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8 min
Del inocente apodo de” Café con Leche” hasta los días de George Floyd
Reflexiones |
03.06.20
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Sinopsis

Reflexión en relación al racismo.


 Un día, en la población donde residía se atiborró de personas de otras regiones del país y de diferentes latitudes en busca de trabajo, motivado al boom petrolero y como la explotación del petróleo  aún  no estaba nacionalizada, sus operaciones las efectuaba la empresa estadounidense  Creole Petroleum Corporation y después todo cambió…unos decían que, para bien, otros decían que para mal. Los más radicales decían que” el petróleo era el excremento del diablo”.
Así las cosas, empezó el reclutamiento de los trabajadores para la perforación de los pozos petroleros y con ello, el poblado se transformó, pasó a llamarse “campos petroleros”, divididos de conformidad a los tipos de labores que desempeñaban el obrero o el administrativo, por ejemplo: a los primeros se les  asignaban viviendas en determinadas parcelas y a los segundos, en otras, nunca juntos. A los “jefes” y a  los llamados “nómina mayor” (la de los salarios superiores a los obreros) estaban destinados a otras residencias, que lo denominaban “el campo de los gringos”. Igual acontecía con los maestros de educación, sus casas estaban situadas en otras calles. Las asignadas  a los obreros, por lo general, estaban ubicadas en las áreas más apartadas de los campos o en zonas destinada  para los de “nómina menor”, que también así eran  diferenciadas.
En aquel entonces, no se hablada de desigualdad. Sabíamos que estábamos divididos, pero no percibíamos la intención de la distinción, ni las consecuencias futuras. Había un ”club social”, que funcionaba ciertos días para el disfrute  de los obreros y otros para los “mensuales”, al staff de empleados, le correspondía  los fines de semana. Sus pobladores no se daban cuenta, ni se percataban, que en esa comunidad había llegado la división de estratos sociales.
Y por supuesto, había una escuela para la educación primaria, porque la secundaria estaba establecida en otros campos.
Lo que narro a continuación, sucedió en la sección “A” del   quinto grado de la educación primaria o  básica, en un centro educativo de los llamados “privados”, pertenecientes a la mencionada  empresa petrolera, exclusiva para el estudio de los hijos de sus obreros y empleados, por lo que la mayoría de los  niños y niñas, oscilaban  entre el promedio de 10 a 11 años.
Una mañana, recuerdo que fue un día  lluvioso, el color gris del cielo lo podía vislumbrar a través de una ventana, que colindaba para el jardín del patio del colegio, donde nos recreábamos en la hora de receso. De  pronto la maestra interrumpió la clase, para presentar a una nueva alumna, diciéndonos  que  procedía de una isla del caribe, y que su padre, recién fue trasferido de otra filial petrolera a la de la localidad, por lo que su familia se residenciaría en uno de los campos de la comunidad.
Dexa, como así se llamaba, era de estatura alta, más de lo normal, delgada y de cabello corto, cortísimo, rizado, adornado con un lazo de color blanco sobre su cabeza. Tenía una mirada brillante con  ojos  de color negro.
Observé que todos mirábamos a la nueva alumna, unos con vista curiosa, otros volteaban la cara y de inmediato reían. Intuí que eran más gestos de burla que de simpatía.  Sobre lo que acontecía, la maestra no hizo ningún comentario. Dexa se mostrada tímida, retraída y  desde el primer momento, se dispuso a ocupar el último pupitre de la última fila. Ese día no hubo recreo, la lluvia no lo permitió, por lo que forzosamente todos nos quedamos en el interior del aula y  de vez en cuando, yo miraba a la niña, esperando que alguien se aproximara a ella, para   hacer lo mismo y así ofrecerle la bienvenida. Lo que no ocurrió, en los próximos  tres  sucesivos días.  En los  recesos se sentaba  en una banca en los jardines del plantel y  observaba que nadie se le acercaba.
En el cuarto día y en pleno receso, decidí ir a su encuentro, me le acerqué y le dije: “Hola, quiero hablarte”. Ella con ojos abiertos y  sorprendida, me respondió con tono tenue, pero entendible: “si tú quieres”. Hablaba español, pero con dialecto  papiamento,  lenguaje  de las Islas Neerlandesas. Desde ese momento, nos amigamos y la empatía surgió mutuamente.
Después de ocupar  el puesto en la primera fila del aula, me mudé a la última para hacerle compañía a mi nueva amiga, pero, mientras forjaba esa amistad, las otras niñas y niños me apartaron del grupo, con actitudes hostiles y amenazantes. Fue  como un “castigo” por haberle “hablado” a Dexa. A ella nunca le dirigieron la palabra y a mí en forma simultánea me dejaron de tratar. Ahora éramos dos sin amigos y hasta nos ganamos un sobrenombre, que al principio no lo entendí, nos  llamaban las” café con leche”.
Fue Dexa, que me aclaró el significado del apodo, diciéndome:” tú eres la leche y yo el café, todo es mí culpa, es por el color de mi piel”. No comprendía, a mí me rechazaban por ser amiga de Dexa y a ella por el tono de su piel. Para la época no se mencionaba el concepto de racismo y menos el de xenofobia, pero no por  eso, dejó de existir. Ya existía y ni los maestros lo  advertían.
 Así se inició  también el acoso escolar, lo que ahora llaman “bullying”, y de a poco, hoy es un gran mal. En el colegio nadie frenó a esa manada de niños que nos perseguían y nos tiraban piedras en la salida de clases, con improperios alusivos al color de piel de mi amiga y a mí por ser su amiga. Asustadas y llorosas, cada una llegábamos a nuestros hogares. Mi mamá y  mis hermanas mayores decían que eran “cosas de niños”, por lo que no era importante. Reconocí mucho tiempo después, que esa posición de continuar con la amistad de Dexa, pese al rechazo del grupo, fue mi despertar hacia un sentimiento de solidaridad al prójimo.
Dexa a los pocos meses dejó de asistir al colegio. No pudo sobrellevar la importunación que sufría. Yo pude culminar mis estudios.
Después, noté, que al igual, que en el colegio, ciertos miembros de familias mostraban ese mismo enfoque  de rechazo contra el color de la piel de Dexa. La vecina, les decía a sus tres hijas adolescentes: “muchachitas no se vayan a enamorar de jóvenes con la piel…porque hay que mejorar la raza”.
Esas reminiscencias las traigo a colación en estos días, leyendo las declaraciones de la cantante Rosalía, cuando manifiesta: “nunca entenderé porque permitimos el racismo”, en alusión a la muerte del ciudadano estadounidense George Floyd, en manos de un policía de dicha nación.
Quizás esa sea la misma reflexión de aquellas dos niñas, cuando no entendían del por qué sobre las razones del desprecio, del rechazo. Nadie  detuvo, nadie censuró el comportamiento de los niños que acosaban, no hubo reproche de esa actitud, ni por las autoridades del plantel. Todo mal se extiende, cuando es permitido. 
El racismo, ese sentimiento que segrega, excluye, por color de piel, de raza, etnicidad y nacionalidad, se remonta a tiempos pasados, desde la Antigüedad, en la Edad Media, en la cultura grecolatina, hoy en pleno siglo XXI está en su efervescencia, porque mientras haya desigualdades habrá discriminación. Poco se ha logrado en erradicarlo,   por muchas declaraciones a favor de los derechos humanos y leyes que protegen, siempre surge la posición antagónica, esa que  carcome, que pone al relieve la cara de una  parte de la sociedad enferma de odio y violencia, porque no todos fueron  educados  para convivir  con criterios de igualdad ni para el reconocimiento de los derechos de otros, sin distinción de raza,  género, credo, condición  social, ni género,  que están en las  palabras de las normas jurídicas, justificando forzosamente, el  llamado Estado de Derecho y  el de la supuesta  justicia  social, pero todo es un desafío cuando de cumplirlas se trata.
Ese relato no es un  cuento, es la narrativa de un hecho real. Soy Ana, la única amiga de Dexa en ese plantel escolar.
Ana Sabrina Pirela Paz
 

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  • Ana. Si lees este mensaje, te hago saber que me aclares lo que ocurre con el Correo Electrónico, en el que yo he puesto tus señas corectamente, pero me sale que me he equivocado y que me he dirigido a otra persona que no eres tú. Estoy confundido.
    Muy sencillo niña- El concepto de Derechos Sociales, la gente lo entiende como una cosa etérea, que se contradice con la práctica, porque a un nivel subjetivo imperan los prejuicios. Este relato sobre el racismo es una magnifica denuncia contra el racismo. El mundo se basa en los matices humanos que se deben de respetar, aunque nos cueste. No existe el supermán en razón de su piel. El hábito no hace el monje Yo también sufrí en el colegio el "bulling" por no gustarme el fútbol. Pero yo me enfrentaba a puñetazos con los cabecillas de los grupos y la cosa terminaba de golpe. Estos prejuicios raciales son fruto de una mezquina educación que el mundo infantil asume sin más.
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Soy una aficionada a todo género del arte y me apasiona la escritura, la desarrollo como parte de mi actividad diaria. El cuento, el relato y la poesía libre me fascinan, como una manera de expresión, que la combino con mis actividades profesionales como abogada.

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