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10 min
Deslumbrada por las luces de la ciudad
Drama |
05.10.14
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Sinopsis

A Vanesa. Espero que estas humildes palabras estén a la altura de su sensibilidad y buen hacer

Isabella siempre había poseído el don de escuchar las historias que contaba el mundo que la rodeaba: Unos niños jugando en la calle, una flor, el susurro del viento... cualquier cosa le sugería un cuento. Le fue revelado el secreto de esta gracia con tan sólo cuatro años, cuando una tarde otoñal en la que su abuela le mostraba su jardín, se detuvo admirada al contemplar cómo el viento mecía la hoja de un abedul. Donde su abuela sólo vio la acción del otoño en la naturaleza, ella divisó un duende que acababa de nacer, acunado por un hada que la miraba desde la copa del árbol. Lo señaló con su albo dedo índice y de sus labios salió el primer cuento con el que hechizaría a su abuela, no una, sino miles de veces a partir de entonces. Mas, como digo, aquel domingo, se le dio a conocer el placer de oír las historias de las cosas para, luego, contarlas a quién quisiera escucharla.

A diferencia de otros niños, para ella la pequeña escuela supuso un manantial de contento. En cuanto aprendió a leer y a escribir descubrió que las historias no se desvanecían con el viento una vez contadas: las palabras podían permanecer entre las páginas de los libros, guardadas como si de tesoros se tratase. Empezó a hacer sus propios libros con hojas de papel que cogía del escritorio de su padre y, luego, cosía con hebras de lana de distintos colores. Esos librillos confeccionados por sus manos se llenaban pronto con palabras mágicas que, recitadas unas tras otras, formaban historias maravillosas. 

Al principio, escondía sus cuentos en un viejo arcón que estaba medio olvidado en el desván de la casa de su abuela: le daba vergüenza que otros tildasen de tonterías lo que para ella tenía tanta importancia. Mas, un domingo de invierno en el que jugaba aburrida con sus primas, Celita y Manuela, les mostró, algo temerosa, su secreto. En pocos minutos, el desván se llenó de hadas, duendes, brujas, piratas con una pata de palo y niñas intrépidas capaces de enfrentarse a las aventuras que a Isabella le hubiera gustado vivir. Sus primas la escuchaban extasiadas, los ojos muy abiertos, el corazón palpitante; y cada vez que finalizaba un cuento, le rogaban que les contase otro.

Después de aquel día, las tres niñas esperaban con verdadera expectación la llegada del último día de la semana en el que su abuela las invitaba a merendar pan y chocolate, y ellas subían al desván atestado de muebles: trastos viejos que hacía mucho tiempo que habían perdido su uso. Las palabras de Isabella los transformaba en castillos encantados, ciudades amuralladas o bosques misteriosos: una silla se transformaba en un trono, una descolorida cortina, en un vaporoso manto... Manuela y Celita se disfrazaban siguiendo las indicaciones de Isabella y vivían las cientos de aventuras por ella imaginadas. Venida la primavera, dejaban las alturas del desván y hacían del abedul un lugar magnifico donde congregar a las hadas. 

Con el paso de los años, las historias que salían de la imaginación de Isabella cambiaban; mas no el anhelo de compartirlas con Manuela y Celita. Los cuentos de hadas dieron paso a novelas románticas; se poblaban de nuevos personajes que habitaban en parajes exóticos; y las princesas cedían su puesto a jovencitas con vaqueros y zapatillas, adolescentes muy parecidas a ellas mismas.

Pero no sólo regalaba con sus historias a Celita y Manuela; siempre tenía un cuento, un relato, un poema para los momentos en los que sus hermanos, más pequeños, estaban tristes, cuando celebraban un aniversario o, simplemente, disfrutaban de la alegría de estar juntos. Hasta los profesores del colegio la animaban a contar sus historias y dejarlas presas en el papel.

Estaban dejando atrás la adolescencia cuando las tres primas tuvieron que decirse adiós. Habían terminado el colegio, y la ciudad en donde vivían era tan pequeña, que no tenía universidad en la que poder continuar los estudios. Celita partió hacia una ciudad que se asomaba al océano; Manuela eligió una cercada de elevadas montañas; mientras que Isabella comenzó sus estudios de literatura en la capital.

Al trasladarse desde la pequeña ciudad en la que había vivido hasta entonces, Isabella afrontó con mucha ilusión los grandes cambios que la estaban aguardando. Dejó atrás el protector ambiente de su casa, el cariño de sus padres y sus hermanos más pequeños; dejó la apacible sonrisa de su abuela; dejó los años de la infancia en el colegio. Sólo se llevó en la maleta sus libros más amados, para leerlos antes de dormir, y sus cuadernos con algunas de las historias que habían salido de su imaginación. Y, a cambio de lo que dejó, en la ciudad encontró muchos ruidos, muchas prisas y el afán por llegar el primero Isabella no sabía dónde.

Desde que se apeó de tren que la trajo de su infancia, se sintió fascinada por el ajetreo de la gran urbe. Su mirada se perdía en el cielo contemplando los rascacielos que evocaban las almenas de los castillos que aparecía en sus cuentos. El ruido del claxon de los coches, las sirenas de los bomberos o de las ambulancias, los olores que se mezclaban en el aire, estímulos de los sentidos, la atraían y la aturdían a un tiempo. Detrás de cada esquina, al cruzar una calle, la sorprendía el escaparate de una tienda, un músico ambulante, una vendedora de flores... A la hora en que acostumbraba a irse a dormir su pequeña ciudad, la capital se iluminaba con luces incitantes y se llenaba de susurros que la invitaban a unirse al gran cortejo de trasnochadores que pululaban por las calles. Y, al poco de llegar, se dejó envolver por aquel ambiente que enmascaraba efluvios venenosos.

Seducida por tantas puertas que se abrían ante ella, empezó a salir todas las noches con gente que conocía un día y, al siguiente, ya la había olvidado; gente que la hechizaba con promesas siempre incumplidas de eterna amistad y que Isabella creía, pese a que, al cabo, esas mismas personas la abandonasen. Cual si se tratara de un fuerte licor, la alegría de la noche la llevaba hasta la embriaguez, perdiendo el sentido de la realidad. Ella, que siempre había sido una estudiante responsable, dejó de acudir a las clases; ocupaba casi todo su tiempo en buscar diversiones efímeras que no lograba recordar al siguiente día de haberlas disfrutado. 

Y, mientras tanto, las voces de las cosas que le contaban historias se iban volviendo más y más tenues...

Al principio no se percató de que la estaba abandonado su don, deslumbrada como estaba por las luces de la ciudad. Mas, un día que tomó la pluma para componer un poema, diose cuenta, atemorizada, de que su corazón permanecía en silencio. Para ganar tiempo, quiso leerle a sus nuevas amistades algunos de sus cuentos: tal vez, así, recobrara la magia que brotaba cuando estaba con sus primas. Con dolor vio cómo se reían del mundo de su fantasía; cómo no eran capaces de ver los sentimientos que se enredaban entre las palabras; cómo tenían por un divertimento infantil lo que Isabella consideraba la parte más genuina de sí misma. Y, colmada de desdicha, quemó sus cuentos, sus poemas y sus canciones; guardó bajo llave los pliegos de papel y la pluma; cerró sus oídos a las historias que, a veces, la interpelaban.

Después de que la abandonase su don, un manto de tristeza la cubrió. Se dio cuenta de que ella tenía mucha responsabilidad en lo que la estaba sucediendo por sentirse deslumbrada por gente que no buscaban su cariño ni su amistad: eran sólo compañeros fugaces para momentos de diversión. Ninguno de sus nuevos amigos advirtió la desdicha de Isabella; nadie se acercó a ella para preguntarle si necesitaba su apoyo y comprensión; nadie le regaló una sonrisa ni derramó con ella una lágrima. 

Y, sintiéndose sola, tomó el camino de regreso a casa.

Reencontrarse con sus padres y sus hermanos la colmaron de júbilo;  el solo contacto con quienes la amaban por sí misma fue capaz de renovar sus debilitadas fuerzas. En el mismo instante en que entró en su querida casa recobró olores y sabores casi olvidados: el aroma del pan recién salido del horno, el canto de los jilgueros que se colaba por la ventana abierta del salón, las risas cristalinas de sus pequeños hermanos... Todo le daba la bienvenida y parecía abrazarla con cariño.

Una mañana se levantó temprano, se preparó un frugal desayuno y se dispuso a visitar a su abuela, entonces ya muy anciana. Se dirigió a su casa dando un paseo, disfrutando del frescor de las primeras horas del día. Desde lejos divisó el abedul en el que hacía muchos años creyó ver un duende recién nacido y le pareció más achaparrado, menos majestuoso, que entonces. La casa había perdido algunas tejas y las ventanas de la fachada principal mostraban unas contraventanas desprendidas. Aun así, Isabella sabía que no iba a encontrar en otro lugar una casa más bella.

Su abuela la recibió en el porche de la casa, entreteniendo sus manos con una labor. Pasó la mañana sin que ninguna de las dos se diese cuenta de ello, mientras la abuela desgranaba viejas historias de un tiempo hacía mucho desaparecido. Y, poco antes de que llegara el momento de marcharse, Isabella pidió permiso para subir al desván.

Encontró todo como lo había dejado la última vez que estuvo: nadie había vuelto a subir desde que jugase en él con sus primas. Y, sin embargo, todo le pareció distinto. Se diría que los muebles habían encogido, las flores de la tela de un viejo diván tenían colores más pálidos y la habitación presentaba un olor a cerrado que ella no recordaba. En un rincón, casi oculto por otros muebles, divisó el querido arcón donde guardara sus cuentos de niña. Se acercó muy despacio, como si temiera despertar algún fantasma de una época pasada. Lo abrió despacio y encontró sus antiguos cuadernos, aquéllos que había confeccionado con unas cuantas hojas y algunas hebras de lana de colores. Abrió uno de ellos, uno que estaba por escribir; sintió una inmensa alegría cuando su mente se llenó de palabras que, unidas unas tras otras, iban tejiendo una historia. Cogió un lápiz sin apenas punta que encontró entre los cuadernos y empezó a escribir: “Isabella siempre había poseído el don de escuchar las historias que contaba...”

 

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Soy una psicóloga que está dando los primeros pasos en esto de escribir. Creo que en cada momento de nuestra vida podemos encontrar la historia, la frase o la palabra que nos llegue al corazón. Espero, humildemente, llegar al tuyo.

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