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5 min
Despertó
Drama |
04.12.18
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Sinopsis

Perdón si es un relato un poco efectista.

El techo pintado de blanco invierno.  Aquella lámpara colgante que juntos acomodaron creo una expresión de júbilo en sus labios.  Su ojo entrecerrado le dio un trabajo fuera de lo habitual para reconocer el tiempo.  ¿La hora? Tal vez muy temprano de madrugada o tal vez solo empezaba a oscurecer.  No quiso consultar su celular a escasos centímetros en su velador.  Ese regalo tecnológico solo significaba (para ella) seguir atada, en parte, a lo que es la vida moderna.  Un juguete de nuestros tiempos para adultos que se comportan como niños dependientes y carentes de vida real.  Un sitio virtual que te aleja de la realidad.

 

Junto a ella dormía con esos ronquidos tan insoportables y el aliento de un licor caro.  El cual, a pesar de no ser un olor tan invasivo, provocaba repugnancia y asco.  Su garganta apenas pudo contener y de súbito y con sigilo abandonó la cama que compartían para entrar en el baño matrimonial.   Tuvo tiempo para acomodar su cabello y unas lágrimas corrieron mientras abría la boca grande vomitando quien sabe qué sustancia acumulada en su estómago digerida horas antes.  Levantó su vista y la fijó en el espejo.  En tanto, el alba aclaraba poco a poco ese cuarto.  Las blancas cerámicas, el brillante grifo y el espejo caro.  Tanto que revelaba su rostro cada vez con más detalle.  Una suerte de resolución alta.  Ese maquillaje corrido y el pelo revuelto al despertar.  La princesa del cuento de hadas se avergonzaría de esa imagen.  Una sonrisa sarcástica la devolvió.  Sus desnudos y finos hombros, esa tez blanca y la rubia cabellera larga cubrían su pecho y las marcas.

 

Afuera la luz, poco a poco, se apoderaba y vencía a la oscuridad una vez más.  Ella fija en el espejo.  Sus lágrimas de dolor y cambiando su expresión.  Juzgando quien estaba frente. ¿Quién eres? ¿Qué eres?

 

De pronto levantó su mano izquierda y suavemente se acarició el moretón y el ojo hinchados.  Una uña quebrada arruinaba todo el trabajo de perfección en las demás y algunos moretones color verde en sus piernas y brazos.  Tocó su espalda y sin mirar dedujo que había otra marca un poco más antigua.

Como hacía años se dio una ducha en invierno.  El maquillaje se fue, el color de uñas desapareció.  Salió mojada y desnuda y otra vez fijó su ser al espejo. ¿Esto soy?  Contuvo las lágrimas apretando los músculos de sus hombros y los que rodean su garganta.

 

15 minutos después, ya vestida, bajó a la cocina y pegado al refrigerador encontró una nota.  “Perdóname te juro que nunca más”.  Recordó las flores, los regalos, las invitaciones, las fiestas, el lujo y las otras disculpas.  Ya estaba acostumbrada a esas reacciones después de.  Después de este disco que se repetía.  La misma función para el mismo espectador. El dolor, el rebaje, el servilismo, la humillación y la invasión a su cuerpo.  A su mente y a todo lo que tiene que ver con dignidad.  De súbito vio un brillo.  La larga hoja del cuchillo.  Pensó en las señales.  Claro.  Esa misma que le dijo.  Este es un buen partido.  La voz de su madre “tranquila te acostumbrarás” “tendrás un mejor estatus” “nos asegurarás el futuro” o la de sus amigotes influyentes “que linda mujercita te gastas” “como me gustaría tener una mujer como la tuya” “¿cómo le gusta ponerse?”.  Sin dudarlo agarró el mango con la mano buena y corrió a la cama donde yacía él. 

 

La resaca aún lo mantenía sin reacción ni reflejos.  Paseó la hoja lentamente por el cuello el pecho, su estómago para finalmente llegar a donde estaba su corazón y su amor por ella.  Dejó unos segundos apuntando a ese sitio e hizo amago de enterrarlo lentamente dos veces.  Luego alzó su brazo bueno y amagó con mayor velocidad el entierro del arma en ese pecho que subía y bajaba rápidamente acompañado de ronquidos atronadores.  Ese sonido, el viento afuera, la lluvia, unos relámpagos y ahora sí, truenos de verdad.  Le hacían recordar una y otra vez los golpes, las discusiones sin sentido.  Lo celópata y obsesivo que era. Su misoginia contra el género y su amplio deseo perverso de verla humillada solo por una diferencia de fortuna monetaria.

 

Alzó el cuchillo.  Emitió un gritito y lo enterró en una parte dura.  La pantalla del celular quedó partida en mil pedazos y luego de unos segundos de agonía dejó de funcionar.  Aún así no despertó y pudo notar una expresión de soñar algo agradable.  Pasó su mano por el rostro compadeciéndose de este ser humano tan asqueroso.

 

“Adiós”  Le salió de forma queda y bajo la pequeña lluvia que amenazaba tan grande se fue.  Antes escribió “Te perdono” debajo de donde él pedía disculpas.  Fue a una clínica a constatar lesiones y posteriormente se dirigió a la comisaría a denunciar a su marido.  Después pasó donde su abogado para que la ayudara.  Tenía las de perder claro pero ya no le importó.  Puso en balanza todo lo que había perdido versus todo lo que perdería y no se comparaban con un momento, un día, una situación de tranquilidad.  Sin caretas.

 

Como se cuenta suena fácil.  El sueño de la princesa se terminó y es hora de vivir el día siguiente del matrimonio y el “felices por siempre”.

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