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8 min
Destino
Suspense |
08.10.08
  • 4
  • 6
  • 3402
Sinopsis



DESTINO



      Debo pensar en salir de aquí. Es un lugar que me produce espanto. Estrecho y húmedo. ¿Cómo habré llegado aquí? No lo sé. ¿Cómo puedo no saberlo? Tampoco lo sé. Supongo que debería importarme; pero, lo que más importa ahora, es salir de aquí. Siempre he padecido de cierta claustrofobia. Nada grave, eh; pero me molestan los lugares cerrados como los sótanos o los ascensores. Recuerdo una vez que quedé encerrado en el sótano de casa, cuando niño. Fue una experiencia espantosa. Para más inri, no había encendido la luz al entrar, pues sólo tenía que estar allí un momento para recoger algo que no recuerdo ahora; y con la luz que entraba por la puerta había más que suficiente. Con un golpetazo se cerró la puerta del sótano y me quedé a oscuras. Presa de un ataque de pánico, fui incapaz de encontrar el interruptor. Me encontraron dos horas más tarde, echado en el suelo, con la cara pegada a la rendija de la puerta por donde entraba algo de luz y de aire. Durante el rato que permanecí allí, sintiendo el frío de las baldosas quemándome en la mejilla, fui incapaz de pensar en nada, ni una frase cruzó mi mente. Sólo imaginaba sombras y ruidos que me asediaban produciéndome un gran espanto. Tenía, entonces, once años y no comprendí las risas de mi padre y de mi hermano mayor, mientras me quitaban los pantalones que había ensuciado. Sigo sin entenderlo. He vivido tanto desde entonces, tantas cosas, tantas situaciones que soy incapaz de recordarlas todas; pero han llenado mi vivir de contrastes y de diversidad. Pues bien, sigo sin encontrar explicación a la crueldad humana. ¡Se reían porque me había, literalmente, cagado de miedo! Pobres imbéciles.

      Mejor me dejo de recuerdos desagradables y voy pensando en cómo salgo de este lugar. No es que sea incómodo, no; pero está oscuro y esta humedad me está matando. Como a todo el mundo, me disgusta la humedad. Viví algunos años en un pueblo a orillas del mar. Era un pueblo precioso y tan pequeño que carecía de puerto; las barcas dormían su siesta a rayas sobre la playa después de haber faenado, y las casitas de los pescadores casi montaban sobre la arena. Todos los que venían a verme alababan la buena suerte que, según ellos, tenía yo por habitar en tan idílico lugar. Yo odiaba la humedad del mar, que me calaba hasta los huesos, y la arena finísima, que lo invadía todo. Incluso el colorido de aquellas barcas, pintadas a rayas de vivos colores, me parecía insultante. Los pescadores eran, entonces, gentes pobres y miserables que apenas podían comprar unos zapatos a sus hijos; una barahúnda de chavales fuliginosos, casi analfabetos, que correteaban descalzos por doquier alborotándolo todo y turbando la paz, que es el bien que yo más precio. Cuando me comunicaron que me iban a destinar a otro sitio, lo primero que pregunté era si estaba junto al mar. Cuando me dijeron que no, que me destinaban a una pequeña localidad agraria de la meseta, descorché una de aquellas botella de vino rancio que guardaba para las grandes ocasiones.

      Vaya, me persiguen los recuerdos y se me olvida que lo importante es salir, cuanto antes, de aquí. Decía que no recuerdo cómo he venido a parar a este lugar. Sé que debería importarme esa cuestión. Un hombre no puede ser un hombre de verdad si deja cosas como ésta aparcadas. Mi padre decía que, para ser un hombre de verdad, hay que afrontar las cosas con valentía. Y yo soy un hombre de verdad. Así que pensemos, ¿quién se habrá atrevido a encerrar a todo un hombre como yo, en un lugar como éste? Cuando llegué a casa llorando, en cierta ocasión, porque me había zurrado uno de la clase, esperé en un rincón a que llegase mi padre del trabajo para pedirle ayuda. Cuando me vio acurrucado en aquel rincón, con la cara sucia de lágrimas y barro, me dijo un par de cosas. La primera era que un hijo suyo tenía que ser un hombre. Y, la segunda, que me secase las lágrimas. Y se fue, tan pancho, al garaje a arreglar no sé qué cosas. Aprendí a ser un hombre muy hombre. Nunca más deje que me zurraran; no, al menos, sin tomarme la debida venganza. Porque en la preparación de la venganza uno ya se va sintiendo mejor; como reparado. Soy buena gente, lo que pasa es que un hombre no puede dejar pasar una afrenta sin perder parte de su virilidad; así que, el que me la hace, la paga. Faltaría menos. Si pillo al que me ha metido en este lugar, se acordará de mi; seguro, vaya si se acordará.

      Hablando de acordarse, es curioso que, recordando tantas cosas de mi infancia, no recuerde cual es mi nombre. Me pregunto si será debido a la claustrofobia que me provoca este lugar, algo así como un efecto secundario. Tengo que salir de este lugar tan pequeño y obscuro. Espera, creo recordar mi nombre. Era José. Nunca me gustó ese nombre tan usado. Cualquiera se puede llamar José, incluso mi padre. Recuerdo que, durante su velatorio, me quedé mirándole un rato y pensé que, incluso en ese momento, tenía cara de José. Más tarde, cuando ya salíamos del cementerio, me sorprendió recordar aquel pensamiento. Frente a la muerte se puede reaccionar de tantas maneras. No sentía pena, ni congoja alguna. Acaba de sepultar a mi progenitor, y lo que ocupaba mi mente era que si el nombre que nos dan en el bautizo, determina nuestro rostro. Desde la infancia, pensé, la repetición de un mismo sonido quizá vaya moldeando nuestros rasgos. De forma imperceptible, como la persistente gota que acaba por hacer un agujero en la roca. Porque cada sonido es algo físico y diferenciado de los demás, cuando nos llaman por nuestro nombre, esas ondas sonoras, siempre las mismas, deben producir un efecto también diferenciado. Si esto es así; entonces, se puede tener cara de José, o de Jaime, o de Juan o de Segismundo. Me pregunto si tengo yo cara de José; es posible que sí, porque me parezco bastante a mi padre. Pues me podía haber llamado otra cosa. Ramiro, por ejemplo; me hubiera gustado tener cara de Ramiro. Una cara adusta, de media luna morena, con un mentón afilado que surcara la vida como la quilla de un barco. Un Ramiro alto, enjuto, con miembros y dedos fuertes y flexibles, como de alambre de acero. Un Ramiro serio, ecuánime, respetado. Pero yo tengo cara de José. Una cara redonda, con una nariz chata y mofletes sonrosados. Aunque respetado también; no me puedo quejar. Todo el mundo respeta al cartero. Te saludan, cuando te encuentran, con amabilidad. Siempre he odiado esa hipócrita amabilidad con la que te saludan cuando te ven por la calle, con tu carrito amarillo y tu uniforme de funcionario. No es porque te aprecien, no. Unos esperan no verte por su casa porque ven en ti la notificación de una multa o un embargo. Otros, al contrario, temen que tampoco vayas a llevarle, ese día, la carta de amor que esperaban. Así son las cosas; pero ciertamente te respetan. O te temen. Y tú sigues tu camino, con el carrito lleno de sobres y tu cara de José a cuestas. ¿Cuánto hace que no reparto el correo? ¿Cuánto, que estoy aquí encerrado?

      No consigo recordar cómo llegué a este lugar. Pero tengo la sensación de que hace mucho tiempo. La verdad es que tampoco me importa demasiado. Si no fuera por que no tengo el carrito del reparto a mi lado, diría que me destinaron a este lugar. Es posible que sea el último destino que me han designado. La vida de los funcionarios de correos es tan incierta como el contenido de los sobres que reparten,; un buen día, te levantas, vas a recoger la saca y te encuentras una notificación diciendo que te cambian de destino. Las razones son lo de menos, toca preparar la maleta y obedecer. No sé si en este lugar tan pequeño, húmedo, oscuro y acolchado cabe mi equipaje.

      Por lo que veo, lo que sí que caben son mis recuerdos. Y me pregunto ¿cuánto tiempo deberé permanecer en este nuevo destino, recordando las cosas intrascendentes de mi vida?

Fin.
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Comentarios
Valoraciones
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  • otro relato que te atrapa entreteniendote, aunque al cartero le va a dar tiempo a recordar hasta el detalle más nimio de su existencia.
    Yo creo que no te cabe el equipaje, esos lugares tan estrechos...........me da un poco de "yuyu" pensarlo ufffff. Buen relato, zenon
    Vaya!! me haencantado!! Esta genial!!!
    siempre poniendo pegas a los destinos, al menos en este ya no tendrá cambios...
    No siempre estamos donde queremos. Saludos
  • nunca sabes si estás...

    Raices del amor, la vida y la muerte.

    meditaciones en el vórtice.

    El tiempo, esa inapelable escoba con la que dios barre nuestros primeros amores.

    Lo imposible acostumba a suceder con naturalidad. Pero un día se termina. ------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------ (hacía tiempo que no escribía un relato expresamente para TR, amigos. Como siempre, un placer.)

    micro relato filosófico para leer en 10 segundos y pensar un poco más. triller de una desaparición.

    Tenía dejado este lugar web, al que tanto quise. Pero unos pajarillos han venido a visitar mi correo, tirando de mí. Y aquí estoy.

    El título del relato es simple. Los significados, como los días, muchos.

    No todo lo que el mar se llevó era agua y trigo limpio.

    SI TUS PROBLEMAS Y TU ENFERMEDAD NO TIENEN REMEDIO Y ACUDES AL CURANDERO...

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