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7 min
Desaparecido
Suspense |
07.09.16
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Sinopsis

-Le digo que mi hijo no está muerto.

El jefe de la Brigada de Salvamento miró por encima de sus gafitas metálicas a los angustiados padres. Más bien miró a la madre que en vez de llorar a lágrima viva estaba segura de sus palabras.

-¿Y usted cómo sabe eso, Señora?

-Sé que mi hijo Guillermo no se ha ahogado esta mañana en esta playa-se enfrentó al  joven y extraño hombre de pelo engominado, ojos claros casi ocultos bajo sus casi diminutas gafas, camisa de manga corta y pantalón de loneta, con total lucidez y sin quebrarle la voz mientras agarraba la mano que su marido le pasaba sobre el hombro.

-Cariño, Guillermo…

-Sé que Guillermo está vivo. El agua nos lo habría devuelto.

-Mire, Señora, el cuerpo de un niño de seis años no aparece así como así.

El padre del niño intervino en defensa de su mujer ya que creía que a su hijo lo habían secuestrado y tenía fe ciega en su esposa Aurora-un niño con pavor al agua, como nuestro hijo, nunca se hubiese adentrado.

-Mire Señor mío-se levantó el vigilante evitando darles una respuesta que fuese distinta a todas las anteriores-su hijo vio jugar a otros niños e hizo lo mismo. Se ha ahogado, su Guillermo ha sido una pena, pero ya no está en nosotros.

-¡No está porque se lo han llevado! Mi niño no se ha muerto. Está cerca, estoy segura de ello.    

-Su hijo ha fallecido ahogado esta mañana, Señora. Sé lo que es sufrir, he visto muchos casos como el suyo. El cuerpo de su hijo Guillermo terminará por aparecer, se lo aseguro. El hombre convencido de sus palabras y sin apenas mirar a la madre le hizo una seña a su marido para que la calmase.

-Lo creeré cuando vea a Guillermo, sé que está vivo.

La familia del niño seguía resistiéndose a pensar que Guillermo estaba muerto. Un niño que le tenía pavor al agua y que en el momento de su extraña desaparición no se encontraba en traje de baño... les resultaba difícil de creer la versión «oficial» cómo prefirieron llamarla ellos.

-¿Cree usted señora mía que en las playas hay secuestradores que se llevan a los niños así como así? ¿Para qué existiría, pues, esta Brigada de Salvamento si no fuera para salvar y, también , para vigilar los movimientos de individuos sospechosos? Es mejor que se vayan a casa; hay indicios para pensar que su hijo se ha ahogado, a muchas personas les sucede lo mismo cada verano. El mar, que es muy traicionero, Señores... Comentó quedo y otro hombre los invitó a salir.

Fuera se había formado un enorme revuelo en torno a la oficina de la «supuesta» Brigada de Salvamento, ya que para Aurora a partir de ahora no serían más que unos aprovechados que dejaban de lado el dolor humano, además del hecho de que no cuidaran de los bañistas; había decidido que esa iba a ser su opinión y nadie podría hacerla ver las cosas de otra forma. A pesar de la intriga del gentío ninguna persona tuvo el valor suficiente para acercarse a preguntarles, aunque algunos no dudaron en dedicarles miradas compasivas.

A medida que avanzaban por el paseo marítimo Aurora sentía desfallecer sus fuerzas: «no puedo más» le comentó a su esposo y este la agarró con cariño. No era de extrañar que no pudiera sostenerse. «Será mejor que tomemos un coche» pensó el hombre, que tampoco tenía ganas para hacer el camino de vuelta a pie. Ahora deberían adaptarse a una vida completamente diferente a la que imaginaban tener hacía tan solo unos días y unas horas.

 

-¡Mamá! Escucharon una vocecita eufórica no demasiado lejos de ellos.

-¡Cariño, es Guillermo! ¡Presta atención, es él! ¡Es nuestro hijo! -Exclamó Aurora mirando hacia todos lados: la playa con sus bañistas, el paseo que se extendía tras ellos, el inicio del mismo y la zona ajardinada al otro extremo. -¡Guillermo está vivo, lo sabía! Dijo de nuevo mientras tiraba del brazo a su marido.

-¡Mamá, Papá!

-¡Escucha, Gil! ¡Es nuestro hijo, es Guillermo! ¡Ha de estar cerca! En ese mismo instante su esposo giró sobre sí mismo pues ya comenzaba a escuchar la vocecita de su hijo; sin embargo, también le pareció percibir un grito ahogado. Fue entonces cuando un viandante no dudó en gritar: «¡eh, usted!  ¿¡Pero qué hace!? ¡Deje a ese niño!»

-¡Aurora, fíjate...! ¡Ahí está Guillermo!  Comentó el padre a la vez que sus ojos se abrían como platos debido a tan inesperada alegría. En muy poco tiempo el matrimonio había pasado de ser un par de histéricos a tratarse de unos padres que estaban en sus cabales. ¿Cómo podían haber perdido de vista a su hijo un segundo y suceder cosa semejante?

-¡Mamá! Comenzó a chillar el pequeño Guillermo quien, al fin, consiguió librarse de los brazos de sus captores y echó a correr hacia los de su madre, aquellos de los que no tenía que haberse separado.

-¡Guillermo, hijo! ¿Estás bien? Le preguntó Aurora mientras le acariciaba el cabello y no dejaba de mirarlo con detenimiento. Por supuesto el niño era su hijo Guillermo y no parecía haber sufrido nada malo.

-Sí, Mamá.

 

Al instante llegó la Policía que se unió a su padre y a los transeúntes que perseguían a una falsa pareja que pretendían hacerse pasar por los padres del niño, al que habían cambiado la ropa para poder hacerlo pasar desapercibido en la población.

Los secuestradores no tardaron mucho en declarar que todo había sucedido mientras los padres de Guillermo se encontraban distraídos debido a una disputa «playera» entre un vendedor y un cliente en un chiringuito: «No fue muy difícil. Los niños son fáciles de utilizar y el pequeño también estaba entretenido y se había adelantado un poco; le hicimos un par de carantoñas y... huimos con él. Pero no pretendíamos hacerle daño, de hecho no le hemos hecho nada malo» afirmaban, además de afirmar que no era la primera vez que habían llevado a cabo actividades delictivas del mismo tipo y en el mismo lugar: «recibimos nuestro buen dinero por ello. ¿Qué otra cosa podemos hacer?» intentaban justificar sin éxito sus acciones. Las autoridades les preguntaron de nuevo para conocer si tenían algún tipo de conexión con otras personas: «¿o tal vez ustedes trabajan de manera individual podríamos decir?»

Al cabo de un rato los jóvenes reconocieron que siempre habían tenido la ayuda de varios integrantes de la Brigada de Salvamento. «Ellos hacían la vista gorda a cambio de dinero. No hemos participado nosotros solos. Es más, conocemos el nombre de mucha gente...» Añadieron los chicos que eran lo suficientemente listos para saber que no querían «caer» solamente ellos; llegarían hasta donde les pidieran, y si de paso podían ayudar... comentaron de forma tal que parecían haber comenzado a arrepentirse.

 

-Ahora que ya ha pasado todo irás a donde quieras, cariño. Y su marido abrazó a Aurora como nunca antes había hecho; ella elevó la mirada hacia él y contestó con dulzura: «a cualquier lugar pero fuera de esta ciudad».

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