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De todo menos periodismo (IV)
Varios |
13.07.17
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Sinopsis

Pablo intenta sacar adelante Lengua Muerta, su periódico que da voz a las noticias que los medios de comunicación no quieren dar a conocer, si es que se puede llamar periódico a todo esto.

Lengua Muerta nació sin ninguna pretensión. Sabía positivamente que iba a ser muy difícil que el periódico llegase a grandes cantidades de lectores por distintos motivos. El principal y el cual más me desanimaba era el extra de trabajo que me suponía encontrar la noticia a comentar, reunir información, pasarla a papel de una forma mínimamente digna y diseñar desde el mismo ordenador la portada y disposición del texto en el folio o folios que ocupase. Cada tarde al salir del trabajo hacía llamadas a varios amigos y amigas, conocidos y conocidas, con la excusa del trabajo, en busca de noticias poco comunes que, dado su carácter desagradable o debido a tener mensajes contrarios a la corriente general de los grandes medios de comunicación, hubiesen sido desechadas por los grandes imperios de la prensa. Así me volví a poner en contacto con conocidos de la facultad cuyos destinos habían tomado unos caminos totalmente distintos al periodismo, ex­-compañeros de instituto de los que llevaba sin oír hablar toda la carrera, amigos implicados en la organización vecinal de sus barrios y una inmensa cantidad de etcéteras que pasaban, incluso, por preguntar sin vergüenza alguna, de nuevo amparando mi interés en razones profesionales, al dueño del bar de turno sobre qué era aquello por lo que tenía cara de pasa desde que se habían ido los de la cerveza aquella mañana.

A todo ello había que sumar que mi trabajo “real”, el que de verdad pagaba las facturas, iba dando sus frutos. Después de haber cubierto el Congreso de los Diputados aquella mañana, la señora Fustus había puesto buena cara a mis crónicas y artículos, desterrándome de mi cuarto de mantenimiento, dándome un lugar digno en la oficina donde trabajar y enviándome a todo tipo de lugares y eventos con más o menos interés para tomar nota de todo o hacer alguna que otra entrevista sin importancia. A pesar de que no cubría acontecimientos importantes, el pasarme toda la mañana de un lado para el otro y destinar parte de la tarde a ganarme el pan suponía dejar Lengua Muerta y sus quehaceres para otra ocasión o, como pasó alguna que otra vez, para las noches. Todo ello hacía que el periódico, que más bien tomaba forma de gaceta, tuviese un ritmo de publicación tremendamente irregular, lo que generaba aún más problemas.

Desde el principio imprimir por mi cuenta todas las copias se me antojó imposible. La impresora se pasaba funcionando toda la noche y, por poca cantidad que imprimiese, llevaba un ritmo tremendamente lento. Los cartuchos de tinta se gastaban a una velocidad de espanto y mi economía de post-universitario habitante de un hueco en la pared no daba para estar comprando recambios todos los días. Me vi muchas veces abocado a utilizar la impresora del trabajo a escondidas para dar a luz al menos diez ejemplares de mis letras secretas y, aprovechando el apoyo de Pili, la enviaba por e-mail el número de turno para que imprimiese unas cuantas copias en su casa. Me despertaba para ir a trabajar después de haber dormitado entre cartucho y cartucho gastado, con cientos de folios impresos a los pies de la cama esperando a ser ordenados, separados y distribuidos.

Este otro aspecto también se las traía. Por supuesto, no contaba con nadie para la distribución de Lengua Muerta  por lo que, para variar, todo corría de mi cuenta o, en algunas ocasiones, de la de Pili. Recorríamos puertas de instituto y facultades dejando en cada buzón a la vista un ejemplar. Debíamos escoger bien los lugares pues, normalmente, no contábamos con más de trescientos números, por lo que empezamos a desarrollar una ruta de distribución que abarcaba un recorrido en coche de unas dos horas, tiempo que sacábamos de nuestros descansos en el trabajo y tiempo libre. Normalmente veían la luz dos números a la semana y el ritmo se nos hacía imposible de seguir. Cada vez estábamos más cansados y llegó un momento en el que no sabía si había escrito correctamente nada la noche anterior. Entramos en una espiral de cansancio de la que no teníamos tiempo de salir, la cual afectó alguna que otra vez a nuestro trabajo matutino. Me sentía mal por haber metido a Pili en todo esto, especialmente porque todo se ponía cada vez más negro. Tenía miedo de que todo aquello afectase a su trabajo para mal, de que los descuidos se convirtiesen en errores serios y la pusiesen de patitas en la calle por culpa de la gaceta de un crío.

  • Pili – nos habíamos parado en un bar a tomar un café antes de empezar nuestra ronda - ¿por qué me ayudas con todo esto?
  • Porque me recuerdas a mí cuando empecé.
  • Pero, Pili –repuse más serio- tú tienes una familia que mantener ¿no crees que te la estás jugando ayudándome?
  • ¿A qué te refieres? – me miró con cara de no entender lo que decía – No me digas que temes algún tipo de represalia.
  • ¿Por parte de quién? – me reí- Si nadie nos lee…todavía.

Le pegamos los dos un trago al café. Sinceramente, mi carrera acababa de empezar y era el momento apropiado para cagarla. Ya tendría tiempo de arreglar los errores. Pero Pili ya tenía cuarenta y cinco años y toda una carrera a sus espaldas. Agradecía que entendiese mi indignación y, mucho más, agradecía su apoyo.

  • Me refiero al trabajo. Ya van varias veces que la cagamos un poco por culpa del cansancio. Y, sinceramente Pili, yo soy un mindundi que acaba de empezar en esto, no llevo años en ello como tú y, mucho menos, tengo a nadie que dependa de mí. Si me despiden lo peor que me puede pasar es que tenga que volver a casa de mis padres – al pensarlo sudé frío – pero tú…tienes a Miguel y Rocío.
  • Ya lo sé ¿te crees que no lo he pensado? Mira chaval – levantó la mano y me dio una toba en el entrecejo- antes que periodista soy madre y no hace falta que nadie me diga que mis hijos dependen de mí. No esperaba que fueses tan desagradecido.
  • No, no, no, no – corrí a decir mientras me rascaba la zona dolorida-  en ningún momento quería parecer desagradecido. Sin ti esto sería imposible y te estoy tremendamente agradecido.
  • ¿Entonces?
  • Que me da miedo que por culpa de hacerme este favor a mí el cansancio repercuta en tu trabajo y te pongan de patitas en la calle. Ya sabes lo fácil y barato que es despedir ahora.

Pili me miró como si no se creyese que de mi cerebro de veinteañero fuese capaz de salir un argumento tan razonado y pensado. Apuró el café y se quedó mirando el fondo mientras meditaba la respuesta. La imité en un intento desesperado de matar el tiempo de silencio.

  • Tranquilo. Confía en mí. No pasará nada. Soy muy buena en lo que hago. De hecho me atrevería a decir que soy mejor periodista de lo que tú llegarás a ser en tu vida. Já.
  • Bueno, bueno, disculpe ¡Oh, diosa y señora de la prensa! – dije alabándola con brazos y cabeza- Ruego me disculpe su ilustrísima.
  • Disculpado quedas. Tonto.

Aquel día terminamos el reparto relativamente pronto. Pili me dejó en casa, como solíamos hacer y esperó a que entrase en el portal. Entré en casa derrotado y agradecido por no tener que ponerme a escribir aquella noche. Eso me esperaba al día siguiente. Me tiré sobre el sofá y cerré los ojos. El cansancio hundió mi cuerpo en el blando del mueble como si en vez de una persona y un sofá se tratara de virutas de hierro y un imán. Los párpados se me empezaron a cerrar y empecé a oír al sueño susurrarme al oído. Iba a caer, iba a sucumbir al cansancio, cuando sonó el móvil. Lo agarré torpemente moviendo únicamente el brazo y me lo llevé la oreja.

  • Siiiiii –dije sin separar la boca del sofá
  • ¡Pablo! ¡Hombre! ¿Cómo estás, tío?
  • ¿Quién es? – separé la boca del mueble
  • Soy Jose. Jose, el del insti ¿te acuerdas de mí?
  • Hostia , Jose – me senté utilizando todas mis fuerzas, que eran pocas - ¿Qué tal?
  • Bien, tronco.  Escucha,  que he estado leyendo tu periódico este y me encanta.
  • ¡¿Mi qué?! – abrí los ojos atónito.

En los números de Lengua Muerta no figuraba autor alguno. Era una publicación anónima ¿Cómo podía saber que yo estaba detrás de aquellas líneas?

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