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6 min
Desmemoriados
Históricos |
27.06.18
  • 4
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  • 320
Sinopsis

Es una lástima, si, pero todos acabamos perdiendo la memoria dependiendo de las circunstancias

   Recostado en el cómodo sofá del salón, después de una dura jornada en la oficina, con el aire acondicionado acariciándome el rostro, enciendo el televisor –recién comprado y que ocupa la mitad de la pared del salón – para ponerme al día de los acontecimientos del mundo, mientras Marisa, mi mujer, toqueteando la pantalla del móvil, se ocupa de pedir la cena a un restaurante cercano.


   Entre las noticias, como casi todos los días, hablan de otro gran grupo de personas que ha sido recogido en alta mar después de que su endeble embarcación haya zozobrado. Cierro los ojos por un instante y, como si de un documental se tratara, empiezan a pasar secuencias por mi mente que creo haber vislumbrado en más de una ocasión.

   Veo un numeroso grupo de hombres, jóvenes en su mayoría –algunas mujeres entre ellos –, que temerosos de ser descubiertos se esconden por los alrededores a la espera de que llegue la noche y con ella su pasaporte hacia un mundo mejor. Más les vale que así sea, que aparezca, que no les dejen allí abandonados porque, para llegar a aquel lúgubre escondite, han tenido de pagar más dinero del que nunca habían soñado tener junto en sus manos. Se han endeudado hasta el punto que no saber cuándo podrán saldar su deuda, convirtiéndose en esclavos de los prestamistas que los harán trabajar a cambio de cama y comida –escasa por cierto- hasta saldar la obligación. Los más afortunados, los que algo tenían, lo  han vendido todo, lo de ellos y lo de toda su familia, y eso para que uno, sólo uno, saliera de ese mundo de miseria.

   La noche elegida era oscura, sin rastro de luna y con nubes que escondían las estrellas - sólo amenizada por el sonido de las pardelas anidadas en los acantilados-, cuando apareció en el bajío aquel barco sin luces, con un hombre en la proa silbando –era la señal acordada- para que salieran del escondite. Saltaron entre las piedras cargando cada uno con sus pertenencias –limitadas a un morral o un pequeño petate-, donde llevaban el resumen de toda su vida. Lo demás, todo lo demás, había quedado atrás.

   Subían deprisa, ayudados unos por otros, empujándose para hacerse sitio en aquella embarcación - hasta ese momento dedicada a la pesca artesanal de la sardina -, pensada para no más de veinte y donde estaban entrando a codazos casi un centenar. En él, donde antes se almacenaba el pescado ahora se recostaban hombres apretujados dispuestos a iniciar aquella travesía.

   Les habían dicho que era cosa de pocos días, pero ninguno sabía a ciencia cierta cuantos eran pocos. Lo cierto es que apenas habían zarpado cuando aparecieron las náuseas, los mareos,  la mezcla de olores del sudor de los allí apiñados con los restos que quedaban del pescado de antaño,  los vómitos, al que, con el paso de los días, se unió el de los excrementos. El aire se volvía denso, ácido, irrespirable,….¡venenoso!

   El sol intenso hacía estragos en cubierta y el agua -apenas un cuarto litro por persona y día-, se hacía insuficiente para soportar el calor del día. Y de comer…., de comer sólo había pan –duro ya del paso de los días-, pescado jareado que comían a jirones y algo de harina tostada –poblada de gorgojos y pequeños gusanos-; eso era todo y con eso tenían que aguantar hasta llegar, Dios sabe cuándo y a dónde. 

   Pero todo tiene su final y ellos también lo encontraron cuando habían pasado los días -muchos más de los que les habían dicho- y pudieron ver a las gaviotas que revoloteaban alrededor de aquella mísera nao –medio hundida por la sobrepeso del agua que había tragado durante la travesía-, lo que indicaba que había tierra firme a no más de una jornada. Eso era nada después de lo pasado.

   Y si, sabían que habían llegado porque por la borda se acercó una patrullera –un gigantesco buque en comparación- la cual tiró una enorme maroma para que, haciéndola firme en algún punto de la cubierta,  fueran remolcarnos. “Estamos salvados; ya llegamos, por fin” se escuchaba pasar la voz desde la cubierta hasta la bodega, donde aquellos infelices no disponían ni de aire para respirar.

   Arrastraron al pesquero hasta la pequeña rada desde la que se veían las garitas de un extenso campo cercado que ocupaba lo que después supieron se conocía como la isla de Orchilla. Y vaya que si lo supieron cuando, después de saciarles la sed, formaron una hilera, pasaron por delante de una mesa donde dieron su nombre y procedencia –todos venían del mismo sitio-, les dieron ropas limpias, algo de comer y los encaminaron hacia unos barracones –con duchas y camas- donde pudieron descansar. Después de lo pasado, aquello era lo más parecido al paraíso que podían haber imaginado.

   Si, un paraíso - el sueño de cualquiera que se hubiese echado a la mar en un barcucho como el que les había llevado hasta allí -, pero que se esfumaba igual que había llegado porque, apenas habían recuperado fuerzas, fueron trasladados a otro barracón donde les tocaría esperar –junto con otros muchos llegados antes que ellos- hasta que las autoridades los devolvieran al país de origen, a pesar de que ninguno quería retornar al mismo mundo de hambre, persecución y miseria que habían dejado atrás.

   Todos estos hombres, al igual que los que ya esperaban y otros tantos que habían partido antes, no habían cometido más delito que intentar encontrar una nueva forma de vida, algo con lo que dar de comer a sus familias. Estos hombres llegados de Andalucía, Galicia o Canarias habían cruzado el mar en busca de América; y América, cosas del destino, los devolvía a pasar hambre al mismo sitio de donde habían huido.

   Es entonces cuando, al abrir los ojos –delante de la humeante cena que acaba de pedir Marisa- me doy cuenta de que no es el color de la piel lo que nos diferencia. Lo que realmente nos hace distintos es que ahora nosotros, los que construimos los centros de inmigrantes, los que organizamos las devoluciones, lo que los tratamos como a delincuentes, si, nosotros, hemos perdido la memoria y no recordamos cuando nuestros abuelos –quizá nuestros padres- eran los que sufrían las mismas miserias, penurias y desprecios de otros que se creían mejores, aún teniendo el mismo color de piel.
 

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