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5 min
Desnuda frente al espejo (Segunda parte)
Varios |
23.08.13
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  • 1984
Sinopsis

... Y hubo más.

― Relaja los hombros. Así, muy bien. Inclina la cabeza.

Tenía las piernas colgando y la espalda arqueada, permitiendo al anestesista maniobrar en su columna vertebral.

― Sentirás un pinchazo.― dijo la voz a su espalda― Será molesto pero no puedes moverte.

A pesar de estar preparada, a pesar de la enfermera tan simpática que masajeaba los hombros en un doble intento de inmovilizar y relajar, el dolor fue tal que no pudo evitar dar un respingo.

― Ya está, tranquila. Ahora voy a introducir una cánula ¿Nunca te han puesto la epidural?

Había sido madre, tenía dos hijos, ambos nacieron de parto natural. Con el mayor, la epidural no la cubría la seguridad social y lo cierto es que tampoco nadie, le planteo la posibilidad de ponérsela; la pequeña llegó tan rápido que si tarda un poco más en salir hacía el hospital, hubiera nacido en el coche, ante la imposibilidad de encontrar aparcamiento en los alrededores del edificio.

― Me estoy mareando― consigue decir mientras la cabeza gira en torno a un suelo que cada vez parece más inestable― ¿es eso normal?

― Hay que tumbarla, deprisa… ya está ¿mejor así?― solamente puedes asentir, la garganta bloqueada ante el miedo a lo que todavía está por llegar.― No te preocupes― continua la voz, y es consciente de que no es la primera vez que el personal sanitario marca esa premisa― el conducto para inyectar la epidural es sólo por si fuera necesario alargar la operación. Te han explicado que vamos a intentarlo por laparoscopia, de no ser posible habrá que abrir de manera convencional.

Intenta asentir, pero si las palabras habían huido hacía rato, los movimientos siguieron el mismo camino. Su mano empieza a arder, lejos, muy lejos escucha a alguien decir “enseguida estarás dormida”, pero pasa el tiempo y sigue oyendo a la gente a su alrededor, no ve nada, la lámpara del techo colocada de manera estratégica, ciega sus ojos… Silencio, oscuridad… Bendito silencio.

Despierta en una gran sala, cortinas a ambos lados impiden descubrir si se encuentra sola, o más personas en su misma situación, aguardan que los enfermeros del control se den cuenta que han superado la anestesia, regresando del mundo de los sueños artificiales.

El dolor persiste, no en la espalda. Se extiende en todo el cuerpo, es como si quisiera abandonarla y no encontrara un poro por el cual escapar, continúa allí, aferrado a su interior, rasgando, quemando, golpeando.

― ¿Cómo te sientes?

― Me duele…― la garganta seca, a causa de las más de doce horas que lleva sin ingerir líquido, emite un sonido bronco― ¿Me han vuelto a poner la bolsa?

El día antes de la operación, el doctor le advirtió de esa posibilidad. Dependiendo de lo que encontraran al abrir, tal vez, y de manera provisional (un par de meses, puntualizó), tendrían que volver a practicar otra colostomía. Igual que sucediera en la primera operación, la enfermera levantó la sábana para ver el abdomen, ella, que  ya había vivido ese momento, cerró los ojos para no llorar. Fuera cual fuera la respuesta, en esta ocasión, no lloraría.

 ― No hay nada― le dedicó una sonrisa, la suya se hizo tan amplia que abarcó todo el rostro.― Te pondremos algo para el dolor y en un ratito te trasladaremos a planta. Ahora trata de dormir.

Y durmió, y despertó, y volvió a dormir. Así fueron pasando las horas. En los momentos de lucidez pensaba en la alegría de su familia cuando les contara que por fin, se había librado de la bolsa, luego recordaba, que probablemente el doctor ya se lo habría comunicado. Entonces se imaginaba ese instante en que levantando la aséptica bata del hospital, les mostraría la tripa totalmente cerrada, cubierta de cicatrices e inflamada, pero sin ningún órgano interno asomando al exterior. Y de nuevo se dormía y despertaba con dolor. Desde donde se encontraba no podía ver el reloj, pero el tiempo trascurría, muy, muy despacio.

― ¿Te sigue doliendo?― asentía― ¿Mucho?

― Menos.

Y la enfermera, ajustaba el gotero y marchaba de nuevo hacía el control, que desde la posición de la cama, era parcialmente visible.

― Vamos a bajarte.― una nueva sonrisa.

El traqueteo por los pasillos. Las charlas airadas de los celadores en una época de huelgas y reclamos ante el proceso de privatización. La puerta del ascensor que se abre. Y el triunfo en la mirada de los suyos, que rodeando la cama le impiden el paso.

― Venga señores― dijo con humor el camillero― Todos a la habitación o me la llevo de nuevo.

Abrieron un pasillo a ambos lados. Él hombre de pijama amarillo hizo un guiño mientras empujaba la cama hasta la habitación 428. En esa habitación había comenzado todo y en esa habitación tenía su final. Alfa y Omega, de una etapa, que le permitió descubrir que era más fuerte de lo que creía; que le empujo a dar el paso que durante casi veinte años temió dar; que le mostró que esa felicidad, por la que día a día luchaba (desde aquel fatídico día en que casi pierde la vida) contribuía a la felicidad de todos los que la querían. Y que convertir un sueño, en realidad, sólo depende de uno mismo.

No esperes a que la vida te ponga en una encrucijada para luchar por lo que más deseas. Quizás no tengas una segunda oportunidad.

 

 

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