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13 min
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Ciencia Ficción |
12.04.19
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Sinopsis

No te diré nada, absolutamente nada. Si quieres saber de qué trata esta historia, deberás ir descubriendola palabra por palabra. El género esta puesto al azar. Lo actualizaré cada una o dos semanas.

 –Yo no era así. No sé qué me sucede–dijo Prieto. Sus ojos estaban cerrados, tenía la cabeza gacha y se masajeaba la frente en gesto preocupado y cansado. Su rostro estaba congestionado y rojizo.

  –Ya lo sé, no tienes que aclararme nada, yo recuerdo cómo eras–lo tranquilizó él.

  –Dímelo, porque lo estoy empezando a olvidar. Dime cómo era.

  –Bueno...–Se quedó en silencio unos segundos para buscar las palabras correctas–. Eras tranquilo. Y frío, muy frío. Nunca perdías la calma, ni siquiera en los momentos más apremiantes. Siempre sabías qué hacer. Pero, por sobre todo, eras muy justo.

  –¿Y dónde quedó ese chico?–replicó Prieto levantando la cabeza súbitamente. La mirada triste y preocupada que tenía hizo que Mercurio comprendiera lo que deseaba.

  «Está inseguro, me está pidiendo ayuda. Quiere que le diga que aún sigue dentro de él» pensó.

  –No ha desaparecido–dijo–, sigue siendo parte tuyo. Tanto o más como lo que te domina ahora mismo. –Eso pareció apaciguar un poco el temor repentino de su amigo, que volvió a agachar la cabeza y a masajearse la frente suavemente.

  El sol empezaba a descender en el cielo celeste. En poco tiempo se ocultaría detrás de los cerros y las sombras aumentarían en número y tamaño, poblando el mundo. El verde de la hierba, las colinas y el arroyo ofrecían un hermoso espectáculo a la vista. Los jóvenes se encontraban parados sobre el cauce de un riachuelo poco profundo, con las botamangas de los pantalones recogidas y los pies desnudos sumergidos hasta los tobillos. La frescura del agua hacía calmar a Prieto cuando se encontraba lleno de cólera. Eso, sumado a las agradables brisas y a la paz del lugar, formaban el antídoto perfecto contra la ira.

  Desde que se conocieron en la niñez habían sido casi inseparables. No sólo era el mejor amigo del chico de fuego, sobrenombre que le había puesto él mismo en el último tiempo debido a su carácter explosivo y al color de su pelo, sino que era el único. Habían sido muy cercanos desde que se conocieron en la escuela durante su infancia. Mercurio lo recordaba como alguien tranquilo, pacífico y solitario, amable con unos pocos y siempre lejos de los conflictos. Así era hasta hace unos años. Últimamente sufría, cada vez con más frecuencia, momentos repentinos de rabia y enojo. No los podía controlar, lamentablemente no los podía controlar. Prieto era totalmente consciente de su condición y su preocupación se hacía cada vez más evidente. Era esa energía, negativa y peligrosa, la que se estaba trasladando hacia él, intoxicándolo lentamente.

  Ambos se encontraban de espaldas al pronto atardecer, observando el cielo, los cerros o el agua transparente y revoltosa que discurría por el arroyo. Mercurio era un muchacho de veintiséis años de pelo marrón, largo hasta los hombros, que llevaba siempre atado en un rodete descuidado y hecho a la ligera. Su nariz respingada, ojos verdes y pestañas largas lo hacían atractivo para las mujeres; además de tener una mandíbula cuadrada y fuerte, cubierta de una barba rala a juego con su bigote.

  A su lado, sin parar de masajearse la frente y con los ojos cerrados, se encontraba Prieto, de veinticinco años. Llevaba su pelo, naranja como el fuego, rapado y con una cresta que recorría el centro de su cabeza, desde la frente a la nuca. Pero no era una cresta fina y bien cuidada, sino una desalineada que se abría en las puntas como una escoba vieja y muy usada. Su rostro estaba lleno de pecas que se volvían rojas cuando se enfurecía, como si estuviera salpicado de sangre. Tenía una nariz chata y gruesa, y un rostro tosco, que últimamente parecía estar acompañado por un ceño fruncido día y noche. Ambos tenían una altura similar, pasando el metro ochenta, y una musculatura más que aceptable, con espaldas amplias, anchos hombros y piernas largas.

  El viento empezó a soplar con más bravura y a agitar las aguas, al tiempo que una ruidosa bandada de pájaros multicolores cruzaba volando sobre sus cabezas, muy, muy alto. A lo lejos, una nave sobrevolaba por encima de los cerros cortando el cielo. Unos peces chocaron en el pie de Mercurio y siguieron su curso aguas abajo. Aquello lo hizo salir del trance pacífico en el que se encontraba.

  –Tengo un amigo que conoce a una excelente psicóloga–dijo , rompiendo el silencio y haciendo una pausa para ver cómo tomaba aquel comentario su amigo. Al escuchar silencio, lo interpretó como una señal de que podía continuar–. No es del tipo que tú y yo conocemos, no es para nada ortodoxa, pero según escuché, sus métodos son mucho más efectivos que los de los demás.

  –Psicóloga–dijo el chico de fuego, dándole vueltas a la palabra en su cabeza–. Curioso. Me pasé toda mi vida pensando que quienes asistían a un psicólogo eran los peores de la sociedad: enfermos, locos, débiles. –Miró al cielo y suspiró–. Y ahora soy yo quien puede llegar a estar con uno. Las vueltas de la vida, ¿no?

  –No tiene nada de malo–le respondió él. Su voz era tranquila y clara–. Yo mismo fui a uno hace un tiempo para resolver problemas con mi padre, sé que lo recuerdas, y sabes bien que no estoy ni loco ni enfermo.–Lo miró con una muy pequeña sonrisa–. Ayudan, amigo, ayudan y mucho. Te ordenan la cabeza. Además, no tiene por qué enterarse nadie, si es eso lo que te preocupa.–Esta vez, Prieto se quedó en silencio.

  «Hasta ahí nomás. No presiones» se dijo.

  Los últimos rayos del sol se estaban desvaneciendo, desapareciendo detrás de las siluetas de las colinas en el oeste, y la iluminación en el paisaje pronto lo haría también. Lentamente, muy lentamente, el día le iba dejando lugar a la noche, como quien no quiere despedirse aún de alguien a quien ama. Los primeros mosquitos comenzaban a aparecer y a picar los brazos desnudos de los jovenes, obligándolos a alejarlos con manotazos enérgicos. Mercurio sabía que debían volver pronto a su cápsula para retornar a la ciudad, antes de que el manto oscuro de la noche envolviera aquel terreno salvaje de las afueras de la metrópolis y apareciesen cosas extrañas. Él no creía en las leyendas populares, pero era mejor prevenir que curar.

  Durante un momento observó a Prieto, analizándolo mientras contemplaba el horizonte. Si bien la furia de su amigo casi se había disipado, Mercurio no dejaría que ese día él manejara de vuelta. Sabía sobremanera en cuanta estima lo tenía aquel muchacho y que lastimarlo sería lo último que haría, pero no quería correr el riesgo ni poner a prueba al destino si llegaba a sufrir un ataque de cólera en pleno vuelo y con él dentro. Esa noche Mercurio se haría cargo de conducir.

  –Hemos terminado–dijo, poniéndole una mano en el hombro para instarlo a volver–. Esta vez lo lograste mucho antes que las otras veces. Me sorprendes.

  –No creas que no sé lo que haces–respondió Prieto mirándolo de reojo mientras volteaba para emprender el camino a casa–. Palabras bonitas para no encender la llama. Muy persuasivo. Aunque debo reconocer que esta vez tienes razón, lo he hecho bastante rápido.–Una sonrisa de satisfacción asomó en su rostro.

  «Sereno y centrado. Espero dure mucho tiempo» pensó Mercurio, aunque fue más un deseo que algo probable.

  Caminaban de regreso, en silencio y aun descalzos para sentir la hierba suave y fresca bajo las plantas de sus pies. El calzado lo habían dejado en la cápsula esa misma tarde, cuando aterrizaron. Tenían un buen tramo desde donde la habían dejado y el curso del arroyo en el que habían pasado la tarde. No pasó mucho tiempo cuando empezaron a brotar de la nada luminosas y bailarinas luciérnagas. Brillantes puntos blancos que aparecían y desaparecían en un fondo cada vez más oscuro. Era el momento en donde el día mutaba. Una ventisca empezó a acariciarles con rudeza la piel de sus caras y a revolverles el pelo. Al sentirla, ambos sonrieron. Los jóvenes compartían muchos gustos y pasiones, y uno de ellos era el viento, los hacía sentirse vivos. Todo aquello, junto con el hermoso cielo estrellado y el sonido incesante pero delicado de los insectos, hacía de esa noche un momento casi mágico.

  Al llegar a la esfera, no perdieron mucho tiempo. Entraron y rápidamente alzaron vuelo hacia el cielo nocturno. Un potente impulso los puso en movimiento e iniciaron el camino de regreso a la ciudad de Río Santo, la urbe detrás de los cerros. Metrópolis bellas si las hay. Se encontraba sobre un terreno repleto de colinas y montes, lo que le permitía tener una arquitectura de las más variadas del planeta. A lo largo de la historia fue volviendose una de las ciudades más ecológicas del mundo. Los buenos suelos y clima que poseía en sus cercanías le permitían tener un gran dominio e impacto en la agricultura de la zona, haciendola muy rica, y por lo tanto muy poderosa. Los famosos cerros rosas se erigían a su alrededor; al norte, sur y oeste de la ciudad, dejando sólo el este descubierto. Un gran río lo atravesaba de norte a sur, bautizado con el mismo nombre de la gran urbe.

  Fiel al estilo de ambos y como tantas otras veces, abrieron las ventanillas circulares laterales y superiores para que el viento formara agradables corrientes de aire fresco en el interior. El pelo, la ropa y unas cadenas que llevaban al cuello revoloteaban fieramente, pero eso a ellos lejos de molestarles, les encantaba.

  Sobrevolaban praderas y montes, árboles y ríos y arroyos, con las estrellas reflejándose en la brillosa superficie exterior de la cápsula. Cuando empezaron a agarrar más velocidad, tuvieron que cerrar las ventanas para evitar desastres menores. Al frente, la vista del mundo negro iluminado con las luces lejanas de la ciudad, junto con la quietud y silencio en el interior de la nave después de la vorágine ruidosa de hace unos segundos atrás, transmitía calma. Ya con los ánimos menos caldeados y sin señales de la furia de Prieto cerca, el resto del trayecto transcurrió pacífico como el agua de un estanque.

  Mercurio aprovechó el momento para arrojarle un objeto pequeño en la falda a su amigo. Éste lo tomó, lo activó y un pequeño holograma se desplegó frente a él, de un tono verde agua.

  –¿Qué es?–preguntó mientras le echaba un vistazo.

  –Es el mapa de la ciudad de Niz, ya sabes, la metrópolis de las montañas.–Extendió su brazo derecho para señalarle una línea en la pantalla–. En rojo tienes marcado el camino para llegar a la psicóloga. Todo por aquí.

  –Con que iba en serio eso.–El chico de fuego hizo una mueca de disgusto.

  –Muy en serio. Vas a tener que ir para lograr sacar un turno, no se maneja con ningún holo ni tampoco usa la red o algo por el estilo. Parece bastante anticuada pero son sus condiciones y hay que respetarlas.

  –Entiendo–dijo asintiendo mientras apagaba el holograma–. Dijiste que parece anticuada, ¿la has visto ya?

  –Todavía no–mintió él.

  –Bien. Bueno, la tendré en cuenta.

  –No, no es una alternativa. Lo harás, y yo te acompañaré. Mañana mismo, a la tarde te pasaré a buscar. Estate listo.–De esa manera no le dejó opción. Su compañero no estaba muy conforme con la noticia pero la aceptó de todas maneras.

  «Un pequeño triunfo, pero triunfo al fin–pensó. Además del evidente desagrado con que recibió aquella orden, no hubo otros signos negativos, comportamiento que no pasó desapercibido por él–. Hasta ahora no lo tomó tan a mal.–Mercurio sabía que bailaba sobre vidrio frágil cada vez que intentaba imponerse de alguna forma sobre Prieto, pero era un riesgo que había decidido empezar a correr. Hace unos días había estado utilizando una especie de técnica para averiguar qué tan grave estaba su compañero. Lo medía, lo pinchaba y lo pinchaba; lo ponía a prueba siempre que podía, prestando atención a cualquier signo que pudiera desencadenar el frenesí. Si su tranquilidad tenía un límite, él quería saber cuál era–. Sé que cuesta, pero saldrás de esto, amigo mío, verás que saldrás.»

  La realidad era que extrañaba mucho a su fiel compañero, al de su infancia y adolescencia. El hombre con el que viajaba ahora era una lotería, una bomba de tiempo. Recordaba demasiado bien cómo se le deformaba el rostro en sus momentos de ira, con esos ojos abiertos y desorbitados en una cara roja llameante, las posturas que adoptaba. Y aquella voz…impropia de él: tan profunda, grave y llena de malicia. El pensamiento lo hizo moverse en el asiento, incómodo. En el resto del trayecto prefirió hacer silencio.

  Después de dejarlo en su departamento y estacionar la cápsula en la cima de la torre en la que vivía, se tomó su tiempo para bañarse y sacarse la suciedad, tanto fìsica como mental, de la tarde que había pasado. Luego se cocinó una deliciosa sopa de verduras para acostarse con la panza llena. Esa noche, al apoyar la cabeza en la almohada se preguntó si estaba haciendo lo correcto. El gesto y las decisiones que estaba tomando le parecían acertadas, pero era la apariencia de la psicóloga que había visto hace unos días lo que lo hacía dudar.

  «Prieto, ¿te estoy ayudando o todo lo contrario?»

  Pasaron un par de horas hasta que se sintió lo suficientemente cansado como para cerrar los ojos. Concilió el sueño entre plumas negras, manos frías y una risa macabra.

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  • Un original y bien narrado relato. A mi parecer, lo que le sucede al protagonista, es que en medio de la tecnología imperante, el convencional contacto con la psicóloga es un modo de recuperar la clásica afectividad con una mujer.
  • No te diré nada, absolutamente nada. Si quieres saber de qué trata esta historia, deberás ir descubriendola palabra por palabra. El género esta puesto al azar. Lo actualizaré cada una o dos semanas.

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