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4 min
Déjame en paz amor tirano, déjame en paz
Amor |
01.10.18
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Sinopsis

.

Me estoy acercando a ese punto en donde a lo único que aspiro es a que me dejen en paz. Ya no me creo ni mis propios sueños, como para creer en los sueños de grandeza de los demás. Ya no me preocupa mi futuro, porque pronto se convertirá en tiempo para recordar. O mejor dicho, para olvidar. Me fui al muelle con el ordenador a escribir. Pensé que el aire del mar me traería la inspiración que dicen que existe. Me senté en un banco de piedra rodeado de agua y me puse a pensar con letras en los dedos. Debió acercarse a mí mente alguna tontería interesante que más tarde la realidad ya se encargaría de descabalgarla, y debió cogerme  muy concentrado en esa tontería porque ni siquiera lo oí acercarse a mí. Igual aquí hay wifi. Pegué un salto del susto y me pidió perdón. No se preocupe, es que estaba muy concentrado. Ya veo, que digo que igual hay wifi,  por la fábrica de ahí al lado. Ah, vale, pero yo sólo utilizo el ordenador para escribir, ¿que pesca? Uf, lo que se deje. Ya, pero normalmente? Pues unas veces unas cosas y otras veces otros. Claro, pero aquí que suele abundar? Ay, si yo lo supiese. Yo iba a pescar con mi abuelo delante de la fábrica de Celulosas, en la autovía que va de Marín a Pontevedra. Pescábamos anguilas que mi abuelo sacaba del mar y golpeaba fuertemente contra la carretera a modo de látigo. Nunca se dio el caso de que en ese momento pasase un coche porque a buen seguro que hubiese llevado un buen anguilanazo en el parabrisas. Mi abuelo hacía ese artimaña para que no se enroscase el sedal en los últimos retorcimientos de la vida de la anguila. Con un solo golpe seco y certero contra la carretera las dejaba fritas, después mi madre las volvía a freír con aceite. Podías contar las anguilas que pescábamos por las marcas que dejaban sus cuerpos con el impacto en el medio de la carretera. A veces no las mataba a la primera, así que había que darle un segundo golpe que había que descontar en la suma de latigazos al suelo versus anguilas pescadas. Yo pescaba robalizas con mi abuelo, le mentí. Uf, aquí robalizas también hay, la semana pasada pesqué una de 2 kilos. Entonces hay muchas robalizas? Yo no dije eso. Pero la semana pasada pescó una grande. Si, casualidad, hay pocas. Antes había más pesca que ahora? No lo sé, no llevo mucho tiempo pescando, empecé cuando me jubilé. Mi abuelo es cierto que pescaba alguna robaliza y yo algún mujel que nadie quería comer. Que asco, viven en la mierda, decía mi madre. Pobres pero escrupulosos. Mi abuelo contaba como antes había salmones en el Lérez, y como se los ponían a Franco cuando venía a pescar. La misma historia de siempre. Cuando se murió en vida, mi abuelo tenía la misma cara que Franco, sobre todo cuando mi madre le quitaba las gafas. Yo le agarraba sus huesudas manos, su piel era transparente y sus venas casi negras. Tenía muchas manchas. Y yo me acordaba cuando me enseó a colocar el cebo en el anzuelo, que él le llamaba cagulo. Con la sonrisa en la cara y mis preguntas continuas, mi abuelo me enseñaba los trucos de la pesca pero después de la excitación primera, enseguida me aburría. También me aburría el trabajo y  estar justificándome siempre. Me aburría hasta pensar. Pero pensaba. Pensaba en la muerte agarrado a la mano casi yerta de mi abuelo y pensaba en el pasado, y pensaba en el futuro. Quien agarrará mi mano? Me tengo que ir, ojalá tenga suerte y pueda pescar mucho. Se hará lo que se pueda, por cierto, se pudo enganchar al wifi de la fábrica? Es gratis.

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