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4 min
DEL DIARIO DE JARA: Despertar
Amor |
09.09.19
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Sinopsis

Annie sale del coma. Volverá todo a ser igual?

Pasé los siguientes días, semanas... casi dos meses, pendiente de los ojos de Annie, esperando encontrar cualquier atisbo de vida en ellos. Apenas visitaba la que ya no consideraba “mi casa”. Solo lo mínimo para asearme y cambiarme de ropa. Toda relación con Tom se había extinguido. Mi tiempo se componía de trabajo y hospital. El primero, de momento, imposible de abandonar, ya que tenía responsabilidades por asumir y resolver antes de obtener la solicitada excelencia. Y mi nuevo hogar, el hospital, era testigo de una gran soledad, compartida con la doliente Annie, y apenas interrumpida por visitas cada vez más espaciadas de Raúl, su marido, y sus malcriados hijos. Algunos, muy pocos, amigos y compañeros, intentaban aliviar mi tristeza, como Sara y su “novio” Paul, uno de los cirujanos. A través de él supe las escasas esperanzas de rescatar la vida de mi hermana, y la posibilidad de que la eutanasia fuera algo más que un tema de debate.

 

Un día una fuerte discusión sobre ello rompió definitivamente mis relaciones con el resto de mi familia.

 

Desde ese día solo quedamos ella y yo, con la espada de Damocles de cesar la asistencia de alimentación y eliminación de residuos y dejarla morir en paz. Afortunadamente respiraba normalmente de forma espontánea y su corazón latía dentro de parámetros correctos. Solo cabía esperar. 

 

Y ocurrió el milagro.

 

— Jara, ¿eres tú?

 

Yo dormía en el sillón reclinable junto a su cama en la sala especial de la UCI separada por cortinas donde nos encontrábamos, pero esa noche estaba sentada en la silla con mi cabeza descansando sobre mis brazos apoyados en su lecho, muy cerca de ella. 

 

Salté como un resorte. No lo pensé y me metí en la cama a su lado, abrazándola, casi olvidando que llevaba una vía en su brazo, electrodos en el pecho, y unas sondas en sus íntimos orificios. Ella me devolvió el abrazo y nos besamos en los labios.

 

Casi un mes después y siguiendo el protocolo yo la sacaba del hospital en silla de ruedas ya muy restablecida. Durante ese tiempo había ganado peso y movilidad suficientes para haber tenido dos tórridos episodios en el baño intentando recuperar el sexo perdido, un esfuerzo necesario pero que no resolvía las dudas que acechaban al posible deterioro, previsible y traumático, en nuestra relación. La imposibilidad de complementar la pasión del sexo con la tierna comunicación que ofrece el descanso de la unión física nuestros cuerpos (estábamos en un hospital público, no en un balneario) aún arrojaba más incertidumbre a lo que sería de nosotras en el futuro.

 

— ¿a donde vamos?— preguntó mi hermana al darle la dirección al taxista.

 

— a nuestra casa— respondí, a sabiendas de que era desconocida para Annie.

 

— ¿nuestra?

 

— sí Annie, nuestra. He alquilado una casita frente al mar. Allí viviremos tú y yo. Está lindando con la playa nudista. ¿Te va?

 

La alegría de Annie se convirtió en entusiasmo al llegar a nuestro nuevo hogar. Comprobar que en el altillo había una cama con dosel y visillos, tal cual a la del hotel que tantas horas de felicidad nos había proporcionado, la hizo caer en un llanto inconsolable. Nos fundimos en un abrazo interminable que terminó con nuestras carnes desnudas pegadas en una sola, entre bordados de fino algodón mecidos por la brisa del mar.

 
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