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9 min
Dentro del laberinto
Varios |
27.10.08
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Sinopsis

Relato escrito en noviembre de 2006, donde fantasía y realidad se mezclan en un viaje dentro de un laberinto, no sólo como construcción arquitectónica sino como simbolismo de la mente humana y de su evolución entre la incertidumbre y las tinieblas. Si deseáis reconstruir esta historia para hacerla parte de vuestra propia experiencia, podéis visitar el Parc del Laberint (también llamado el Laberint de Horta) de Barcelona.


Escaleras arriba, azotada por la lluvia llameante del otoño, se alza ante mí la antigua mansión campestre engalanada con exóticos arcos mozárabes que evocan el ensueño de los cuentos de “Las mil y una noches”. Me aproximo, casi tiritante, a la verja, enredándome en aquel pedazo de historia cortesana al igual que las plantas trepadoras que recubren sus paredes. Mi curiosidad no hace más que crecer a medida que desempolvo los detalles de la fachada, los balcones y el torreón.

Una voz me llama desde el sendero que conduce al secreto jardín. Sin duda, ni la más nostálgica de las bellezas ha conseguido frenar nunca mi entusiasmo ante el misterio e incertidumbre de una aventura. Una nueva puerta férrea se antepone a un escenario que aún no soy capaz de atisbar. Tímidamente, como una niña ignorante, me apoyo en la piedra y asomo la cabeza. Un camino serpenteante, poblado de hojas secas, me introduce a una pequeña fuente susurrante salpicada de retazos vegetales. Me deslizo hasta ella con la fluidez de la corriente y doy varias vueltas a su alrededor, tratando de descifrar el silbido de la ninfa que lo habita. Sólo soy capaz de apreciar una risa ligera que se funde con el viento. Me encojo de hombros y prosigo con el recorrido.

Asciendo por una cuesta pétrea y desgastada hasta llegar a la parte trasera de la mansión. Una pequeña obra tallada entre arbustos y rosaledas, flanqueada por dos estatuas clásicas, torna a centrar mi atención de artista fracasada. Mi éxtasis contemplativo vuelve a ser interrumpido por un chasquido de ramas secas en mi espalda seguido del aleteo de una paloma que regresa a ocupar su lugar en un viejo recoveco de la pared. Me giro esperando encontrarme con algún otro huésped pero no encuentro a nadie. Tampoco noto actividad en el interior de la casa. Empiezo a sentirme algo ansiosa. A pesar de ello, continuo hasta toparme con una mesita de té muy bien acondicionada. Lo extraño es que está en medio del camino, no en ninguna terraza o abrigada por algún tipo de cobertizo. Dudo en tomar asiento y esperar a ver qué pasa. En medio de mis cavilaciones, se me ocurre desplazar la vista hacia un cobertizo con columnas clásicas. Tengo la sensación de ser observada. Me precipito en dirección al cobertizo revisando de manera sistemática los escondites de las columnas con la confianza de encontrar al espía recatado que se oculta. Nunca he sido buena haciendo de detective. Parece que el rufián se ha escabullido, ¿o será que estoy empezando a obsesionarme? Suspiro largamente mientras me adentro a paso lento en un nuevo sendero situado a mi izquierda.

Unos cuantos metros más allá, un estanque inmenso me devuelve el reflejo lejano de la mansión al atardecer, mecida entre pomposas nubes rosas. Los árboles recios y sabios que lo salvaguardan me devuelven una sensación de fortaleza, de seguridad y hasta cierto punto de inmortalidad, especialmente uno de ellos, un gran eucalipto que, por lo que calculo, tendrá más de 500 años. ¡Vaya tronco tan grueso! Los brazos no me alcanzan para abrazarlo así que desisto en mi intento de mala gana. ¿Por qué no puedo contagiarme de su sabiduría casi imperecedera?

Una voz que clasifico como masculina emite insistentemente una especie de chasquido entre dientes. No soy capaz de distinguir ninguna figura entre la vegetación pero me muevo a la derecha, en dirección a la fuente. ¡Aquí estás de nuevo, bribón! ¡Pienso desenmascararte! De pronto, ante mí aparece un laberinto precedido por las siluetas de Teseo y Ariadna. ¡Demonios! ¿No podría haberse buscado otro sitio para despistarme? Y lo que es peor…seguro que no ha tenido la gentileza de dejar un hilo como guía. Desde luego, poco probable. Habrá que arriesgarse…

Me arrastro despacio por el primer pasillo, procurando no hacer ruido, muy atenta a cualquier pista sobre el paradero del bromista que lleva interrumpiendo mi paseo. Llego a la primera esquina. Me pego a la pared, conteniendo la respiración, hasta estar segura de revelar mi posición. Me planto en medio de un nuevo corredor vacío. Esta vez no me ando con precauciones inútiles y acelero la marcha. Dejo que el cazador perciba mis movimientos. Mi imprudencia consigue que él también se delate: lo escucho chocar contra las ramas recortadas de los arbustos, a poca distancia de mi posición. Haciendo caso a mis sentidos, corro en su dirección con la emoción a flor de piel. Sin embargo, mi carrera se interrumpe al dar con un espacio sin salida. Debí imaginarlo. Una carcajada traviesa se escucha desde el otro lado. Vuelvo sobre mis pasos con idea de explorar la otra opción que me queda. En esta nueva travesía, varios senderos plantean una elección. Tras un cálculo aproximado de probabilidades, me decanto por el central, errando en mis estimaciones. Así ocurre con la opción siguiente y la siguiente, que tornan a plantearme sucesivos retos. A medida que avanzo, parece que empiezo a entender la lógica de aquella construcción. Por fin, doy con el centro. Allí nadie me espera. Desilusionada, me dejo caer en la tierra seca con los brazos cruzados. En medio de mi frustración, el rumor de una fuente me devuelve la esperanza. ¡La salida está cerca! Sin embargo, la lógica que creía aprendida, me traiciona una vez más. Nunca llego a saber si la opción seleccionada es la correcta hasta el final. Cansada, me paro a coger aire, apoyada en uno de los lados de uno de los tantos pasillos del laberinto. Una chispa enciende mi corazón, obligando a mi cuerpo a moverse. Esta vez se acabó. Una sonrisa se dibuja en mis labios secos. He encontrado la fuente y algo mucho mejor que un nuevo compañero de viaje: el paraíso de mis sueños.

Una enorme escalinata de doble entrada, introducida por una avenida de esculturas mitológicas perfectamente pulidas en mármol, me da la bienvenida, descubriendo la esencia de mi espíritu romántico. Me remango la falda del vestido para no tropezar y me deslizo, plena de entusiasmo, como si en realidad me convirtiera en uno de los cisnes que ahora se muestran juguetones retorciéndose entre los chorros cruzados del puente enamorado. Decido reposar sobre la barandilla durante unos instantes en los que me pierdo en las profundidades de las aguas donde nadan felizmente los cisnes y chapotean pececillos anaranjados. Al levantar la vista, me encuentro con un caballero estilizado, embutido en un chaqué mortuorio. Me mira intensamente desde la dureza de sus marcadas facciones. Intento mover los labios con ánimo de articular un saludo pero me quedo muda, contemplándole, fijando su imagen en mis retinas. Con un leve gesto de su cara, acompañado con el movimiento lateral de su cuerpo, me indica que desea seguir ascendiendo, en esta ocasión, en mi compañía. Inclino ligeramente el rostro como muestra de aceptación y camino paralelamente a él. Prácticamente en cada escalón dejamos cruzar nuestras miradas con una pequeña sonrisa cómplice. En un momento puntual siento que el color de nuestros ojos y el rubor de nuestras mejillas se funden con el paisaje, pintado en tonos verdes y rojizos.

Llegamos a un pabellón de caza, de estilo neoclásico, también acompañado de un gigantesco estanque pero sin aves ni peces de colores. Ambos nos detenemos a leer la losa inaugural: “Casa de campo construida con motivo del enlace de sus mercedes los príncipes de Asturias”. El caballero y yo volvemos a encontrarnos, esta vez más próximos, dejando escapar una sonora carcajada.

-      ¡Qué bien viven algunos!- me atrevo a decir al fin
-      Certament, mademoiselle – contesta él

Con ademán gentil tiende su brazo hacia mí. Tímida, acepto su propuesta. Nos dedicamos a bordear aquel paraje en silencio, disfrutando de los furtivos intercambios de gestos y miradas silenciosas. Siento como si llevara toda una eternidad a su lado, sin necesidad de revelarle nada mediante la palabra. Descendemos de nuevo por la escalinata doble en dirección al laberinto, el cual contemplamos desde arriba en toda su complejidad y magnificencia. Una vez llegados a la fuente de salida, que ahora configura una nueva entrada, él se para en seco, arqueándose como un junco en mi dirección, sin prisas. Yo me limito a estudiar su acercamiento, esperando su contacto. Sus labios se posan suaves sobre los míos, como una caricia. Simplemente cierro los ojos y me dejo llevar. Al abrirlos, percibo que sólo el viento se desliza por mi piel. Tan sólo un espejismo de mi mente.

El desafiante laberinto es mi única manera de regresar a casa. Me reconforta pensar que una primera experiencia puede haberse transformado en una guía útil. Sin embargo, lo único que consigo es demostrarme mi osadía. Confundo caminos semejantes y me veo forzada a hacer uso de procedimientos de ensayo y error. Qué poco me gusta tener que equivocarme constantemente, sentir que la vida no me ha enseñado nada. En mis esfuerzos por salir de aquel entramado casi diabólico mis vestiduras se van desgarrando. Mi tierno vestido de princesa de cuento se esfuma junto a la imagen del caballero misterioso. Sumida en una reflexión profunda, retorno a mi centro. Una sensación de paz me invade por completo. Casi sin pensarlo, encuentro la salida. Me despido de las imágenes de Teseo y Ariadna que permanecen inmóviles pero no inamovibles en la mente de los mortales.

Los últimos rayos de sol son la confirmación de la muerte que ha tenido lugar. Que los demás me contemplen como igual, sin un solo rasguño aparente, no quiere decir que siga siendo la misma. Nada permanece inmutable en el laberinto interior de nuestra psique.













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