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6 min
¡Déjala descansar!
Suspense |
12.11.17
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Sinopsis

Todos los días de todos los meses desde hacía veinte años, la anciana enfilaba el camino del cementerio con su paso cadencioso, lento, decrépito...y siempre que el último rayo de luz de sol se escondía tras el horizonte la anciana se plantaba frente a la última casa al lado del cementerio y rompía el silencio de la aldea en un grito hondo, que le salía de las entrañas...¡Déjala descansar!

Todos los días de todos los meses desde hacía veinte años, la anciana enfilaba el camino del cementerio con su paso cadencioso, lento, decrépito. Sus ropajes negros de incontables lutos contrastaban con los colores mortecinos de las escasas casas que iba dejando atrás en su lúgubre paseo. Algún aldeano miraba distraído por el ventano de su mísera casa y al ver a la vieja pasar se recogía en su sala de estar y echaba más leña al fuego, ya que el paso de la anciana anunciaba el anochecer, porque siempre, siempre que el último rayo de luz de sol se escondía tras el horizonte la anciana se plantaba frente a la última casa al lado del cementerio y rompía el silencio de la aldea en un grito hondo, que le salía de las entrañas.

  • Ahhhhhhhhhhhhhhhhh, Ahhhhhhhhhhhhhhhhhh

Y al instante, empezaba su letanía.

  • ¡Déjala descansar! ¡Déjala descansar!- Gritaba aporreando la puerta.- ¡Déjala descansar!

La gente del pueblo la ignoraba, la consideraban sólo como una molestia que llegaba con el anochecer; pero ya nadie en la pequeña villa conocía el sentido de sus palabras. Los que las habían llegado a conocer hacía ya tiempo que se habían ido, y el recuerdo se convirtió en habladuría y la habladuría en indiferencia; pero no para todos: en la primera planta de la casa cuya puerta aporreaba la anciana un hombre de unos cincuenta años y aún bien parecido se sentaba a una mesa con vistas a la calle, y todas las noches cuando llegaba la anciana el hombre se servía una copa de vino y la miraba embelesado con los ojos arrasados por las lágrimas, y para él, cada noche, el rostro de la decrépita anciana rejuvenecía hasta la época en la que aquel hombre había llegado a la aldea hacía más de treinta y cinco años junto con su familia: su madre, una triste ama de casa y su padre, un enterrador. Y así se instalaron en aquella casa al lado del cementerio. Y todas las noches recordaba la primera vez que vio a Elvira en el pequeño colegio donde apenas aprendían a leer y a contar con un viejo ábaco. Recordaba su pelo rubio como los campos de cebada, sus ojos azules como el cielo azul de la primavera y aquella sonrisa cándida que le alegraba el corazón. Y recordaba también como se hicieron novios. Elvira y Antonello se volvieron inseparables, no podían ser el uno sin el otro, su amor llenaba la pequeña aldea. Y así pasaron los años, y los padres de Antonello murieron y él se hizo cargo del cementerio, y Elvira y Antonello vivieron felizmente en aquella casa al lado del cementerio.

  • ¡Déjala descansar! ¡Déjala descansar!- Le llegaban los lamentos de la anciana desde la puerta.

Pero su pequeño mundo de felicidad rodeado de miseria pronto se vio brutalmente sacudido. Elvira enfermó de tuberculosis. Antonello la cuidó, abrió nuevas ventanas en su casa para mejorar la ventilación, le dio de comer a diario y la arropaba cada noche. Pero todos los delicados cuidados de su enamorado no fueron suficientes. Elvira falleció entre toses convulsas y sanguinolentas.

  • ¡Déjala descansar! ¡Déjala descansar!

Antonello apuró la copa de vino de un trago y se tapó los oídos con las manos. “Cómo la voy a dejar descansar si no puedo quitármela de la cabeza ni un segundo” Pensó. “Si desde que murió yo me quedé ahí con ella, parado en el tiempo como un reloj roto” Antonello se asomó a la ventana y observó a la anciana. Recordó su rostro sonriente y amable en aquellas charadas que seguían a la cena de Nochebuena y a las partidas de guiñote que siempre le ganaba mientras Elvira tocaba una vieja guitarra española al amor del fuego. Recordaba aquella maravillosa época de felicidad que la tuberculosis se llevó. Se lo llevó todo igual que un torrente de un rio desbocado arrasa con todo a su paso; pero a él lo dejó, lo dejó sólo, y lo dejó parado en aquel instante, ya no hubo futuro ni presente para él, tan sólo aquel momento congelado para siempre.

La noche fue avanzando entre los alaridos de su vieja suegra, y ya cuando salió el primer rayo de sol, los lamentos cesaron. Vio como la anciana se encaminaba con paso lento camino abajo. Antonello suspiró y se lavó la cara con agua fresca que almacenaba en un barreño junto al fuego. Un nuevo día comenzaba para él. Tendría que ir al cementerio a acabar de poner una lápida que le habían enviado desde la capital. Una vez aseado se puso su viejo abrigo para protegerse del duro frío del invierno; pero antes, como era su costumbre antes de salir a trabajar, entró en su dormitorio y se sentó sobre la cama.

Ahí yacía Elvira, con su rostro bello y joven intacto, tal como era en el momento de su muerte cuando ella tenía poco más de veinte años, el embalsamamiento había parado el proceso de putrefacción y su busto parecía de porcelana. Antonello besó sus labios fríos como el mármol y le acarició el rostro suavemente. Los años habían marcado el rostro de Antonello y habían vuelto blancos sus cabellos remarcando el contraste de edad con el cadáver de Elvira.

  • Tu madre se acaba de marchar- le dijo levantándose de la cama- Hoy volveré tarde, no me esperes despierta si no quieres, tengo que acabar un encargo y después pasaré por el corral. Que vaya bien el día amor mío.- Le dijo dándole un último beso en la frente y abandonando la casa camino de sus quehaceres diarios.

                                                           FIN

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