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9 min
Despertar
Reflexiones |
25.11.14
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  • 2865
Sinopsis

Relato sobre la postergación constante de los proyectos personales. No sé si realmente encaja en la categoría Reflexiones, tal vez debería ser en Varios. Ciertamente es un cuento de género fantástico con una moraleja; ya me dirán si funciona o si es demasiado obvio en su intención.

La palabra “irritante” queda descartada por insuficiente. Odioso. Funesto. Nefasto. Nada alcanza para adjetivar al estridente sonido del reloj despertador. A veces consigo despertar a las 5:59 de la mañana, justo antes de que suene. Pero no hoy. Hoy me ha arrancado violentamente del cálido seno del sueño. La añoranza que siento por el maternal abrazo es sólo comparable al inmenso odio que profeso al insidioso pitido.

¿Pero qué estaba haciendo? ¡Ah, sí! Estaba a punto de terminar mi ópera prima, ni más ni menos; la mejor idea de mi vida. Ya se esfumó, por cierto. De seguro en esta ocasión pude habérmela robado del fantástico país de Oniria y sin duda, de haberlo conseguido, habría corrido a mi viejo estudio para empezar a materializarla. Pero no. Se perdió para siempre y todo gracias a la puta alarma.

Cómo detesto las mañanas. Cómo detesto mi vida. Cada rostro en la oficina, la risa troglodita de mi jefe, las conversaciones estúpidas en la cafetería. Son vampiros que se alimentan de mi tiempo. Se trata de todo un complot en mi contra para mantenerme alejado de mi viejo estudio, ése donde he abortado tantas buenas ideas debido a la parsimonia con que realizo la labor de parto, todo gracias a mi cronofágica labor como acólito en el templo de la mediocridad. ¿Existe algo peor que ser burócrata? Todo por un mísero salario, todo por la triste y elemental necesidad de tener dónde dormir, qué comer, con quién coger… e internet, claro está.

Recito mi acostumbrada letanía de maldiciones mañaneras y descargo mi mano furiosa contra la mesita junto a la cama. ¡Estúpido! El reloj despertador no está ahí; tuve la fabulosa idea de cambiarlo de sitio precisamente para protegerlo de mi ira matutina y para obligarme a ponerme en pie en lugar de sucumbir al seductor canto de las sirenas y su canción “Cinco minutitos más” ¡Ah, y para colmo es invierno! Quitarme las cobijas es como arrancarme la piel. ¿Por qué todo es siempre tan perfecto cuando se trata de joderme la vida? ¿Quién orquesta esta sinfonía de infortunio? ¿Quién sopla la flauta que atrae a las roedoras calamidades?... ¿¡Quién!?

Entumido por el frío, busco el reloj despertador entre el caos que es mi habitación. Vivo literalmente en un basurero, pero mi horario de trabajo no me deja tiempo para limpiar. ¿A quién engaño? Podría hacerlo por las tardes, es verdad, pero también es cierto que cuando llego de un pesado día en la oficina, lo que menos me apetece es limpiar mi departamento; además, muchas veces el trabajo me acompaña a casa, pues a la insaciable máquina no le bastan ocho horas de mi preciosa vida, siempre quiere más. Por otro lado, no gano lo suficiente para costearme una sirvienta, así que… sucio se queda hasta nuevo aviso.

Encuentro al fin el reloj despertador, inteligentemente escondido debajo de una caja de comida china, y de un manotazo lo apago… O al menos eso intenté, pues el trasto sigue sonando. Es tan cómico que reírme está de más. ¡El hijo de puta se descompuso! Lo manipulo con exacerbación, buscando hacerlo callar, mientras su agudo sonido escarba un orificio en mi cerebro. Nada. La porquería no se apaga. ¡Jódete! La arrojo contra la pared y estalla en mil pedazos.

Me dispongo a continuar con mi asqueroso ritual diario, pero me detengo en seco. ¡Esto es imposible! Lentamente volteo hacia el suelo y con pasmo observo las entrañas del reloj despertador esparcidas por el suelo. Algo frío trepa por mi columna vertebral. Busco entre los restos el corazón del detestado artefacto, el responsable del sonido enloquecedor, y lo encuentro, como era de esperarse, inerte. Muerto. Mi inicial temor se convierte de inmediato en pánico. Mis manos instintivamente tapan mis oídos, sólo para confirmar lo que ya intuía: es inútil.

¿¡Pero qué está pasando!? Corro despavorido, buscando huir de aquel martirio imposible de ser; salgo de la habitación, salgo del departamento, salgo del edificio. La gente me mira, pero no por mi ropa de dormir, sino por el terror en mi rostro. Algunos incluso se hacen a un lado como quien deja pasar a un leproso. Estoy a punto de gritar, de perder el control, pero aprieto bien los ojos y me propongo relajarme y pensar en frío... ¡Hospital! ¡Claro, es una emergencia! Algo no está funcionando como debiera y debo acudir a los profesionales.

Mientras espero mi turno, en la sala de espera, las otras personas me observan con disimulo. Algunos muestran mortificación; seguramente se preguntan si el hombre en pijama, sudoroso, con cara de angustia y las manos en sus oídos, significará un potencial peligro para ellos.

Sin poder evitarlo, grito al médico mi problema y éste me pide que baje la voz. Para decepción mía, después de revisarme me dice que todo está perfectamente bien con mis oídos, que mi problema (si bien no se atreve a conjeturar) podría tratarse de estrés, por lo que me aconseja visitar a un psiquiatra amigo suyo. Sigo el consejo, pero el diagnóstico de su colega no es más alentador: se trata de un caso insólito, dijo, nunca antes escuchado por él y me recomienda altamente la confinación en un centro psiquiátrico.

Desesperanzado camino hacia mi departamento. Desisto ya de taparme los oídos, no tiene caso. En cambio procuro ir por las calles más transitadas, donde abundan los sonidos de enojados cláxones, el bullicio urbano y taladros eléctricos dentro de edificios en construcción. Sin embargo, pronto esos efímeros alivios quedan atrás al llegar a mi hogar, donde no queda más que el insistente llamado del teléfono. El mundo clama por mi presencia, cientos de documentos requieren de mi revisión y firma. ¿Soy pieza esencial en el complejo engranaje de la realidad? No. Pero el sistema parece estar convencido de que es mejor ocuparme en cualquier cosa antes que dejarme entrar en mi viejo estudio.

Contesto la llamada, invento una mentira y prometo estar en mi cubículo en menos de diez minutos. Continuar con mi vida, como si nada ocurriera, como si todo estuviera bien, es sólo un acto de desesperación.

Estar en la oficina nunca ha sido tan detestable para mí, ni para los pobres diablos a quienes atiendo, como hoy; nunca he hecho las cosas tan de mala gana como hoy; nunca he gritado tanto como hoy; nunca he condenado a tantas almas al infierno de trámites interminables e innecesarios como hoy. El odio por todo y por todos nunca había punzado tanto en mis oídos, ni tan literalmente, como hoy.

Tres días sin dormir, cuatro psiquiatras, el mismo diagnóstico. Considero que internarme en un manicomio podría al menos ser un cambio para variar, pero también podría cerrarme la última puerta hacia la paz cuya llave acabo de comprar en un Wal-Mart junto con una caja de municiones. Determino que una decisión tan importante amerita al menos de algunos tragos y no se me ocurre sitio más pacífico y relajante que un antro de heavy metal donde busco ubicarme lo más cercano posible a las bocinas.

En medio del placentero estruendo, que si bien no logra apagar mi calamidad, sí me ayuda a ignorarla, intento meditar sobre mi siguiente paso, sin embargo me distrae el brillo de unos ojos que me buscan insistentemente. La guitarrista de la banda sobre el escenario, una mujer madura de de piel morena y peinado punk, me observa como si fuera un familiar al que no ha visto en décadas. Más que su atractiva figura, me intriga su interés en mí, por lo que decido esperar a que termine el espectáculo para abordarla.

–Sé lo que tienes –me dice la guitarrista punk tras dar un largo trago a una botella de vodka. –Esa cara tuya le he visto antes; es la misma que estuvo en mi espejo por años.

–¿Qué debo hacer? –pregunto esperanzado.

–Toda mi vida quise ser guitarrista de metal; desde niña me apasiona. Me hubiera gustado haber estudiado música, pero mi padre me obligó a ser dentista como él. Ejercí ese oficio durante mucho tiempo y no sabes cuánto me arrepiento de cada minuto perdido...

La historia de la mujer me maravilla. Mientras más habla, más identificado me siento con ella. Finalmente agradezco sus consejos y salgo del bar con dirección a mi departamento. En el camino, arrojo el arma recién comprada en un bote de basura.  

Al entrar en mi hogar, veo con vergüenza el completo desorden en el que vivo y me prometo que mañana mismo me pongo a limpiar a detalle cada rincón del lugar con tanto esmero y dedicación como si se tratase de mi propio cuerpo, mi propia conciencia, mi propia alma. Pero primero, lo primero:

La entrada a mi viejo estudio está obstruida por una montaña de trabajo pendiente de oficina, mohosas cajas de pizza y latas vacías de cerveza; derribo este muro de una patada voladora y abro la puerta del polvoriento recinto repleto de telarañas. Apenas entro en aquella abandonada habitación de mi casa y la alarma del reloj despertador se apaga. 

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    Me he sentido muy identificada con la desesperación del pobre protagonista. Estos cacharros nos hacen la vida imposible. Es estupendo que encuentre un alma gemela que le saque del estrés y la mediocridad de su vida.
    Funcionar, funciona bien. Transmites angustia y desesperación. Mi consejo es que te pares un poco en explorar los sentimientos de él. Siendo el mensaje tan habitual (deja tu vida mediocre a un lado, lucha por tus sueños), lo que tiende a diferenciar estas historias, creo que es la empatía con los personajes. Creo que explorando un poco más al tuyo ganarías empatía y por tanto tu relato crecería. Aún así está muy bien escrito y resulta muy absorbente. Me gusta además ver como te desenvuelves, con buen criterio, fuera de tu género favorito.
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Comunicador de profesión, escritor por pasatiempo. Entusiasta de los géneros fantásticos, en particular el horror.

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