó durante una hora, rechazando los dos primeros bocetos. Arrancó las hojas desechadas del cuaderno, dejándolas sobre el banco, a su lado.

Tras otra hora de esfuerzos, Dean logró un resultado satisfactorio. Antes de guardar sus herramientas, se ensimismó durante unos minutos en la contemplación de la obra en su conjunto, en las estrellas sobre la cabeza del titán que aluden a su nombre sin mencionarlo, el único punto de luz en un cuadro tan oscuro y tenebroso que parece rechazar toda esperanza, toda misericordia. El rostro del bebe, con su boca y ojos abiertos en una mueca de terror absoluto, es mucho más maduro de lo que corresponde a un niño de tan corta edad.

Dean reflexionó sobre la inteligencia horrorizada que reflejaba aquel rostro, como si el niño supiese que aquel dolor, aquella muerte inevitable, devorado vivo por su propio padre, era el resultado cierto y necesario de una cadena de acontecimientos tan dura como justa.

Para Dean, ése era el resumen de todo. La justicia debe prevalecer, tanto en su forma de recompensa como en su aspecto de castigo, caras indivisibles de un mismo absoluto.

Había creído en ello y luchado por ello hasta más allá de la muerte, y volvería a hacerlo.

“No es tan impresionante cuando lo has visto en directo”, pensó mientras se levantaba, guardaba sus lápices y abandonaba la sala.

Un minuto después, un hombre de aspecto anodino, uno de tantos turistas que deambulan por el museo, se sentó en el banco frente a Saturno. Mientras miraba la obra, rastreó el entorno con su mente. Nada fuera de lo normal. Ninguna manifestación. Cogió las dos hojas abandonadas por Dean y leyó, en lo que para él era un lenguaje claro y para otros no sería más que una serie de garabatos, ensayo del bocetista para calentar la mano, el mensaje de Dean.

Alguien estaba tras la pista de Sebastián Deza. Alguien estaba dispuesto a alterar la tregua. Ese alguien rompería el tratado de paz entre los Poderes, que prohibía a cualquiera de ellos o de sus siervos Despiertos atacarse entre sí o romper el Velo.

 

 

-Te saludo, Eiszeit –dijo el Maestro.

El alemán, una vez reconocido por su superior, volvió a ponerse las gafas de sol, protegiéndose de la refulgente bruma.

-He vuelto a contactar con Silencio. Me ha llamado hace unas horas.

El Maestro de los Espejos, esta vez manifestando su imagen en una cortina de agua que se deslizaba hacia arriba por la pared de aspecto metálico, asintió cortésmente, dando pie al alemán para que continuase.

-Se ha ofrecido a ponerme en contacto con un librero que pronto estará en posesión de algunos de los libros.

-¿Sebastián Deza?

-Ha sido cauto, no ha dicho mucho más. Pero parece lógico pensarlo.

El Maestro sonrió. No era una sonrisa tranquilizadora.

-Todo empieza a encajar. Nuestro valiente peón se acercará a Deza, y con su habitual y torpe arrojo, le incitará a actuar. Deza usará sus poderes, acabará por usar sus trucos y romperá el velo.

-Y comenzará la guerra.

El Maestro asintió. Paseó, deslizándose por las paredes, casi rota y desdibujada su imagen por el movimiento del agua. Se sentó tras un escritorio de maciza madera antigua, oscura, sobre el que dormitaban un par de gatos de gran tamaño.

-Necesitamos esta guerra, Eiszeit.

-Pronto estallará. Aunque Silencio deba morir para que así sea.

El Maestro asintió, sus facciones reflejando verdadera pena.

-Sentiré que así sea. Pero se ha convertido en la pieza clave para despertar a los Poderes.

-¿Y si los Poderes maniobran para acabar antes con él?

-Si actúan directamente contra él, o si es Deza quien lo hace, será lo mismo. Serán ellos quienes hayan comenzado la guerra, y así lo entenderá el Justicia. Yo seré libre, y la guerra empezará.

 

-Te saludo, Dean.

El joven estudiante de pintura, una vez reconocido, se frotó los ojos y se puso sus gafas de sol .

-¿Cuál es el plan, Maestro? ¿Cómo detendremos esto?

La figura metálica que había frente a él se removió, como un hombre incómodo ante una pregunta difícil. No era más que un conjunto de cadenas de acero, enrolladas o más bien amontonadas en torno a una alta lanza de brillante metal negro, recorrida por chispas de pura energía, que parecía conformar la columna vertebral de su forma humana. Las cadenas se movían como tentáculos orgánicos, dibujando ocasionalmente la figura de un hombre alado, retorciéndose de nuevo para semejar una balanza cuyo brazo era la lanza, o tan sólo un montón informe de metal inquieto. La voz reverberante surgía de cada punto de aquella cosa, sin origen concreto.

-No hay muchas opciones para detenerlo. No es posible detener definitivamente a Silencio, aunque podría desviarse su atención. Tal vez usando a esa mujer, Elena, como distracción o diana.

-¿Matar a la mujer?

-Es lo que yo haría –dijo la figura cambiante-, puesto que eso alejaría a Silencio de la investigación. Mataría su alma, su corazón, al menos temporalmente. Daría tiempo a quien lo necesite para detenerle sin romper la tregua. Si se hace bien, asesinándola por medio de un humano no Despierto, Silencio se volcaría en esa investigación y olvidaría a Deza y los libros.

Dean asintió. No era una opción justa, ni deseable, pero parecía la única salida.

-Entonces, prepararemos la muerte de la mujer.

La figura extendió sus cadenas en un gesto más rápido que el pensamiento, envolviendo en ellas al hombre, como si estuviera dispuesta a desgarrarle, a aplastarle.

-No haremos nada, Din –dijo con furia contenida, usando el verdadero nombre del acólito-, ya que no debemos. Somos la Justicia. Somos la Ley. Supervisamos, juzgamos, castigamos y premiamos. El Maestro de los Espejos ha sido audaz e inteligente –soltó al aterrado joven-. Ese humano reanimado no es un Despierto, y por tanto no romperá la tregua si se enfrenta a Deza.

-Pero Deza sí es un Despierto. Y poderoso.

-Será, pues, Deza y el Poder del que depende quien rompa la tregua, a no ser que ese Poder llegue a mis mismas conclusiones y acabe con Elena Figueroa, o encuentre otro camino que no puedo imaginar. Si todo sigue adelante como parece,el Maestro será liberado, para que pueda ejercer su derecho legítimo a defenderse, y todo será muerte.

-Será el final –susurró Dean, con la cabeza gacha.

-La muerte nunca es el final –sentenció el golem metálico, iluminándose por una energía interior que pareció reflejar sus propias ansias de batalla- La muerte es sólo el principio. 

Valora
y comenta
Valora este relato:

Quedan 0 caracteres

Es necesario que valores antes de comentar
Comentarios
Valoraciones
Otros relatos del autor

Tratando de hacerlo, e incluso, de hacerlo bien. Algún día. Tres novelas publicadas en plataformas digitales, "TIEMPO EN RUINAS", "VIVIR EN EL INTENTO" y "DE ILUSIÓN TAMBIÉN SE MUERE"

Tienda

La otra cara de la supervivencia

José Luis Durán (Ender)

€2.99 EUR

Cien años de sobriedad

Álvaro del Valle (Poyatos)

€2.99 EUR

Cuatro minutos

Jesús Fernández (Lázaro)

€2.99 EUR

De frikimonstruos y cuentoschinos

Teodoro Bama

€2.99 EUR

En tardes de café

David Loreiro (Lore) y Adrián Durá (Novato)

€2.99 EUR

Grandes Relatos en Español

Bécquer, Zorrilla, Emilia Pardo Bazán, Galdós y otros.

€4.95 EUR

Vampiros, licántropos y otras esencias misteriosas

Lore y Ender

€2.99 EUR

El secreto de las letras

José Luis Durán (Ender)

€2.99 EUR

Chupito de orujo

Mayka Ponce

€2.99 EUR

La Vida Misma

Teodoro Bama, Joene, L.J. Salamanca, Ender, Poyatos y Miranda

€4.95 EUR

Sin respiración

AndreSinSiesta, Zenon, Stavros, Venerdi

€3.95 EUR
Creación Colectiva
Hay 17 historias abiertas
Relatos construidos entre varios autores. ¡Continúa tú con el relato colectivo!
Encuesta
Rellena nuestra encuesta