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6 min
De visita
Drama |
20.12.20
  • 5
  • 3
  • 266
Sinopsis

Un padre se dirige a llevar a cabo aquella acostumbrada visita, mientras su mente lo lleva a esos recuerdos que preferiría olvidar para siempre.

Cabizbajo, avanzaba moviendo muy lentamente un pie después del otro, casi mecánicamente. El estado de su traje, al igual que el de su corbata adquirida recientemente, delataba la enorme cantidad de veces que lo había usado en las últimas semanas.

No tenía ninguna obligación de hacerlo, pero sentía que era mucho más correcto el hacer su acostumbrada visita semanal con aquella vestimenta puesta, vestimenta que tanto le había gustado siempre a su hija. 

—Como si arreglara algo con eso —pensaba casi todos los días, sabiendo que nada sería capaz de realizar semejante proeza.

No podía negar de quién era la culpa de todo.

Cómo cada semana, mientras transitaba las grises calles de la ciudad, a un paso que dejaba en claro que era un hombre que no hacía ninguna acción a las prisas (se negaba a tomar el colectivo para asistir a este importante compromiso), su mente lo llevaba una y otra vez a aquel recuerdo. Aquel que nunca sería capaz de olvidar, sin importar cuánto lo intentara. Igual que en las ocasiones pasadas, y las que vendrían en el futuro, revivió contra su voluntad esa pesadilla echa realidad. Volvió a ver aquel espectáculo que lo horrorizó y que se manifestó frente a sus ojos después de abrir la puerta de la habitación de su único y querido retoño, Gabriela; su amada hija.

Sin embargo, esa fue una de las escasas ocasiones en la que consiguió detener ese horrible recuerdo, a la vez que las primeras lágrimas hicieron su aparición, logrando dirigir sus pensamientos por una dirección diferente.

No obstante, algo muy dentro suyo no lo dejó en paz, como siempre. El pensamiento que pasó a ocupar su mente en esos momentos no había llegado para darle el alivio que tanto necesitaba.

—¿Por qué actué así? —se recriminó a sí mismo, provocando que el recuerdo de esa noche, pocas antes de la que arruinó toda su vida, comenzara a acosarlo desde aquel preciso instante hasta llegar a su destino—. Pude defenderlo… digo, defenderla… Parece mentira que ni siquiera a estas alturas sea capaz de decirlo bien…

Sin proponérselo, y en contra de su voluntad, se vio a sí mismo sentado frente a la mesa del comedor de su casa, bebiendo cerveza y jugando felizmente a las cartas con tres de sus amigos más cercanos, ignorando por completo lo que ocurriría poco tiempo después; como también lo simple que le habría resultado evitar semejante suceso, en retrospectiva.

Al igual que en las reuniones anteriores, el nombre de Gabriel no tardó en ser mencionado, provocando la incomodidad eficazmente disimulada de su padre, quien no perdió tiempo en contestar lo mismo que en las pasadas ocasiones: que aún no regresaba de su visita a unos parientes de otra ciudad.

Mientras esperaba a que el semáforo le diera autorización para cruzar la calle, su odio hacia sí mismo comenzó a aumentar, como siempre que recordaba aquella nefasta mentira que tantas veces repitió, así como la actitud que manifestó mientras esa charla progresaba.

Como en cada juntada, ésta pronto giró en torno a sucesos ocurridos recientemente alrededor de nuestro basto mundo ¿Habrá sido el destino el que quiso que saliera a colación el suicidio de aquel muchacho de otro país (cuyo nombre no recordaba), cuya homosexualidad, escondida durante tanto tiempo, nunca fue aceptada por las personas cercanas a él? ¿Habrá sido un aviso que él no pudo ver? Imposible de saberse.

Cruzó la calle furioso al recordar como se había quedado callado mientras sus amigos mencionaban casos similares, ocurridos en fechas diferentes entre sí. Rechazos familiares debido a la orientación sexual de las víctimas de éstos, o a conflictos con su identidad de género; derivando en depresión, a raíz de estos problemas, y acabando en suicidio en la mayoría de estos casos. Nunca le cupo duda de que Gabriela había oído todo lo dicho.

—Decíles algo —se ordenó a sí mismo, al verse tan callado y avergonzado ante esa situación—. Defendé a tu hija.

Lamentablemente, le era imposible alterar lo que ya había pasado. Sólo podía contemplar, como si de una película se tratara, el hecho de no haber reaccionado de ninguna manera mientras sus camaradas hablaban sobre como estaban de acuerdo con la postura de esas familias, y sobre como "todos esos se tienen que morir".

—Como si no han tenido suficiente teniendo que vivir con la vergüenza de tener de familiar a uno de esos enfermos —dijo uno.

—Sí, encima van y se matan cuando tratan de ayudarlos, haciéndoles más sano todavía —le contestó otro.

—No tienen perdón de Dios —acotó el tercero.

Era en ese punto cuando el recuerdo siempre comenzaba a tornarse neblinoso 

Pero nunca le importó eso, pues a esas alturas él ya estaba en el cementerio, frente a la lápida de su querida Gabriela, contemplando aquel nombre grabado en ésta.

Mientras estuvo viva él se negó a usar este nombre para referirse a ella, llamándola Gabriel siempre (las pocas veces que le dirigía la palabra, pues vivía encerrada debido al deseo de su progenitor de que nadie la viera en aquel estado). No obstante, se encargó de que su tumba sí llevará escrito ese nombre, el que ella tanto anhelaba oír ser pronunciado por su papá.

—Por favor, perdóname hija —susurró, con los ojos rebosantes de lágrimas, como siempre que llevaba a cabo esa visita—. Perdóname, Gabriela.

Cruelmente, la imagen del cadáver de su amada hija, hallada por él en ese fatídico día, colgando del techo de la habitación en la que la había encerrado, regresó para atormentarlo aún más.

—Yo te maté —exclamó, abrazando la cruz de la tumba, pues nada más podía hacer, además de vivir lamentando su proceder por el resto de su vida—. Yo te maté…

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