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4 min
Del diario de Jara: UNA DULCE TARDE
Amor |
12.06.19
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Sinopsis

Tras la tempestad vino la calma

Después del feroz ataque a mi intimidad más prohibida  no me quedó más que gozar del dolor-placer que esa descomunal espada infligía a mis entrañas. Y lo hice, vaya si lo hice, dejando hacer y haciendo a mi vez. Quien no haya probado esa inclemente invasión acompañada de caricias al otro extremo del pecado nunca sabrá lo que se pierde. 

 

Un explosivo éxtasis me hizo resbalar entre aguas y semen. El empotrador tuvo la amabilidad de depositarme, mojada, exhausta, sobre sábanas arremolinadas, donde no tardé en caer en un pacifico sueño del que desperté con una agradable sensación de saciedad sexual. Nunca eche más de menos a Annie, firme defensora y practicante de ese sexo escondido, quien me ilustró acerca de los placeres de la doble estimulación.

 

Y así, desnuda y contenta, volví a la piscina a aprovechar los estertores de la tarde-noche en Sierra Natura y seguir disfrutando de sus placeres acariciando mis cinco sentidos. Cuando sonó la campana llamando a satisfacer el del gusto estaba muerta de hambre.

 

Me puse a la cola a por mi salmorejo y ensalada tibia de aguacates, salmón y huevo tras una muchacha rellenita muy sexy, a la que identifiqué como una de las camareras habituales, una rubita de piel blanquecina, grandes pechos y carnes generosas, siempre pudorosamente envuelta de cintura para abajo con un semitransparente pareo anaranjado. Nos sentamos juntas e iniciamos conversación. De nombre Nerea, provenía de San Sebastián. Apasionada del naturismo, era el tercer verano que pasaba en Sierra Natura, donde pagaba su estancia trabajando por horas. Estaba libre de servicio, así que salimos juntas buscando la noche y a seguir conociéndonos. Me dejé llevar a una discreta hamaca para dos, barruntando su intencionalidad. 

 

— mira ese cielo. ¿No es para perderse? y dices que es la primera vez que vienes?

 

— y no será la última— afirmé con seguridad.

 

Me contó entre risitas que había conocido esta maravilla invitada por un novio rico siendo todavia estudiante. Se enamoró... del sitio claro, y aquí pasa desde estonces todos los veranos.

 

— y qué fue de ese novio?— pregunté

 

— ah, ese... lo cambié por Teresa. También a horas ja ja ja

 

Teresa era la mujer de recepción. Toda una declaración de principios. 

 

— además, estar aquí, así... mi libido está siempre por los aires. A ti no te pasa?

 

Le confesé la verdad. El naturismo es el ying y el yang, pero...

 

— sí.

 

— yo me follo todo lo que se mueve. Teresa no es celosa.

 

 

Estonces Nerea abrió su pareo. Estábamos en la oscuridad, boca arriba, una al lado de la otra, rozando apenas nuestros cuerpos, solas, y... tomó mi mano y la depositó entre sus muslos. Volvió su cara mirándome y sonrió.

 

Mis yemas gozaron de la textura de un pubis imberbe, y el dedo medio buscó cobijo entre carnosos labios que ya sudaban, encontrando el objetivo. Un ligero gemido lo confirmó. Y su mano palpó a su vez bajo mi vientre. 

 

Risas...

 

Y amparadas por la oscuridad nuestros deseos se rozaron, primero sutilmente y luego, ya sin rubor ni vergüenza, nos masturbamos hasta que descargamos nuestras fuerzas entre jadeos y ayes.

 

Era el principio.

 

Recobrada la respiración fui la primera en girarme y buscar su rostro. Y nuestros labios intercambiaron preludios de una larga noche de dulce y tierna lujuria lésbica, que manifestamos en Luna, con un infinito intercambio de caricias, besos y húmedos apéndices a lo largo, ancho y profundo de nuestras carnes

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