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16 min
Desde entonces no ha vuelto a sonreír
Drama |
27.12.13
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Sinopsis

La vida de dos mujeres quedará truncada para siempre


Ocurrió hace un par de años. Era un domingo de verano y desde entonces no ha vuelto a sonreír.
A partir de ese momento comencé a recibir la visita de dos mujeres: Adela y Daniela.
El trabajo de Adela consistía en alejarme de los malos pensamientos que pudiera tener. Para ello me proponía diversas actividades que yo consideraba más bien juegos absurdos; desde técnicas de relajación hasta la exposición de mis sentimientos a través del trazo de unos dibujos que me obligaba a realizar según me iba inquiriendo una serie de preguntas.
Yo no entendía nada. No comprendía cómo era posible ayudar a alguien que estaba atravesando un momento en su vida bastante dramático de esa manera. No me imagino a mis abuelos, tras haber vivido los desastres de la guerra, poniéndose a jugar o a relajarse para que su dolor menguara mientras los demás se encargaban de levantar el país. Sí, lo sé, quizás es un ejemplo un tanto exagerado y extremo, porque son épocas distintas y problemas diferentes, pero si se recurriera a la misma solución, en ningún caso ésta sería necesaria y mucho menos efectiva.
La función de la segunda era todavía mucho peor. Daniela quería que hablase, no importaba de qué, pero que hablase, que le contara cómo me había ido el día y esas cosas. Los psicólogos están ávidos de dramas, como si no estuvieran lo suficientemente acostumbrados a ellos ya.
Os voy a contar a vosotros lo que no les cuento a ellas.
Acabo de cumplir diecisiete años y llevo dos sin ver a mi madre. Cuando Daniela me pregunta qué es en lo que pienso cuando me acuerdo de ella, siempre me viene lo mismo a la cabeza.
Hace algunos años me encontraba sentado a la mesa comiendo con mi padre cuando interrumpieron la programación habitual del canal autonómico que estábamos viendo porque había tenido lugar un incendio de importante consideración en una residencia de ancianos de nuestra localidad, precisamente aquella en la que estaba trabajando mi madre en esos momentos.
Recuerdo que en apenas diez minutos llegamos al lugar de los hechos y las llamas se habían multiplicado por mil, o al menos esa era la impresión que me daba a mí entre lo que había visto por televisión y lo que estaba viendo en vivo y en directo.
La angustia nos invadía a los dos y la incertidumbre nos sobrepasaba. No sabíamos qué hacer, todo era muy confuso.
Preguntamos por mi madre a los servicios médicos y a la policía, pero no nos decían nada. Parecía estar dentro de un videojuego que ansiaba terminar.
Cuatro meses más tarde mi madre salió del hospital. Había tenido mucha suerte, ya que en el momento del incendio se encontraba en la misma planta donde se había originado. Las llamas llegaron a alcanzarla, puesto que se propagó rápidamente, aunque logró bajar las escaleras como pudo y salir de aquella inmensa bola de fuego.
Eso es lo primero que se me viene a la cabeza cuando pienso en mi madre.
No quería que siguieran viniendo a casa. Para mí eran usurpadoras que pretendían suplir mis carencias afectivas. Querían ganarse el cariño que no le estaba dando a mi madre y no se daban cuenta de que me estaban perjudicando porque los demás chicos me habían empezado a marginar al enterarse de que estas mujeres venían a verme a casa. Por eso se pensaban que estaba loco de atar. Insistí e insistí y
mi padre finalmente me hizo caso y se deshizo sutilmente de ellas con buenas palabras y agradecimientos que resultaron un poco falsos.
Adela vino un miércoles sobre las seis de la tarde. No parecía contenta con la decisión que habíamos tomado, aunque tampoco puedo llegar a saberlo a ciencia cierta, ya que su semblante era siempre un témpano de hielo.
Lo único que me dijo es que quizás, cuando ella ya no estuviera, podría sufrir alguna crisis o periodos de desorganización en, según ella, diferentes aspectos de mi vida familiar y social. No sabía si tomármelo como una amenaza, como un mal augurio o como una simple rabieta por haber decidido no seguir contando con su ayuda.
Tras decir esas palabras se sentó en una silla que colocó frente a mí y sobre la mesa empezó a rellenar un documento. Le pregunté qué era y me contestó que mi informe de evaluación, pero que solo era incumbencia de los servicios sociales. ¿Cómo que solo de los servicios sociales? Si se estaba escribiendo acerca de mi persona me habría gustado saberlo antes de que mi vida quedase esparcida en cualquier cajón de cualquier centro o peor aún, que alguien que ni siquiera me conoce pudiese tener acceso a la lectura de la vida de un joven que supuestamente otra persona creía haber comprendido en tan solo unas cuantas sesiones de interrogatorios y juegos disparatados.
Por esa razón me puse violento, le exigí que me dejara echar un vistazo, pero se puso a la defensiva y comencé a gritarla. En esos momentos lo único que me dijo fue: “Sabía que la crisis no tardaría mucho en llegar. La rabia y la ira en estos casos suele aparecer más pronto, pero en el tuyo estaba tardando demasiado”.
Daniela llegó con mucho retraso, pero al menos su presencia me sirvió para calmarme, aunque en un principio empecé a exaltarme y decidí contarle lo que me había sucedido minutos antes. No podía parar, mezclaba unos temas con otros, no
sabía ni siquiera qué era lo que estaba diciendo. Me dijo que me tranquilizara y me senté.
Me pidió que le contara qué significaba mi madre para mí, cómo la definiría y en qué medida me había afectado su ausencia.
Mi madre era una persona reservada y muy tranquila; parecía que nada enturbiaba su rutina diaria, su paz interior. También era muy inteligente, le encantaba el mundo de la ciencia y era una apasionada de los programas y documentales sobre los grandes enigmas de la historia; pero sobre todo destacaba por su belleza. Siempre había sido una mujer con un bonito cuerpo, ya que cuidaba mucho su alimentación y hacía mucho deporte, pero recuerdo que yo siempre le decía que su belleza era natural, que era cuestión de genética, ya que todas las mujeres de su familia eran hermosas. Lo que más me gustaba de ella eran sus enormes ojos verdes cubiertos por unas ínfimas arrugas que en vez de perjudicar su rostro favorecían su aspecto.
Cuando ocurrió todo aquello del incendio mi madre cambió de forma radical. Modificó sus hábitos, su físico, su rutina, su humor, su carácter, su forma de ver la vida.
Se cortó el pelo muy cortito y se lo tiñó de rubio. Dejó la dieta de lado y abandonó el deporte. Quería vivir la vida al máximo, pero así no lo iba a conseguir, siempre se lo decía todo el mundo, de forma tímida, puesto que no le gustaban las críticas.
A partir de entonces se convirtió en una mujer moderna, disponible siempre para todo el mundo, hospitalaria, alegre… aunque el 18 de Julio de 2010 desapareció la sonrisa de su cara y desde entonces no ha vuelto a sonreír.
Recuerdo que anteriormente a esa fecha había comprado un álbum de fotos muy grande y que en la tapa había pegado un pequeño cartelito que rezaba “Mi nueva
vida”. Desde entonces se había empeñado en vivir nuevas experiencias. No se permitía echar ni una lágrima por nada, ni un mal pensamiento rondaba ya por su cabeza. Por eso, al haberse quedado sin trabajo y no conseguir que la reubicaran en ningún lado, todos los días la veíamos enganchada a internet buscando alternativas para construir esa nueva vida que iría plasmando en aquel álbum.
En ese álbum se encuentran las fotos que tomamos en nuestra primera ruta de senderismo por la zona de los Pirineos, los viajes por España, recorriendo Galicia, el País Vasco, Andalucía y alguno por el extranjero como a Irlanda y a Dinamarca. Pero las fotos que más me gustaban y de las que me sentía más orgulloso eran las del proyecto que había decidido emprender.
Mi madre solía decir que estaba cansada de cuidar a ancianos y que ese ambiente la estaba ahogando, por eso soñaba con abrir un restaurante, porque la cocina era su pasión y no podía disfrutar de ella por falta de tiempo. Así que con el dinero que tenía ahorrado, el paro y la indemnización por el incendio, decidió abrir un restaurante en el que mi padre estaría pendiente de la barra, y mi madre de la cocina.
Desde entonces la vida nos sonreía a los tres. El negocio empezó a funcionar; se lo habían ganado con mucho sacrificio. Trabajaban muchas horas y llegaban exhaustos a casa.
Mi madre odiaba fervientemente la llegada del verano. Vivíamos en un pequeño pueblecito costero con apenas cinco mil habitantes. Era uno de esos bellos parajes a los que los turistas acuden llegado el buen tiempo, por lo que la localidad se llena de gente hasta abarrotarse. Eso produce que mis padres tengan que trabajar el doble. Ganan más dinero, sí, pero no les compensa, al menos a mí no me compensa, ya que prácticamente vivo solo esos tres meses de verano y me tengo que ocupar de las labores de la casa, cosa que odio hacer.
Recuerdo muy bien ese día. En la radio decían que se alcanzarían temperaturas muy altas, que podría ser uno de los días más calurosos del año y que había que tener cuidado porque había riesgo de insolación.
Tras desayunar decidí ir a visitar a mi abuelo, que vivía a tan solo quinientos metros de casa. Pensé que quizás necesitaría algo o que no se atrevería a salir de su casa con ese calor. Todo lo contrario. Justo cuando estaba doblando la esquina me lo encontré. Iba a dar un paseo y se dirigía precisamente hacia el restaurante de mis padres. Fue una mala idea ya que le faltaba el aire y cuando llegamos al restaurante pidió con urgencia agua. Se sentía mal, pero tras sentarse cerca de un ventilador y quitarse la camisa se quedó dormido enseguida sobre un diván que guardaban en la parte trasera del restaurante.
El día entero lo pasé cuidando de mi abuelo, o más bien vigilando si se encontraba bien. Iba y venía de vez en cuando de la playa porque quería refrescarme con el agua del mar.
Mi madre a menudo iba a ver qué tal estaba su suegro y si quería algo de comer. Le sacó unas gambas y un vaso de vino tinto. Sabía que era lo que le gustaba.
Solo la vi en esos instantes, quizás dos o tres veces más ese día, pero en circunstancias similares.
Me aburría soberanamente así que aprovechando que la sensación de calor había disminuido decidí ir a la playa a tumbarme un poco.
Cuando llevaba quince minutos descansando se me acercó un chico de unos doce años y me preguntó si le dejaba el balón. Le contesté que no era mío, que no sabía de quién podía ser. El chico pareció no entenderme bien, así que miró de un lado a otro intentando comprender quién era su dueño, pero a esas horas de la tarde no había mucha gente en la playa, por lo que se adueñó de él y empezó a jugar.
Me pareció un niño muy pesado porque se puso a dar toques con el balón justo a mi lado y varias veces me dio con él, sin contar que la arena me cegó en alguna ocasión al ser levantada por sus movimientos bruscos.
Su madre fue la que me pidió perdón en su nombre. Yo contesté que no pasaba nada, mintiéndola absolutamente. A continuación le pregunté que de dónde eran. Me dijo que ella era portuguesa, concretamente de Villamoura, pero que habían vivido muchos años en Leeds, en Inglaterra, donde había nacido Marco, el niño. Me comentó que hacía ya un año que habían regresado al Algarve portugués porque su marido había fallecido de cáncer. Me apenó un poco, por lo que dejé de guardar tanto rencor al niño.
Estaban pasando las vacaciones de verano en España, como cada año, aunque esta era la primera vez que lo hacían en mi pueblo.
Hablaba muy bien el español. Decía que era trilingüe porque trabajaba en un campo de golf en el que la mayoría de sus clientes eran españoles, ingleses y brasileños. Era una apasionada de este deporte, pero su hijo había heredado la pasión del fútbol de su marido, quien según ella era un ferviente hooligan.
Su hijo la culpaba por haber regresado a Portugal. Él quería seguir teniendo la vida de allí. Le gustaba el fútbol, la lluvia, la gran ciudad. Se notaba en el carácter de la mujer que era mucho más entrañable que el niño; éste era más huraño y tenía una apariencia más seria, típica inglesa.
Entablamos una animada conversación que versaba acerca de las diferencias y similitudes entre los portugueses y los españoles. Luego se fue tornando cada vez más privada, descubriendo que aquella preciosa mujer había pasado por muchas dificultades en la vida y que prácticamente se le hacía muy difícil cuidar ella sola de su hijo al mismo tiempo que trabajaba a tiempo completo. El niño además no se lo ponía fácil, reclamando su atención casi las veinticuatro horas del día. Precisamente como si
estuviera celoso de mí empezó a tirar del brazo de su madre. Con el gesto de su cara y sus movimientos se entendía claramente lo que quería decir. Así que se marcharon.
A los pocos minutos empezó a anochecer. Decidí marcharme a casa porque en el restaurante las cosas estaban ya más tranquilas y mi padre se haría cargo de mi abuelo. Parecía que el calor de ese día me había agotado anímicamente y me entró mucho sueño. Bebí un vaso de leche y me acosté.
Lo que pasó sucedió esa misma noche, pero no me enteré hasta la mañana siguiente, porque alguien, no sé quién, decidió no avisarme.
Recibí una llamada de mi padre entorno a la una del mediodía. Solo me dijo que había pasado algo grave con mi madre, pero no me quiso decir donde estaban. Me pidió que fuera directamente a casa de mi abuelo, que él me lo explicaría todo.
Marco, aquel niño insoportable de la pelota, fue el culpable de haberse cruzado en la vida de mi madre aquel día, aunque nadie lo ve así; todo el mundo lo mira desde el punto de vista contrario, en el que mi madre fue la que se cruzó en la vida de Marco.
Su distracción en la noche de aquel día en el que había coincidido con él en la playa no había sido la pelota, sino en este caso una bicicleta. Por lo visto se aburría mucho y decidió salir de casa a dar una vuelta subido a ella mientras su madre hablaba por teléfono.
Recorrió toda la colina que comunicaba la zona marítima con el casco histórico del pueblo.
En el momento en el que yo me tumbaba en la cama, mi madre cogía el coche para venir a casa tras una larga jornada de trabajo. Era una noche sofocante. Cuando decidió tomar el cruce entre la Calle Santa Fe y la Calle María Cristina, Marco se le cruzó a una velocidad pasmosa. La gente al oír el ruido salió de sus casas y
escucharon los gritos y los sollozos de mi madre mientras veían el cuerpo del niño tirado en el suelo. No se levantaba. Mi madre no se atrevía a acercarse.
Desde entonces no ha vuelto a sonreír, pero aquella mujer tan simpática que me había encontrado en la playa, tampoco. Se llamaba Anabella. Yo entendía el dolor de mi madre, pero entendía también el dolor de aquella mujer que me había cautivado horas antes. Mi madre no tuvo la culpa. Para mí la tuvo él. Había arrebatado las vidas de dos mujeres para siempre. Dos mujeres destrozadas. Dos mujeres que se estaban reinventando, que estaban olvidando momentos recientes de mucho dolor.
Mi madre buscaba el perdón, pero nunca se perdonaría a ella misma. Anabella, en cambio, buscaba la paz, pero nunca la encontraría.
Marco no regresaría nunca más a Portugal, a esa tierra que odiaba. Anabella acabaría odiándola también.
Nosotros tuvimos que pasar por un calvario. El juicio se prolongó mucho y la agonía al mismo tiempo se hacía cada vez más evidente.
Poco a poco me voy acostumbrando a no escucharla por casa. Sé que será duro, que nunca más volverá a ser ella.
Todavía faltan muchos meses, muchos años para que vuelva a verla, porque no quiero tener que guardarme en la memoria una imagen de mi madre privada de libertad como si estuviera en una jaula de grillos. También sé que pasará mucho tiempo hasta que vuelva a sonreír, hasta que todos volvamos a esbozar aunque sea una tímida sonrisa.

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Licenciada en Historia del Arte. Apasionada de la lectura y aficionada a la escritura.

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