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5 min
Rascacielos de Locura
Drama |
15.12.16
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Sinopsis

el hombre, un seductor engaño y un final. Tiene argentinismos, espero se entienda.

Estaba en nueva York esa ciudad norteamericana de grandes edificios y brillantes luces. Vivía en el “Lower Manhattan” al sur de la 14. Me fui a los 27 de Almagro, si me preguntas por que me fui, no sabría decirte. La falta de oportunidad tal vez, los amigos, las novias, que se yo. Todo era lo mismo, representaba parte de un globo que se iba para arriba mientras yo lo miraba desde abajo haciendo fuerza con el brazo derecho para agarrarlo.

Día a día me daba cuenta que estaba  muy solo, y no hablo de soledad de soltería. Me fui corriendo de la escena; la edad, la vida, los libros. Ojala fuera igual de incrédulo que antes. Ya ni sabía que se sentía amar, solo entusiasmarse con una mujer y esperar lentamente el mismo desenlace. A la mina se le soltaba un tornillo y falseaba amor o peor que eso, se mostraba celosa o desinteresada o lo que es aun peor,  se mostraba celosa y desinteresada al unísono.  Los vínculos estaban tan propensos a la histeria que daba asco.

Alguna vez leí eso de que si uno mira hacia atrás su vida jamás se imaginaría haber vivido tal o cual suceso. Las cosas se planean, pero su ejecución es imperfecta. Digamos que la vida nos va llevando, uno, ingenuamente,  más o menos piensa que tiene el control pero eso es un atrevimiento de nuestro lado. Es como cuando conquistas a una chica, que uno se cree muy ganador pero si ella te presto su atención es porque ella quería, sino todavía estas hablando de los signos del zodíaco para conquistarla o que se yo otro verso.

Me acuerdo no podía dormir del frío que tenia, me acuerdo en Buenos Aires la gente se quejaba del frío, pero eso era calor comparado con la helada que hacía ahí.  Me acuerdo baje a comprar un café caliente y la noche estaba plena.  Salude al negro, ese que siempre me mostraba los dientes blancos y me largaba una sonrisa, en una ciudad donde cada uno hace su vida sin rendir cuentas.

Hablaba " a litlle " del inglés, lo básico. Allá me ganaba la vida como músico, perfumaba las calles de Manhattan con el aroma del tango porteño. A los yanquis les gusta el tango. Eso lo aprendí luego de cagarme un poco de hambre. Como en Buenos Aires, acá la cosa no es muy diferente si te pones a pensar un poco, las costumbres, quizás no tendrás el mate y las tostadas pero te clavas un café y unos wafles con manteca de maní y más o menos es lo mismo,

Los amigos en New York eran bien superficiales, siempre un chiste en la boca, te lanzaban una carcajada milimétricamente calculada para provocar el efecto sincronizado de empatía, tal mueca siempre venía acompañada de una palmadita en el hombro. No lo sentía como una real compañía  Los amores en New York, tuvieron sin duda el sello latino, mira si me va a prestar atención a mí, alguna americana con mi panza y mis tres pelos en la cabeza. En cambio, las latinas siempre fueron complacientes y supieron aminorar mis penas aun las más profundas. 

En el calor de Buenos Aires, en el frío de Nueva York, o en la absoluta soledad de la clínica médica, desde donde estoy escribiendo, siempre y en todo momento, sentí lo mismo. Un día me agarraron la mano, me dijeron, ven conmigo, y yo sin dudar acepte, incrédulo en el devenir, sin resistencia cedí ante su seductora apariencia, y sin dudar de su veracidad, la acompañe como una pelota al arco.

Me engañó, me torturó, me prometió un paraíso que nunca encontré.

 Hoy es demasiado tarde para retornar, a la incredulidad de mis tardes en la vieja casa de Medrano, o las horas gastadas desde la ventana de la “Lower Tower”, donde anhelaba deshacerme de todo para conquistarla. Me impuso condiciones, acepte como un Gil, caído y sin fuerzas, me hizo volver a mi Buenos Aires querido. Una vez allí, los días y las noches eran lo mismo. Los viejos amigos de la infancia, poco tiempo podían reservarme, a este creído de la Norteamérica, “de que se la da”, <me decían>.

Pase tantas horas conversando conmigo, que ni yo me soporto. O eso termine creyendo. Lo mejor que pudieron hacer por mi es dejarme acá.  Si es que me dispuse a registrar este escrito, supongo, es para ayudarte. ¡No confíe en su soledad con los ojos cerrados! Ella sabe tan bien donde esta, como para saber como perderlo.

 

 

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